• Altamira: un viaje a lo que fuimos
  • El Soplao: viaje al centro de la Tierra
Diario de un fotógrafo nómada

El Soplao: pasen y vean

 
8
DIC 2009

Unos la llaman la Capilla Sixtina de la geología. Otros, la nueva Atapuerca anterior a nuestra era. ¿Existe ese lugar? Entre robles y abedules, en un tranquilo valle de la verde Cantabria, se encuentra una de las joyas geológicas más asombrosas del mundo. Un universo oculto bajo tierra cuya belleza y singularidad cautiva a viajeros y científicos de todo el planeta.

El Soplao se encuentra en la Sierra de Arnero, una continuación de la cordillera del Escudo que recorre Cantabria de oriente a occidente. En su vertiente costera coincide con Suances, Comillas y San Vicente de la Barquera, y hacia el interior se adentra en el bosque y la frontera con Picos de Europa, pasando por la Reserva Natural de Saja.

Foto: Nómada
Una vista de San Vicente de la Barquera.

Toda Cantabria es abundante en recursos mineros. La blenda -sulfuro de zinc- y especialmente la llamada "blenda acaramelada" de color rojizo, la más apreciada para la obtención de zinc, es muy abundante en esta sierra, que fue horadada en busca de las valiosas vetas rojizas.

Foto: Nómada
Acceso a El Soplao.

Los lugareños llaman a la zona "La Florida" porque la concesión minera que comienza en 1857 reinando Isabel II se llamó "Concesión Minera Minas de La Florida", una compañía franco-belga que posteriormente fue comprada por la Real Compañía Asturiana de Minas.

Foto: Nómada
Una imagen a la puerta de El Soplao.

Como siempre, el inicio de la explotación fue a cielo abierto hasta que comenzaron las excavaciones hacia el interior de la montaña, a través de galerías que los mineros acostumbraban a bautizar con nombres femeninos.

"La Clara", "la Isidora", "la Maestra"... constituyen un dédalo de más de 30 kilómetros de galerías, distribuidas en siete niveles.

Foto: Nómada
Paisajes nocturnos de Cantabria.

"Soplao" es un término minero muy extendido en la profesión, y se da en aquellas minas cuyas galerías discurren por un subsuelo con cavernas. Al perforar una mina de este tipo y romper la pared que separa la galería de la cueva se produce un potente chorro de aire. A este fenómeno se le denomina "soplao".

Foto: Nómada
El frío de la mañana hiela los campos de Cantabria.

A menudo el "soplao" es bienvenido por los mineros. En la estrechez de una galería donde se trabaja con barrenas, explosivos, picos, palas y martillos neumáticos, se agradece una bocanada de aire que oxigene ese ambiente tan tremendamente cargado de calor, polvo y humo.

Foto: Nómada
En estas aldeas la vida transcurre en calma.

En 1908, abriendo una nueva galería a la que habían llamado "La Isidra", los mineros experimentaron este fenómeno en el momento de perforar una pared que daba acceso a una gran burbuja en el interior de la tierra. Aquel soplao debió ser tan singular que quedó perpetuado en la memoria de aquellas gentes, dando nombre a la cueva que acababan de descubrir.

Foto: Nómada
Entrada a la galería "La Isidra".

La cueva de El Soplao no es en sí misma una mina, pero sí se aprovechan algunas partes de ella como zona de transporte de mineral, vagonetas y personas, y también como vertedero para evitar el esfuerzo de sacar el escombro al exterior. La mena era llevada fuera en las vagonetas y la ganga se tiraba al interior de aquella gran caverna oscura llena de extrañas formas geológicas.

Foto: Nómada
Túnel de entrada para el tren turístico.

Poco antes de la Guerra Civil se cerró "La Isidra", y hacia los años 60 se reanudaron los trabajos, pero en otra zona de la ladera. En el año 1978 se cerraba definitivamente la mina, cuya explotación para entonces ya no pertenecía a la Real Compañía Asturiana de Minas, sino a Asturiana del Zinc (AZSA), una de las empresas líderes a nivel mundial en la extracción de zinc.

El Soplao era un lugar inexplorado. Durante los años de explotación de la mina nadie visitaba la cueva, aquel era tan sólo un lugar donde se trabajaba duro. Tampoco entró nadie durante la Guerra Civil, ya que en épocas de conflicto las minas están consideradas como reserva estratégica, sobre todo el plomo y zinc que allí se extraía.

Foto: Nómada
El pequeño tren transporta un gran número de visitantes.

Por otra parte, los lugareños no daban importancia a la gruta. En una tierra como Cantabria, considerada como la comunidad autónoma española con mayor número de cuevas y uno de los paraísos mundiales de la espeleología, El Soplao era una más de las 6.500 cavernas que hay en la región.

Foto: Nómada
El extraordinario paisaje que se divisa desde El Soplao.

En último término, El Soplao no dispone de entradas naturales en horizontal, y sólo puede accederse a él a través de dos simas. Esto hace que tampoco tenga arte rupestre, ya que el hombre prehistórico buscaba cuevas cómodas, amplias, de fácil acceso y orientadas al Sur para recibir la mayor cantidad de luz y calor solar.

Foto: Nómada
La nieve es muy frecuente en este enclave.

A partir de los años 80 se empezó a tomar conciencia de la importancia del lugar, pero el cierre de la mina supuso también el cese de la vigilancia y el abandono de la zona. Con ello dio comienzo una época negra para esta cueva.

Foto: Nómada
Hoy en día todo el entorno natural de El Soplao está protegido.

Comenzaban a venir geólogos, espeleólogos y científicos de todo el planeta, pero también ladrones y saqueadores que expoliaron y arrancaron techos, cristalizaciones y parte de la inmensa riqueza de espeleotemas que alberga la gruta.

Todavía hoy, muchas geodas de inusitada belleza procedentes de esta cueva se siguen vendiendo a más de 2.000 dólares en las ferias de minerales más importantes del mundo, como la de Tucson (Arizona), Múnich o Santa María de las Minas (Francia).

Foto: Nómada
Formas imposibles de rara belleza.

En los años 90, alertados de la trascendencia de la cueva, los alcaldes de la zona y un equipo de expertos solicitan al gobierno cántabro que El Soplao pase de ser un recurso a un producto turístico. Tras casi una década (las cosas de palacio van despacio), el Ejecutivo autónomo rehabilita la gruta y el entorno, y en 2005, con la inauguración al público, se comienza a promocionar a nivel internacional.

Foto: Nómada
Moderna instalación turística dentro de El Soplao.

El Soplao, entendido dentro de un contexto minero, tiene un gran interés desde el punto de vista de la arqueología industrial minera. Muy pocas explotaciones conservan castilletes, hornos de calcinación, herramientas y galerías en el estado original en que se utilizaron.

Lo sorprendente es que, además, contiene dos tesoros de incalculable valor que la sitúan entre las cuevas más importantes del mundo en su género: sus formaciones geológicas y el espectacular yacimiento de ámbar recientemente descubierto.

Foto: Nómada
El interior de El Soplao: comienza el espectáculo.

El Soplao muestra al visitante un abigarrado complejo de cristalizaciones que asombran por su abundancia y rara belleza. No en vano, está considerada una cueva única en el planeta por la calidad y cantidad de espeleotemas que contiene.

Foto: Nómada
La variedad de formaciones es infinita.

Además de formaciones convencionales como las "estalactitas" (las que descienden del techo) y "estalagmitas" (que crecen verticalmente desde el suelo por goteo), aquí pueden admirarse otras mucho más difíciles de encontrar.

Foto: Nómada
Estas formaciones se denominan "macarrones".

"Coladas" que resbalan por las paredes como enormes cascadas, "banderas" que -como su nombre indica- parecen mecerse en una suave brisa, "macarrones" y, especialmente, "excéntricas", llamadas también "helictitas".

Foto: Nómada
"Banderas" de extraordinarias dimensiones.

La cueva tiene habilitadas dos zonas de visita. La primera, muy horizontal, posee un recorrido muy cómodo e incluso dispone de amplios accesos adaptados incluso a personas con movilidad restringida.

Foto: Nómada
La zona principal de visitas dispone de unos accesos excelentes.

La visita comienza en la galería denominada "La Gorda" por sus grandes dimensiones. Lo primero que llama la atención son los colores. Lo normal es que una cueva sea de color grisáceo, que es el color de la roca caliza, como la de los Picos de Europa, pero en el caso de El Soplao la piedra tiene un alto contenido en hierro que le da unas intensas tonalidades rojas y ocres creando un fuerte contraste con el blanco de las formaciones de carbonato cálcico.

Foto: Nómada
Vista de los Picos de Europa desde Potes.

El color de las formaciones viene determinado por las impurezas que arrastra el agua. Si al penetrar por la montaña atraviesa mineralizaciones de óxido de Manganeso, se colorea de negro o incluso morado; si moja óxido de hierro, enrojece, y si toca cobre, las formaciones se teñirán de verde. Cuando las formaciones son blancas es porque el agua que las forma fluye muy pura.

Foto: Nómada
El color llega hasta las bóvedas.

Entre las formaciones geológicas surgen vestigios mineros, como las torres de refrigeración y canalones para el transporte de agua, un elemento esencial dentro de una galería, ya que con ella se lava el minero y se refrigeran las herramientas casi al rojo vivo por la continua percusión.

Foto: Nómada
Restos antiguos de una torre de recogida de agua.

La luz no beneficia la conservación de las formaciones. Por eso "La Gorda" está iluminada mediante un sistema especial, automatizado y controlado para que el impacto lumínico sea prácticamente inexistente. Esta iluminación ayuda a observar y resaltar la belleza del lugar.

Foto: Nómada
La iluminación de "La Gorda" permite contemplar la belleza del lugar.

A diferencia de la mayoría de las cuevas cuyo recorrido es muy homogéneo, la característica que distingue a El Soplao es la gran diversidad de espacios. Cada galería, cada sala es aquí diferente. Ya sea por los volúmenes, por las formaciones que predominan o por los colores, cada paso del trayecto guarda una nueva sorpresa.

Foto: Nómada
A cada recodo cambia el paisaje.

A lo largo de la caverna existen unos aparatos de telemetría medioambiental que, conectados a un ordenador central, miden datos de temperatura, humedad, dióxido de carbono, presión barométrica o velocidad del aire; con ellos se evalúa si el régimen de visitas está afectando a la cueva. Si eso sucediera, se activaría de inmediato un protocolo para reducir o anular el uso turístico.

Foto: Nómada
Las visitas podrían alterar las condiciones ambientales, pero todo está bajo control.

La siguiente galería fue bautizada con el inquietante nombre de "galería de los fantasmas", porque las lámparas de carburo y acetileno que portaban los mineros en sus cascos creaban un juego de luces y sombras fantasmagórico al iluminar las formaciones.

Foto: Nómada
Acceso a la galería de los fantasmas.

En este espacio predominan las formaciones "céntricas", que son aquellas que nacen a partir de un eje y crecen según la ley de la gravedad. Estalactitas, estalagmitas y columnas forman parte del extraordinario decorado de esta galería.

El agua que se filtra por la montaña va cargada de sales y minerales. Cuando esa agua que desciende llega al techo de la cueva forma gotas que comienzan a evaporarse muy lentamente debido a la baja temperatura y la alta humedad del interior. Durante el proceso de evaporación, las partículas de carbonato cálcico diluidas se van solidificando: es el nacimiento de una estalactita.

Foto: Nómada
Las estalactitas se van formando lentamente.

Pero siempre hay una parte de la gota que no se ha evaporado y cae al suelo. Ese agua también lleva carbonato cálcico, que por acumulación va creciendo en sentido inverso, del suelo hacia arriba, formando la estalagmita.

Este lento proceso de crecimiento durante un largo período de tiempo puede hacer que la estalactita y la estalagmita se unan: el resultado de esta fusión no es otro que una "columna".

Foto: Nómada
Una "columna" de 10 metros de altura.

Finalizada esta primera parte del recorrido, la más accesible, comienza un segundo tramo más exigente y abrupto al que sólo se puede acceder con un completo equipamiento de espeleología -casco, mono, botas y luz-, indumentaria que facilita la organización del recinto.

Guiado en todo momento por Maite Castanedo, magnífica anfitriona y experta de la cueva, seguimos descendiendo hacia el corazón de El Soplao a través de simas y corredores, acompañados por el eco de nuestros pasos y algunas gotas lejanas.

Foto: Nómada
Maite me enseña y me espera en cada rincón. ¡Hay tanto para fotografiar!

En ocasiones es preciso arrastrarse por grietas o agacharse (¡bendito casco!) para continuar por los corredores. Tras superar estas dificultades, el sobrecogedor silencio se rompe con el palpitar de nuestros corazones, en parte por el esfuerzo físico y en parte por las nuevas maravillas que emergen ante nuestros ojos cuando rasgamos la negrura con los haces de nuestras linternas.

Foto: Nómada
Formaciones espectaculares.

Frente a nosotros se abren la "Sala del Órgano", "El Bosque" y mil cavidades grandiosas con cascadas de carbonato cálcico, "columnas" colosales y un paisaje tapizado de "excéntricas", las joyas más preciadas de El Soplao.

Foto: Nómada
El Soplao, un viaje onírico al centro de la tierra.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

Artículos relacionados (1)
Diario de un fotógrafo nómada
13 / ENE 2010
0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar