Opinión

El fotógrafo absorto

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ENE 2016

Cuando entré en el edificio la cosa ya me dio mala espina. Sin apenas esfuerzo pude localizar diversos olores, ninguno aceptable, mientras subía hasta el tercer piso. A pesar de cargar con todo el equipo, nunca uso el ascensor por motivos que deberían ser evidentes para todo el mundo.

Me abrió la puerta un vejestorio decrépito que vestía un jersey de rombos de esos que ahora vuelven a estar de moda. Su apariencia, sin embargo, delataba el nulo interés del venerable anciano por su imagen, junto con un cierto abandono de eso que hemos dado en llamar higiene personal. Su cara recordaba la de un pescado que llevara muerto varios días, con leves vetas azuladas y manchas de color pardo.

"Mientras observaba al anciano en busca de señales de vida, el pequeño criminal había puesto sus zarpas en la cámara y tocaba botones como un poseído"

Se acercó a mí y empezó a mover la boca como las carpas de un estanque cuando les tiras un trozo de pan. Me llegó un olor a leche agria agravado por problemas de próstata e incontinencia, y noté cómo se me bloqueaba la válvula pilórica. Afortunadamente mi cliente se dio la vuelta con una agilidad insospechada y enfiló por el pasillo.

Visto desde atrás me recordaba algún tipo de anfibio prehistórico, pero de repente estábamos sentados y el individuo me hablaba directamente, y constaté que no me había enterado de nada de lo que había estado diciendo hasta ese momento. Decidí tantear el terreno, a ver si me ponía al día.

- De modo que una foto de su nieto, ¿no? Las podemos hacer aquí o en el parque de abajo.

- ¿Qué? ¿Qué parque?

El viejo me miraba como si me hubiera vuelto loco. A lo mejor llamar parque al descampado poblado de yonquis de abajo no había sido una buena idea. Tenía que reconducir la situación, así que empecé a sacar cámaras y objetivos y los puse en fila encima de la mesa. Eso siempre impresiona.

- Podemos usar la luz de esa ventana para crear un poco de atmósfera. Y el fondo este irá muy bien.

La cara del venerable despojo era totalmente inexpresiva, pero me pareció detectar un brillo de odio en sus ojillos feroces. En ese momento entró en la sala un crío de unos seis o siete años, una versión en pequeño del anciano. Lucía chorretones de algo que debía ser Cola Cao, y de la nariz le salía un pequeño globito que se hinchaba y se deshinchaba con cada respiración del pequeño monstruo.

Tan fascinado estaba con este nuevo fenómeno de feria, que no me había dado cuenta de que el miserable gusano había puesto sus manos pegajosas en el 70-200 milímetros y lo estaba levantando de manera harto peligrosa. Decidí negociar antes de que fuera demasiado tarde.

- Dame eso, anda, que te vas a hacer daño.

- ¡Te vas a la mierda! ¡Te vas a la mierda!

Empezó a correr por toda la sala mientras profería insultos como un loco. Miré al abuelo, que asistía a la escena impasible. Por un momento temí que hubiera muerto, pero mientras observaba al anciano en busca de señales de vida, el pequeño criminal había puesto sus zarpas en la cámara y tocaba botones como un poseído.

Le cogí las manos e intenté quitarle la cámara, pero el pérfido pigmeo empezó a lanzar patadas y escupitajos mientras me insultaba a mí y a mis venerables ancestros con un furor insospechado en un ser de tan reducido tamaño. En una de estas acertó a darle a la mesa, y un flash Canon cayó al suelo con estrépito de plásticos rotos.

Antes de poder pensar siquiera en lo que hacía, le solté un par de guantazos al mocoso, que se calló al instante. Supongo que sería la sorpresa, porque un segundo después berreaba a un volumen inconcebible. La cara se le había puesto de color violeta oscuro, y lagrimones gordos como puños le corrían por las mejillas arrastrando chorretones de mugre. Temiendo lo peor, miré al abuelo dispuesto a defender mi inocencia, pero el viejo fósil reía con gran satisfacción, y con gestos me animaba a que le hiciera una foto al crío.

Apunté la cámara sin dudarlo y le disparé una ráfaga entera a bocajarro. Observé satisfecho que al pequeño canalla no le había hecho ninguna gracia y redoblaba sus gritos y pataleos. Ahora había empezado a echar espuma por la boca y parecía al borde de un ataque de epilepsia, pero un breve vistazo me bastó para constatar que el viejo se lo estaba pasando en grande, de modo que monté el macro y seguí haciendo fotos. Así nació mi serie “Niños con mocos”, que tanto éxito ha tenido.

Cuando me despedí, el carcamal se empeñó en darme la mano, blanda y viscosa. Me dijo algo. Recuerdo su boca moviéndose, pero no recuerdo el qué. Tampoco creo que fuera nada importante.

Nota: para la elaboración de este artículo no se lastimó a ningún niño. Además, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Siqui Sánchez está especializado en fotografía náutica y retrato corporativo y editorial, si bien asegura que eso puede cambiar "en función de variables difusas e incontrolables". Tiene tendencia a construir cámaras estenopeicas, rodar cortos absurdos e impartir cursos y charlas de vez en cuando. "Aparte de eso, todo normal", promete.

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