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Diario de un fotógrafo nómada

Djenné, territorio tuareg

 
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FEB 2009

En pleno corazón del delta del Níger, calcinado por el sol abrasador del Sahara, emerge un lugar de leyenda: Djenné, la ciudad de barro que, junto a la vecina Tombuctú, fue destino obligado de mercaderes y exploradores del antiguo reino de Sudán. Tierra de pastores y tuaregs, la vida aquí sigue exactamente igual que en la Edad Media.

En la literatura de viajes y aventuras existen ciertos lugares que excitan la imaginación del lector, y entre ellos y de manera especial, Tombuctú, una ciudad cuyo nombre evoca imágenes de caravanas de camellos, mercados de especias y tuaregs.

Pero no muy lejos de allí existe una ciudad casi desconocida, Djenné, cuya historia y arquitectura son tan similares a las de aquélla que ha sido llamada "la hermana gemela de Tombuctú".

Foto: Nómada
El viaje por estas tierras no resulta cómodo, pero sí divertido.

Djenné se sitúa en el delta interior del Níger, en Mali. Levantada en barro, emerge a escasos metros sobre el agua, resistiendo desesperadamente el embate de las inundaciones que provocan las trombas de agua producidas durante la época de lluvias del invierno africano.

Foto: Nómada
Para llegar a Djenné hay que vadear el Níger.

El resto del año no cae una gota de agua y el ardiente sol cubre con su lengua de fuego esta tierra desértica y recóndita del Sahel, la franja que separa el Sahara de las selvas húmedas del Centro de África.

Foto: Nómada
El Sahel es el pasillo que separa el Sahara de las selvas húmedas de África.

Djenné y Tombuctú se hicieron célebres por el comercio de sus caravanas, que las convirtió en las ciudades más pobladas del antiguo reino de Sudán. Ambas poseen además una característica muy peculiar: todos sus edificios fueron construidos con barro.

Foto: Nómada
Una de las puertas de entrada a Djenné.

Amasando arcilla con el agua del Níger, los habitantes de Djenné levantaron la ciudad con una técnica arquitectónica y un refinamiento desconocidos para la época.

Foto: Nómada
Edificio de arquitectura tradicional de Djenné.

Djenné se fundó en el siglo IX, y su situación estratégica junto al río Níger la fue convirtiendo en un punto esencial para las rutas comerciales.

Se construían largas canoas para el transporte de marfil y oro procedentes del África negra, mientras que por tierra llegaban especias, sal y lana a lomos de las caravanas guiadas por los tuaregs.

Foto: Nómada
Aún se sigue usando el mismo tipo de canoas que hace 600 años.

Con los años, Djenné fue aumentando en prosperidad, llegando a ser una ciudad rica y floreciente cuyos mercados eran los mejor abastecidos del continente.

En el siglo XII se convirtió al Islam, y fruto de ello, en el siguiente siglo, se levantó uno de los edificios más extraordinarios del mundo que ya desde su nacimiento se convertiría en el emblema de Djenné: la Gran Mezquita.

Foto: Nómada
La Gran Mezquita de Djenné.

Sin duda, la construcción de esta orgullosa mezquita fue el remate perfecto para una ciudad tan bellamente diseñada, ya que se trata del mayor edificio religioso del mundo construido en adobe.

La mezquita que podemos ver en la actualidad es, en realidad, la tercera que se levanta en el mismo sitio. Se construyó en 1906, siguiendo fielmente la tradición arquitectónica local, sin dotarla de ningún equipamiento moderno, ni agua ni electricidad, y con tan sólo un sistema de megafonía para el rezo de los muecines.

Foto: Nómada
Fachada principal de la Gran Mezquita.

La portada está decorada con tres torres de once metros de altura rematadas cada una por un huevo de avestruz. La fachada muestra numerosas vigas de madera cuyo fin es, además de decorativo, el de servir de andamio para realizar las tareas de restauración que tienen lugar una vez al año.

Foto: Nómada
Construcciones de Djenné.

Después de la estación de las lluvias, los edificios de adobe de Djenné sufren el deterioro de sus paredes y techumbres debido a las violentas precipitaciones. En esa época, todos los habitantes de Djenné se congregan cada año en la plaza del pueblo para organizar las tareas de restauración de la Gran Mezquita.

Foto: Nómada
El niño acarrea agua para mezclarla con barro y paja.

Cada año, cuando llega la estación seca y los muros dejan de exudar agua, se celebra una ceremonia en la plaza de la mezquita dirigida por un imán. Es el acto previo al comienzo de las tareas de restauración.

Foto: Nómada
La niña se dedica a amasar barro para llevárselo a los hombres que restauran la mezquita.

Terminada la ceremonia, toda la población de Djenné armada con palas, azadas y calabazas huecas acarrea barro, agua y paja de mijo para amasar el aglomerado con el que reforzará las zonas erosionadas del edificio.

Foto: Nómada
La mayoría de las ventanas son de estilo norsahariano, tal vez una moda importada en la antigüedad.

Cuando la Gran Mezquita ha sido restaurada, los habitantes se dedican a recomponer sus propias casas, la escuela y los edificios públicos, cuyo adobe también suele sufrir un deterioro importante por la acción de las lluvias.

Foto: Nómada
En la escuela de Djenné.

Una vez por semana, Djenné acoge uno de los mercados más coloristas de toda África. Pastores con ovejas y cabras, agricultores con frutas y verduras autóctonas, pescadores del Níger que ofrecen peces secados al sol y -cómo no- las vendedoras de calabazas.

Foto: Nómada
El mercado tiene una gran animación.

Las cortezas de calabaza tienen una extraordinaria importancia en la cultura de las tribus africanas.

Foto: Nómada
Un puesto de calabazas

En un mundo donde hasta hace poco no existía el plástico y los recipientes metálicos o de barro eran inalcanzables para su economía, estos pueblos han sabido sacar partido de los recursos naturales que ofrece su hábitat.

Foto: Nómada
Estas mujeres examinan una calabaza antes de comprarla.

La calabaza sirve de alimento, y su cáscara seca y vaciada es un útil magnífico para el transporte de alimentos, líquidos o cualquier objeto, así como para la confección de tambores, máscaras u otros elementos de culto religioso.

Foto: Nómada
La mujer de un pescador transportando pescado seco, el único método para que se conserve.

Además de ser resistente a los golpes, la calabaza flota y apenas pesa, lo que la hace ideal para recoger agua del río. Las de pequeño tamaño se cortan por la mitad y se utilizan como platos, vasos o elementos de decoración personal.

Foto: Nómada
Se compra y se vende. Los niños, siempre junto a la madre.

Entre las gentes que pululan por el mercado se encuentran los legendarios tuaregs, los más hábiles mercaderes del continente.

Los tuaregs han sido bautizados con muchos nombres: hombres azules, príncipes del desierto, hombres libres... En cualquier caso, a esta etnia le rodea un halo de hidalguía que no posee ningún otro grupo humano en el planeta.

Foto: Nómada
Un joven pastor.

La mayoría siguen siendo nómadas, pero muchos de ellos se han establecido en ciudades como Tombuctú, Djenné u otras poblaciones donde pueden realizar el verdadero leitmotiv que da sentido a sus vidas: el comercio.

Unos conducen caravanas transportando mercancías y otros las almacenan y venden en los poblados.

Foto: Nómada
Tuareg, una etnia cargada de leyenda.

El tuareg es un hombre serio y de aspecto altivo, orgulloso por naturaleza. Hacer tratos con ellos es durísimo, pues son inflexibles en sus peticiones y muy rara vez ceden o reducen sus pretensiones, salvo que se les ofrezca algo que realmente les interese. Y no hay muchas cosas que lo consigan, fuera del vil metal.

Foto: Nómada
Los tuaregs se sienten muy orgullosos de serlo.

Para el tuareg hay dos leyes sagradas: la hospitalidad y la palabra dada. La primera es básica en el entorno desértico en el que vive.

Negar un vaso de té, un plato de comida o cobijo en su jaima a un visitante puede significar, a veces, condenarlo a muerte (algo que también podría pasarle a él, ya que el Sahara no perdona a nadie). Así que si alguien se pierde sediento en el desierto, puede considerarse salvado si se encuentra con una familia tuareg.

En cuanto a su segunda ley, si se compromete la palabra con un tuareg, él jamás lo olvidará, para bien y para mal. Y puedo asegurar que gozan de una memoria privilegiada.

Foto: Nómada
Un tuareg jamás niega su hospitalidad ni quebranta su palabra.

La vida del tuareg se rige por los oasis y los pozos. Las rutas, los asentamientos y hasta los animales que llevan están condicionados al suministro regular de agua.

Sus compañeros inseparables son el camello y la cabra, dos bestias de vida espartana resistentes a las condiciones extremas del desierto. De ellas obtienen leche, carne, lana y piel para sus herramientas.

Foto: Nómada
Un hombre lleva un cordero y el machete para sacrificarlo. Hoy, en su casa, hay algún tipo de celebración.

También son amantes de los caballos, pero nunca los llevan en sus travesías porque "siempre tienen sed y han de beber todos los días", mientras que un camello puede pasar tres días sin agua, y durante el invierno, más de dos meses.

Foto: Nómada
El tuareg es un comerciante nato e implacable.

Cuando el tuareg es sedentario, lleva turbante de diferentes colores, preferentemente blanco. Pero cuando circula en largas travesías por el desierto, suele vestir el clásico turbante negro azulado por el que se le reconoce en todo el mundo.

Este color se obtiene tiñendo la tela con índigo, una planta cuyo extracto es de un color azul muy oscuro. El turbante evita la radiación directa del sol y produce un ligero sudor que, al entrar en contacto con el viento, enfría la piel. La cabeza, de esta forma, va siempre refrigerada.

El sudor producido por el turbante tiñe la piel de índigo. De ahí que se les conozca también como los hombres azules del desierto.

Foto: Nómada
Foto: Nómada
Planta del índigo y fruto del que se extrae el tinte natural.

En la sociedad tuareg la mujer desempeña un papel extraordinariamente importante. Una vez levantado el asentamiento, es ella quien dirige todas las decisiones.

Foto: Nómada
Una joven tuareg recién casada.

Ella escoge al hombre que será su compañero, y sobre él tiene una gran influencia. Además, se ocupa de las labores del hogar y de confeccionar la artesanía que venderán en los mercados.

Cuando un matrimonio tuareg se separa, ella se queda con la jaima y todo lo que ésta contiene. El hombre se va llevándose tan sólo los animales.

Foto: Nómada
Mujeres tuaregs cantan y observan a sus hombres.

Existe toda una mitología que rodea a los tuaregs. Ellos lo saben y se enorgullecen de que así sea, pero también asoman algunas sombras en su historia, ya que durante muchos años se dedicaron al comercio de esclavos.

Los tuaregs siempre fueron feroces guerreros poseídos de una gran determinación. Invadían aldeas de la vecina África negra y capturaban personas para trasladarlas con sus caravanas a puertos y mercados donde las venderían al mejor postor. Durante siglos, las tribus negras consideraron a los tuaregs como demonios.

Foto: Nómada
Los tuaregs fueron tenidos por demonios por las tribus negras.

En 1988, Djenné fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO y está considerada como la ciudad más antigua del África Subsahariana jamás conocida.

Hoy en día, la ciudad mantiene el mismo aspecto y ritmo de vida que la ha caracterizado desde la Edad Media.

Los pastores, los pescadores y las hortelanas siguen vendiendo o cambiando sus productos en los mercados de Djenné, y cada año vuelven a congregarse para recomponer su seña de identidad: la Gran Mezquita.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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