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Diario de un fotógrafo nómada

Altamira: relato de un descubrimiento

 
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ABR 2009

Cantabria es una región excepcional por muchos motivos. Tierra de exuberantes paisajes, guarda con mimo numerosos tesoros que la naturaleza y la mano del hombre le han regalado. Entre ellos, cómo no, la cueva de Altamira, un lugar asombroso que nos muestra cómo éramos en el principio de los tiempos.

El invierno da sus últimos zarpazos, y con los primeros rayos de sol la campiña cántabra muda su blanco manto helado por un verde intenso que tapiza el paisaje hasta el último rincón.

Foto: Nómada
El alba sobre una ermita al pie de Altamira.

Amanece. La fría brisa matinal trae a las aldeas sonidos de cencerros lejanos anunciando el comienzo de un nuevo día. Las ramas desnudas de los árboles muestran las primeras yemas, preludio de la inminente primavera. La vida despierta de su letargo invernal.

Foto: Nómada
La niebla rasa empieza a levantar.

Mientras la mañana se despereza, serpenteo con mi coche por uno de los bellísimos valles de la costa occidental de Cantabria en dirección a un lugar que también ha despertado de otro letargo, esta vez mucho más largo: 15.000 años de silencio y oscuridad. Destino: Altamira.

Foto: Nómada
Los caminos de Cantabria ofrecen estampas bucólicas.

Sobre una de las verdes colinas de la sierra de Juan Mortero que rodea el monumental pueblo de Santillana del Mar se encuentra la cueva de Altamira, probablemente el conjunto de arte rupestre más importante del mundo y un verdadero hito en la historia de la humanidad.

Foto: Nómada
Imagen de una típica casa en una aldea cántabra.

Modesto Cubillas era un humilde aparcero que explotaba unas tierras de pasto que había alquilado a don Marcelino Sanz de Sautuola. Modesto era aficionado a la caza y acostumbraba a salir con su perro para cobrar alguna pieza.

Foto: Nómada
Cabaña de un aparcero.

Un día, paseando por una de las praderas que tenía por nombre Altamira, vio que su perro desaparecía por una pequeña grieta entre rocas y maleza. Como tardaba en aparecer, lo llamó, pero el animal no respondía. Al ir a buscarlo, removió algunas piedras y pudo darse cuenta de que aquello era la entrada de una gran caverna. En el interior, a pocos metros, su perro olfateaba unos huesos.

Foto: Nómada
Entre los matorrales de la imagen se encuentra escondida la boca de la caverna. A la derecha, la antigua casa del guarda.

Don Marcelino Sanz de Sautuola, arrendador de Modesto, era un hidalgo culto y de numerosas inquietudes. Licenciado en Derecho, desde joven había demostrado gran interés por las ciencias naturales, la silvicultura y otras disciplinas. De hecho, fue él quien plantó el primer ejemplar de eucalipto en Cantabria hace ya casi 150 años.

En 1878, con ocasión de un viaje a la Exposición Universal de París, Sautuola, que era también un gran aficionado a la paleontología, pudo visitar el pabellón de Ciencias Antropológicas. Allí contempló con sorpresa numerosos fósiles y piezas de silex semejantes a las que él hallaba y coleccionaba en sus paseos por los montes.

Foto: Nómada
Eucaliptos, una especie traída a Cantabria por Sanz de Sautuola.

A su regreso, don Marcelino, que no era un vulgar coleccionista o aficionado a la prehistoria (de hecho, fue miembro de la Academia de la Historia), espoleado por lo que había visto en París se puso manos a la obra explorando las numerosas cuevas que existen en los alrededores de esa sierra.

Además de arrendarle algunos pastos a Modesto, Sautuola le encargaba trabajos -entre otros- de poda de árboles. En uno de sus frecuentes encuentros, el aparcero, que conocía las aficiones del hidalgo, le relató el suceso del perro y la existencia de aquella caverna oculta por la maleza.

Foto: Nómada
Retrato de don Marcelino Sanz de Sautuola.

Don Marcelino, que para entonces ya había explorado muchas de las cuevas del entorno, como la de El Pendo, Cobalejos, El Poyo y varias más, decidió ir a visitar aquel extraño lugar que le había descrito Modesto. Corría el año 1876.

Ya en la primera inspección de la cueva encontró el mayor número de restos de fauna y útiles de uso cotidiano antiguos que jamás había visto. También observó grabados y pequeñas pinturas en las paredes de las cinco galerías que componen la caverna.

Foto: Nómada
Pieza de arte mueble grabada con un caballo.

Hizo más visitas a Altamira, en las que reunió más herramientas de silex y objetos. Sin embargo, no advirtió que por encima de su cabeza había un inmenso lienzo con pinturas que decoraban el techo de la sala principal.

Tres años más tarde, en 1879, hizo una nueva visita a la caverna, esta vez acompañado de su pequeña hija María Justina, de ocho años. Mientras don Marcelino inspeccionaba el suelo y las paredes, la niña, mirando al techo, pronunció la célebre frase: "¡Papá, mira! ¡Bueyes pintados!"

Foto: Nómada
La niña María Justina.

Sautuola quedó inmóvil, extasiado ante las pinturas que su hija le acababa de revelar. Inmediatamente, fue consciente de la importancia del hallazgo. Lo comunicó por carta a alguno de sus amigos antropólogos, envió un informe a la Academia y en 1880 publicó el ya famoso libro "Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander".

Foto: Nómada
El impresionante panel de pinturas de Altamira.

Con el descubrimiento de las enigmáticas pinturas, la fama de Altamira se extendió como la pólvora, atravesó fronteras y fue tema de conversación en foros de todo el mundo.

En aquella época se conocía que los hombres del Paleolítico construían herramientas con piedras y huesos, pero nada se sabía de que tuvieran un arte figurativo propio. Aquellos hombres y mujeres eran muy poco evolucionados, casi animales... ¿cómo iban a saber pintar o representar imágenes con semejante realismo?

A pesar de todo, don Marcelino estaba convencido de que aquellas pinturas correspondían a una edad muy antigua y se propuso conseguir el reconocimiento de la importancia histórica de Altamira. No sabía que empezaba para él una terrible batalla en la que se pondría en tela de juicio incluso su honorabilidad.

Foto: Nómada
Detalle de un bisonte

Finalizaba el siglo XIX, y ciencias como la paleontología o la arqueología empezaban a dar sus primeros pasos, pues no se disponía de conocimientos ni medios suficientes. Por otra parte, hablar del hombre de la Edad de Piedra era casi un tabú: la Iglesia acechaba y no estaba dispuesta a permitir que convirtieran a Adán y Eva en dos "Homo sapiens" que vestían pieles y cazaban bisontes.

La prensa y la comunidad científica internacional de la época también se debatían entre la versión que daba la Iglesia sobre la creación del hombre y la teoría de la evolución. Sautuola lo tenía francamente difícil, lo planteara como lo planteara.

Foto: Nómada
La prensa no quiso creer en la autenticidad de Altamira.

Sautuola sabía que la cueva y sus restos pertenecían al Paleolítico, pero el enigma residía en las pinturas. La pericia en el trazo, el realismo de las figuras, la destreza en las técnicas de coloreado e incluso las posturas que el artista debió adquirir para realizarlas eran un desafío para el entendimiento.

Pero Sautuola no estaría solo. A su causa se unió el médico y naturalista Juan Vilanova, considerado el máximo experto español de la época en arte prehistórico, que al visitar Altamira en 1880 no dudó un instante en confirmar a don Marcelino el carácter paleolítico del descubrimiento.

Mano a mano, Sautuola con su libro y Vilanova con sus conferencias se dedicaron sin desmayo a difundir la importancia del hallazgo. El revuelo levantado por las pinturas de Altamira haría que numerosos miembros de la comunidad científica internacional visitaran la caverna.

Foto: Nómada
El famoso libro publicado por Sautuola.

Pero las conclusiones de sus informes casi siempre eran las mismas: aun reconociendo el carácter paleolítico de los útiles encontrados, los dibujos y pinturas eran demasiado perfectos, demasiado complejos como para admitir que habían sido realizados en una época tan remota.

En contra del criterio de Sautuola y Vilanova, surgieron diferentes teorías que atribuían las pinturas a soldados romanos durante la ocupación de Cantabria, a los fenicios, a culturas orientales... de todo menos prehistóricas. Datarlas como paleolíticas era cuando menos una afirmación extravagante.

Por si fuera poco, a don Marcelino se le ocurrió llamar a un pintor francés para que reprodujera las pinturas del techo y poder llevar esas láminas como documentación del descubrimiento.

Cuando se supo, lenguas demasiado suspicaces hicieron correr la voz de que el encargo de aquel artista era el de realizar las pinturas del techo de la caverna.

Foto: Nómada
Escritorio con viejas notas de don Marcelino.

A lo largo de los siguientes años, ambos se enfrentarían a las descalificaciones de numerosos detractores. No sólo se dudaba de la antigüedad de las pinturas, sino también de la autenticidad de las mismas.

Pero Sautuola no desfallecía. Consultó al prehistoriador de más prestigio en el mundo, el francés Émile Cartailhac, pero éste tampoco quiso ratificar la antigüedad de las pinturas, a pesar de que algunas de ellas se encontraban cubiertas por microcristales del carbonato cálcico propio de las estalactitas.

Francia disponía de los expertos más eminentes en la materia, y la entrada de sus opiniones en el debate avivó la polémica internacional. Altamira ascendía al Olimpo de los yacimientos más importantes de la humanidad, pero no por sus pinturas, sino por la importancia de su arte mueble en silex, huesos tallados y útiles.

Foto: Nómada
Un "bastón de mando", un hueso tallado con increíble pericia con el canto de una piedra.

Pasaron años en los que Altamira fue siendo devaluada y el trabajo de Sautuola y Vilanova, desacreditado. Era inaceptable que unas pinturas realizadas con tanta maestría fueran obra de "hombres salvajes". Se trataba de una falsificación, un fraude para poner en entredicho a los especialistas en paleontología.

Foto: Nómada
No era posible que el hombre antiguo hiciera cosas tan bellas.

Las pinturas de Altamira fueron cayendo en el olvido, y en 1888 don Marcelino Sanz de Sautuola moría sin haber conseguido el reconocimiento de la autenticidad y antigüedad de aquellos bisontes, ciervos y caballos que tanto amaba.

Juan Vilanova, exhausto y con su credibilidad casi arruinada, quemaba sus últimos cartuchos dando conferencias y tratando de demostrar que las pinturas tenían el mismo trazo y técnica que los animales tallados en los huesos encontrados en la caverna. Casi nadie le escuchaba ya.

Foto: Nómada
Otra vista del espectacular techo de la sala de las policromías.

Modesto, por su parte, escribía al rey Alfonso XII reclamando el mérito como único y verdadero descubridor de Altamira y pidiéndole alguna recompensa, tuviera o no importancia el hallazgo de la cueva, "pues soy un pobre labrador de sesenta y un años que con grandes dificultades adquiere algo de lo más indispensable para la vida".

Poco tiempo después, a punto de finalizar el siglo XIX, tuvo lugar en el sur de Francia una cascada de acontecimientos vitales para Altamira: se estaban descubriendo numerosas cuevas que encerraban grabados y escenas de arte parietal (arte mural en las cavernas) de factura similar a las de Altamira.

Salieron a la luz frisos y numerosas imágenes con una ejecución que no llegaba a la perfección de las del techo de Altamira, pero de cuya antigüedad no cabía ninguna duda. Y es que muchas de ellas estaban enterradas bajo capas de tierra intactas que pertenecían a la época del Paleolítico.

La comunidad científica internacional giró entonces su cabeza hacia Cantabria y recordó que durante muchos años habían tratado de farsantes a dos investigadores españoles, Sautuola y Vilanova. Los recientes descubrimientos franceses revelaban que aquellos hombres habían sido injustamente tratados y sus estudios, inmerecidamente despreciados.

Foto: Nómada
Sólo el descubrimiento de las grutas francesas salvó a Altamira del olvido.

Todos sin excepción se retractaron de sus posturas y escribieron notas de reconocimiento a la labor y el tesón de ambos.

El propio Émile Cartailhac y su colega el abad H. Breuil escriben: "Es imposible dejar de rendir homenaje al observador español [Sautuola]: procede con método, con prudencia y con toda la calma necesaria. Estaba muy al corriente de la ciencia prehistórica, y no hay un solo error en su trabajo."

Y añadía que la cueva de Altamira era, "con mucho, la más bella y la más admirable, la conservación de sus pinturas y grabados muy satisfactoria y España debe tener a mucha honra protegerla, a fin de que el mundo sabio pueda siempre estudiarla".

Fue el propio H. Breuil quien la definió como la "Capilla Sixtina del arte paleolítico".

Marcelino Sanz de Sautuola, un bibliófilo, naturalista y sobre todo un enamorado de su tierra montañesa, que en vida vio mancillada su honestidad, recibía los honores y el reconocimiento de aquellos detractores que tanto daño le hicieron.

Foto: Nómada
No hay palabras para describir la grandiosidad de las pinturas de Altamira.

Murió desautorizado sin saber qué sucedería con sus pinturas de Altamira, sin saber que su nombre llegaría a ser imperecedero en la historia de la humanidad.

Pero algún pastor de la zona dice que por las noches, en esa caverna en la que nadie puede entrar por razones de conservación, puede verse una figura con un candil de carburo en una mano y una niña en la otra. La pequeña juguetea por las galerías y él pasea bajo aquellos bisontes con sonrisa satisfecha mientras les dice: "Hoy, en la eternidad, he conocido a vuestro autor."

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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13 / MAY 2009
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