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Diario de un fotógrafo nómada

Altamira: un viaje a lo que fuimos

 
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MAY 2009

Éramos nómadas porque seguíamos las manadas de grandes herbívoros que emigraban con el final de la glaciación. Nuestros vecinos del norte cazaban mamuts, y nosotros, bisontes y ciervos. Aprendimos a hacer fuego y empezamos a representar animales en objetos y cavernas para invocarlos en nuestros rituales de caza. Altamira: cómo éramos hace 15.000 años.

En la primera parte de este reportaje, "Altamira: relato de un descubrimiento", supimos cómo tuvo lugar el hallazgo de este lugar extraordinario. Hoy, en esta segunda entrega, penetramos en la cueva para conocer de cerca los secretos que ha guardado durante 15.000 años.

La edad de Altamira se remonta al Magdaleniense, un período en el que el hombre de Cromagnon ya había desplazado al de Neandertal.

Foto: Nómada
Mamuts y tigres cavernarios, extinguidos tras la última glaciación.

El homo sapiens sapiens, habitante de Altamira, vivía en pequeñas sociedades o tribus; cazar o defenderse en grupo le daba más posibilidades de sobrevivir. Todavía recorría su territorio a la caza de herbívoros -especialmente cérvidos-, pero ya comenzaba a dejar el nomadismo.

El hombre de Cromagnon buscaba cavernas o abrigos de roca para establecerse en aquellas tierras que le proveerían de alimentos y otros recursos que le eran necesarios.

Foto: Nómada
La caza obligaba al hombre a desplazarse.

Uno de estos establecimientos, tal vez el más importante jamás encontrado, es Altamira, que antes de ser habitada por el hombre sirvió de refugio al oso cavernario, del que se han encontrado abundantes restos óseos.

La cueva tenía una amplia entrada que quedó tapada hace 13.000 años debido a un derrumbe natural. Las grandes dimensiones de la boca de la caverna (unos 20 metros de ancho por 6 de alto) daban acceso a un amplio "hall" de entrada. Iluminado por la luz diurna, ése era el lugar donde la tribu habitaba.

Foto: Nómada
La entrada a la neocueva vista desde el interior y protegida de la intemperie por cristales.

En este gran vestíbulo el hombre de Altamira vivía, dormía y desarrollaba sus actividades cotidianas, como la preparación de alimentos, la confección de vestimenta o la fabricación de armas y útiles domésticos.

Aquellos cromagnones no sólo se alimentaban de carne. Aunque no conocían el cultivo, se nutrían de bayas, frutas y vegetales diversos que encontraban y recolectaban -en función de la época del año- en las inmediaciones de su territorio.

Foto: Nómada
Bayas y vegetales eran recolectados y consumidos habitualmente.

Al vivir muy próximos a la costa el pescado era frecuente en su dieta. Una de sus actividades cotidianas era organizar expediciones al litoral para arponear o lanzar sus toscas redes y atrapar los grandes peces que merodeaban por playas y acantilados.

También se dedicaban al marisqueo en estos ricos acantilados. Del marisco obtenían comida abundante y las muy apreciadas conchas, que según su tamaño usaban como recipientes, objetos de decoración del cuerpo o rituales de magia.

Foto: Nómada
Las conchas eran muy apreciadas por sus múltiples usos.

La mayoría de los alimentos se cocinaban. El fuego se conocía 500.000 años antes y su descubrimiento cambió para siempre la vida humana. Los incendios naturales provocados por rayos y los volcanes fueron la primera fuente de obtención del fuego.

Cuando el homo erectus, anterior al homo sapiens, observó que el fuego le proporcionaba luz, calor y protección contra los depredadores empezó a recoger ramas ardientes y brasas en los límites de los incendios para transportarlas a sus refugios.

Foto: Nómada
Panel evolutivo del ser humano: en primer término el homo habilis; al fondo, el de Altamira.

Durante milenios el fuego se obtuvo por causas naturales y debía ser mantenido a toda costa, ya que en caso de que se apagara había que esperar a un nuevo incendio para conseguirlo. Cuando la tribu se desplazaba el fuego se transportaba en recipientes en cuyo fondo depositaban grasa animal como combustible.

Foto: Nómada
El descubrimiento del fuego cambió para siempre el futuro de la humanidad.

Pero un día, no se sabe cómo ni cuándo, el ser humano aprendió a hacer fuego frotando un palo en la depresión de otro, rellenada de hierba seca o haciendo chocar dos piedras de silex con piritas de hierro. Acababa de producirse el descubrimiento más relevante en la historia de la humanidad.

Con toda seguridad los habitantes de Altamira sabían hacer fuego y conocían que la carne y los vegetales, si reposaban un rato sobre las llamas o las brasas, eran más tiernos y comestibles.

Foto: Nómada
Los alimentos ya se cocinaban, aunque rudimentariamente.

El fuego traería el despegue definitivo en el desarrollo de los humanos, alterando los hábitos de vida y alimentación, y milenios más tarde posibilitando el comienzo de las primeras industrias de arcilla y piedras fundidas para extraer metal.

Normalmente imaginamos a los hombres y las mujeres de Altamira desnudos y con taparrabos. Nada más lejos de la realidad: vestían botas, pantalones y zamarras con capucha, semejantes al atuendo que visten los esquimales.

Foto: Nómada
Reproducción del hombre de Altamira pescando ataviado con ropaje de invierno.

Estas prendas las confeccionaban a partir de las pieles que cazaban, cosiéndolas a medida con fibras y agujas hechas de asta.

Foto: Nómada
Fabricando agujas con astas.

Parece demostrado que gozaban de un cierto grado de evolución, ya que para las actividades cotidianas disponían de herramientas de sílex, hueso y asta específicas para cada labor, tales como cuchillos, arpones, raspadores o agujas.

Las tareas diarias y la vida en general se desarrollaban en el gran vestíbulo de la caverna. El interior estaba deshabitado.

Foto: Nómada
Reconstrucción virtual de la vida cotidiana dentro del Museo Nacional de Altamira.

Introduciéndonos en la cueva, una galería irregular de 270 metros discurre en total oscuridad a través de varias salas decoradas con pinturas y grabados. Las tres zonas más importantes son la "sala de polícromos", "la hoya" y "la cola de caballo".

De todas ellas, la más sobresaliente es la sala de polícromos, que alberga la colección de arte rupestre más excepcional del mundo. En ella se pueden admirar los famosos bisontes por los que fue bautizada como la Capilla Sixtina del arte paleolítico.

Foto: Nómada
El espectacular panel del techo de la sala de polícromos.

En esta sala, prácticamente todas las figuras se encuentran representadas en el techo, cuya altura oscila -aproximadamente- entre uno y dos metros. Ello nos hace valorar aún más si cabe el enorme talento de los artistas para realizar una obra tan soberbia a pesar de lo incómodo de la posición.

El método empleado consistía en grabar con el canto de una piedra el contorno de la figura y dibujarle con carbón algunos detalles anatómicos que el artista consideraba importantes.

Foto: Nómada
Figura sin acabar: sólo se ha esbozado el contorno.

El detalle de los contornos a menudo pasa desapercibido, y sin embargo es uno de los hechos más desconcertantes de la sala de polícromos: esos trazos hechos con el canto de una piedra están realizados de un solo trazo, sin titubeos, con una seguridad y un conocimiento de la técnica que impresionan al observador más experto.

Foto: Nómada
Las líneas del contorno se hacen de un solo trazo, sin correcciones.

A continuación se rellenaba dicho contorno con ocre y después se raspaba con la intención de darle diferentes saturaciones al color. En muchos casos se aprovechaba el relieve y las formas naturales del techo para conseguir impactantes representaciones en tres dimensiones. Insólito y asombroso para aquella época.

El artista utilizaba diversas técnicas y herramientas: brochas hechas a base de plumas o palos con el extremo masticado, tampones de piel o musgo y huesos rectilíneos vaciados de médula. Como en el interior reinaba la oscuridad, fabricaba lámparas de tuétano que le proveían de luz y no despedían humo.

Foto: Nómada
Lámparas de tuétano expuestas en el Museo de Altamira.

Los pigmentos más usados en las pinturas iban del ocre rojo o amarillento al óxido de manganeso negro azulado. Para obtener estos pigmentos se machacaban las piedras hasta convertirlas en polvo arenoso que luego se mezclaba con grasa, cola de pescado e incluso sangre. La pintura ya estaba lista para ser aplicada.

Foto: Nómada
Tampón y brocha.

El cuerpo de los animales se pintaba generalmente con tampón. Los huesos vaciados a modo de tubo se empleaban de dos maneras distintas: en la primera el pintor rellenaba el hueso, lo aproximaba a la pared y soplaba por el otro extremo. Algo así como pintar "a chorro". No existe constancia de que este método se utilizara en Altamira.

La segunda técnica sí está presente en Altamira y es sorprendente: se colocaban dos huesos perpendicularmente y se soplaba sobre el borde de uno de ellos, provocando que la pintura saliera difuminada como si se tratara de un aerógrafo. Este sofisticado método dejó perplejos a los paleoinvestigadores.

Foto: Nómada
Técnica del aerógrafo.

La técnica de aplicar la pintura con el efecto aerógrafo se puede ver de manera muy clara en la representación de varias manos. Son las llamadas "manos en positivo".

Foto: Nómada
Mano "en positivo" utilizando dos huesos a modo de aerógrafo.

También se ven otras manos pintadas mediante el procedimiento más elemental: coloreando la palma y apoyándola sobre la pared. Son las denominadas "manos en negativo". Varias de ellas poseen un inquietante perfil con alguno de los dedos amputados, tal vez producido por algún accidente de caza o de lucha tribal.

Foto: Nómada
Manos pintadas "en negativo" revelando un dedo amputado.

Los animales representados son los que habitaban el ecosistema de Altamira. Como ocurre en otras cuevas del paleolítico, la sala de polícromos, situada en una zona deshabitada y oscura, debió ser un lugar sagrado. Aquellas pinturas no habían sido realizadas para la exhibición pública, sino para los chamanes e iniciados en los secretos de la cueva.

Foto: Nómada
Los animales representados pertenecían al ecosistema de Altamira.

En el panel del techo se acumulan docenas de figuras de animales sin un orden aparente y sin mantener las mismas proporciones de tamaño. A veces incluso se superponen entre ellas, como si este lugar hubiera sido reutilizado periódicamente por distintos artistas.

El tema principal del lienzo son los animales por encima de cualquier otro elemento. El hombre es raramente representado y aparece grabado, nunca pintado, de manera esquemática.

Si sabían realizar las bestias con tanta precisión ¿por qué las figuras humanas se hacían con unos simples trazos? ¿Por qué la mujer nunca aparece en Altamira pero sí símbolos de su fertilidad? Enigmas que sólo encuentran respuesta en el mundo de las creencias mágicas que practicaba aquella sociedad prehistórica.

Foto: Nómada
Silueta de dos caballos.

El techo de la sala de polícromos está cuajado de figuras de caballos, ciervos y sobre todo bisontes, la mayoría de ellos tumbados en actitud de parir o dormir. El efecto tridimensional es excepcional, ya que el pintor aprovecha las protuberancias de la roca para dar volumen a las figuras.

Foto: Nómada
El artista aprovecha el relieve de la roca para dar volumen a las figuras.

La pintura más importante pudo ser la de una cierva. Con sus 2,20 metros de longitud es la figura más grande de todas y parece dominar el panel del techo. Por el tamaño, los suaves colores y la expresión serena de su figura el artista no parece expresar el deseo de cazarla, sino más bien de adorarla.

Foto: Nómada
Probablemente la cierva fue la figura más importante del lienzo.

Frente a ella se encuentra un bisonte majestuoso, el mayor de todos, con 2,05 metros de largo. En contraposición a la cierva, está pintado con tonos fuertes y expresión enfurecida.

El hocico hacia delante, bramando, la grupa levantada, la cola enhiesta con gesto agresivo y sus patas traseras pisando algo parecido a un charco de sangre: todo en él denota que ha sido representado como un jefe de manada o tal vez como un símbolo totémico.

Foto: Nómada
El bisonte más grande de Altamira. Su actitud es la de un jefe de manada.

Existen diversas teorías respecto al significado del conjunto pictórico, algunas de ellas proponen que las figuras están ligadas a los rituales de caza, en los cuales, pintar el animal favorecía su captura.

Dejando la sala de polícromos e introduciéndonos más adentro encontramos una sala intermedia, "la hoya", y al fondo, a casi 300 metros de profundidad, donde reina la oscuridad y el silencio absolutos, la caverna se convierte en un somero pasillo: es "la cola de caballo", un lugar estremecedor al que probablemente sólo acudía el chamán para practicar algún rito funerario.

Foto: Nómada
Algunos símbolos encontrados en la "cola de caballo" siguen sin tener una interpretación clara.

En esta remota sala pueden verse algunas pinturas menos elaboradas y una serie de misteriosos símbolos. Para unos son trampas de caza; para otros, advocaciones a la fertilidad femenina.

Allí, Altamira se reserva también un último enigma: unos misteriosos rostros labrados en la piedra que parecen representaciones del más allá. No se ven en el camino de ida; es preciso ir hasta el fondo e iniciar el camino de regreso, sólo entonces se revelan estas caras de expresión misteriosa.

Foto: Nómada
Una de las caras ocultas en lo más profundo de Altamira.

Aquí termina nuestro viaje a Altamira, un viaje a lo que fuimos y de donde venimos, un retazo de la odisea del ser humano a través del tiempo que hoy nos es posible conocer gracias al espléndido trabajo de conservación, investigación y difusión del Museo Nacional de Altamira.

Foto: Nómada

Agradecimientos: el autor agradece a la organización del Museo Nacional de Altamira su predisposición a facilitarle cuanto ha necesitado para la realización de este reportaje.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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01 / ABR 2009
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