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Diario de un fotógrafo nómada

Bardenas Reales: el desierto más grande de Europa

 
10
MAR 2010

Al sureste de Navarra, muy cerca de Tudela y en mitad de la gran depresión del Valle del Ebro, se encuentra este territorio de paisajes singulares esculpidos por las lluvias torrenciales y el cierzo, ese viento intenso y casi permanente que deseca cuanto barre con su poderoso aliento. Bardenas Reales: un lugar tan extraño como atractivo.

Navarra siempre ha sido uno de mis destinos preferidos por su variedad de paisajes y culturas. Si tuviera mar, sería como un pequeño continente con todos los climas y horizontes posibles.

Descendiendo desde el Norte, los picos pirenaicos nos abrazan con sus nieves permanentes hasta llegar a los valles húmedos de Roncal, Baztán, Salazar o Bidasoa, que nos muestran un rosario de bucólicos pueblos de inenarrable belleza.

Foto: Nómada
Valle de Belagoa, en el pirineo navarro.

Seguimos camino del Sur, y encontramos la metrópoli navarra: Pamplona, o Iruña en su acepción euskérica, un ejemplo de urbanismo al servicio del ciudadano, en cuyo perímetro prosperan una miríada de empresas.

Foto: Nómada
Santesteban, uno de los mil maravillosos pueblos de la Navarra húmeda.

A partir de la capital, y continuando nuestra ruta hacia abajo, el paisaje se hace más llano: es la Navarra media, dedicada a la agricultura extensiva gracias a la fertilidad de estas tierras y a los modernos sistemas de riego y maquinaria que tienen sus explotaciones.

Finalmente, llegamos a la Ribera, el sur profundo de la región, que recibe ese nombre por ser la franja de tierra bañada por el Ebro, cuya capital, Tudela, es visita obligada para todo "gourmet" que quiera degustar la mejor verdura del mundo.

Foto: Nómada
Entrada a las Bardenas Reales.

Paradójicamente, aquí, a diez escasos kilómetros de esta tierra que produce los espárragos, alcachofas y frutas más deseadas, se encuentra el desierto más grande de Europa: las Bardenas Reales.

Foto: Nómada
Vista panorámica del comienzo de las Bardenas Reales.

Las Bardenas es un territorio árido que ocupa 42.000 hectáreas de la depresión del Valle del Ebro, la mayoría de ellas en Navarra y el resto en Zaragoza. Su clima se caracteriza por largos períodos secos interrumpidos por lluvias torrenciales esporádicas.

Foto: Nómada
En las Bardenas las precipitaciones son escasas pero torrenciales.

Con ocasión de esas violentas trombas de agua, las Bardenas Reales se visten con un paisaje inédito de lagunas y riachuelos que apagan por unos días la sed permanente de esta tierra.

Foto: Nómada
Después de las lluvias nacen las lagunas.

El invierno es glacial y el verano tórrido. La sensación térmica se agudiza debido a la presencia casi constante del viento de la zona, el cierzo.

Foto: Nómada
Formas que caracterizan el perfil de las Bardenas Reales.

El cierzo es el viento protagonista de esta geografía. Se produce debido a la diferente presión atmosférica existente entre el Mediterráneo y el Cantábrico, lo que genera un tubo de aire violento que circula por el corredor del Ebro.

Foto: Nómada
El viento erosiona la piel de las Bardenas.

Este viento del Noroeste sopla durante gran parte del año y ha condicionado la forma de vida de esta tierra, tanto por su intensidad como por los repentinos cambios de temperatura que provoca. Así, si estamos en manga corta y comienza a soplar, ya podemos buscarnos un forro polar con urgencia.

Foto: Nómada
El cierzo hace descender súbitamente la sensación térmica.

El cierzo también se ha encargado de esculpir la piel de las Bardenas, creando paisajes dramáticos que nos recuerdan a los que hemos visto en otras latitudes muy lejanas.

Foto: Nómada
El paisaje se asemeja al de países muy lejanos.

La Depresión del Ebro se encuentra cercada por los Pirineos al Norte y la Cordillera Ibérica al Sur. Debido al empuje que ejercen entre sí, ambas cadenas montañosas se levantan, mientras que la depresión se hunde.

Foto: Nómada
La luz tormentosa dramatiza aún más el paisaje.

El lecho de las Bardenas Reales recibe los materiales producto de la erosión de las cordilleras. El paisaje que presenta es desigual, en función del origen pirenaico o ibérico de dichos materiales.

Foto: Nómada
Los materiales depositados por la erosión varían según su origen.

Una vez depositadas, estas areniscas, arcillas y limos han sido cubiertas a lo largo de los siglos por repetidas inundaciones del Ebro, dando lugar al fenómeno de las terrazas. Agua y viento: los cinceles de la naturaleza.

Foto: Nómada
Un paisaje esculpido por agua y viento.

En la zona denominada La Blanca, el perfil del horizonte se recorta con formaciones o "mesas" de estratos superpuestos de diferente dureza y permeabilidad al agua. Cuando el estrato inferior es de un material más blando o poroso se erosiona antes que la capa superior, creando formas tan singulares como la del Cabezo de Castildetierra.

Foto: Nómada
Cabezo de Castildetierra, un icono de esta Reserva de la Biosfera.

Este fenómeno ya lo conocimos cuando visitamos la Capadocia turca y da lugar a panoramas fascinantes ante los que es inevitable sacar la cámara fotográfica.

Foto: Nómada
Paisaje de la Capadocia turca.

Los continuos desplomes de materiales blandos, la escasa vegetación y las lluvias tormentosas hacen que el paisaje se modifique constantemente, hasta tal punto que los cauces fluviales varían y los barrancos se mueven varios metros cada año.

Foto: Nómada
Un cauce fluvial conduce el agua de las recientes lluvias.

Las Bardenas Reales apenas han sido habitadas a lo largo de la historia. De hecho, es un territorio tan hostil que sirvió de frontera entre el Reino de Navarra y los árabes durante el comienzo de la Reconquista.

Foto: Nómada
Las Bardenas Reales, una frontera natural.

La primera ayuda con la que contaron los reyes navarros para repeler la invasión musulmana fue la de los pueblos de los valles norteños. De ahí que la monarquía, en agradecimiento por el apoyo prestado, concediera ciertos privilegios a estos valles, como el derecho a bajar los rebaños de las montañas para pastorear durante el invierno.

Foto: Nómada
Los rebaños siguen pastoreando en las Bardenas.

Las Bardenas se apellidan Reales porque eran propiedad del rey, la única persona que podía conceder o denegar prerrogativas sobre estas tierras. Sin embargo, estos privilegios nunca fueron gratuitos, y los valles que disfrutan de derechos sobre las Bardenas tuvieron que pagar tributos hasta principios del siglo XVIII.

Foto: Nómada
Otro de los privilegios que concedían los reyes: poder construir cabañas.

El perfil de Las Bardenas invita a pensar que en ella no hay otro interés que no sea el geológico. Nada más lejos de la realidad. En su variopinta piel, a veces esteparia y salina, a veces poblada de juncos y carrizos, a veces cubierta por pasto o matorrales, la vida bulle con tanta peculiaridad que en el año 2000 la UNESCO declaró el territorio como Reserva de la Biosfera.

Foto: Nómada
Las Bardenas Reales, un reino de silencio.

Y hablando de carrizales y juncales: muy cerca de aquí se encuentra la laguna de Pitillas, una Reserva Natural Protegida cuya localización estratégica es vital para las aves migratorias. En sus humedales invernan avefrías, ánsares y gran variedad de especies.

Foto: Nómada
Agua y carrizos: la laguna de Pitillas.

Además de su valor ornitológico, la laguna de Pitillas ofrece una curiosa peculiaridad: con cada estación del año cambia de color, pero siempre opuesto al del terreno que la rodea. Así, si en verano su perímetro es dorado, la laguna es verde, y si la zona exterior es verde, la laguna es azul.

Foto: Nómada
Panorámica de la laguna de Pitillas.

Pero no acaban aquí las sorpresas que nos depara esta Navarra sureña. A pocos minutos por carretera nos encontramos con el pequeño pueblo de Santacara, una localidad apartada de todos los caminos que vive al ritmo tranquilo de las campanas de su iglesia y el sonido de algún tractor que va a los campos de labranza.

Foto: Nómada
Plaza e iglesia de la Asunción de Santacara.

En un recodo a las afueras de esta villa encontramos, casi por casualidad, la huella de un poblado romano que nos habla de la importancia que tuvo esta tierra, hoy olvidada, como cruce de caminos de la Hispania romana en su época más temprana.

Foto: Nómada
Restos de la ciudad romana de Cara.

No pueden verse muchos restos de la ciudad romana de Cara debido a que está excavada sólo parcialmente. A pesar de todo, se distingue con claridad la presencia de un "cardo" o calle principal que recorre el asentamiento de Norte a Sur.

Foto: Nómada
El "cardo" o calzada principal.

Los pobladores posteriores de Santacara aprovecharon la mampostería abandonada para levantar o completar los muros de sus casas. Esto, unido a otras actividades antrópicas y a la acción erosiva de la climatología, obligó a volver a cubrir gran parte de los restos arqueológicos.

El escurridizo Sol del invierno comienza a acostarse, y decido guardar mi equipo para dirigirme a otra zona. Mañana será otro día.

Foto: Nómada
El Sol lucha por asomarse entre las nubes.

Sentado en una piedra al borde del camino, enciendo un cigarrillo y fumo con placer. Ya no quedan muchos sitios donde los apestados podamos dar rienda suelta a nuestro vicio.

Entre bocanada y bocanada miro con deleite este paisaje estepario y casi deshabitado. Antes que yo fueron vascones, romanos y musulmanes los que se sentaron a contemplarlo. Tal vez sea esta singular estepa, que siempre ha estado ahí, quien nos atrapa y detiene para observarnos y ver cómo cambiamos

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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