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Las postales perdidas del tío Matt

Nepal: bullicio a la sombra de las más altas cumbres

 
26
AGO 2009

Atravesando el Himalaya a través de la Carretera de la Amistad se alcanza Nepal, un país que muy poco tiene que ver con su vecino Tíbet. Uno se da cuenta muy pronto de que entre ambos hay mucho más que una gigantesca cordillera montañosa. Pasar del mundo místico, calmado y relajado al caos más descontrolado y aturdidor puede ser cuestión de unos pocos kilómetros.

Entré en Nepal con los ojos como platos, en pleno estado de conmoción. ¿Dónde me había metido? ¿De qué otra mente había salido ese lugar? Las gallinas, las cabras, las vacas, los perros y la gente se entremezclaban en suelos embarrados por donde circulaban coches, motos, furgonetas, camionetas y unos cuantos tipos de híbridos de todos ellos.

Foto: Ignacio Izquierdo
Paseando sobre elefantes en el parque nacional de Chitwan.

La gente se multiplicaba según me aproximaba al valle de Katmandú. Centro cultural y pulmón de un país que mezcla culturas, religiones, inmigrantes, exiliados, refugiados, olores, colores, sabores. Una explosión para los sentidos, que sucumben agotados a los infinitos estímulos del caos de sus calles.

Foto: Ignacio Izquierdo
Las abarrotadas calles de Katmandú.

Muchos son los viajeros que deciden llegar a Nepal atraídos por el Himalaya. Es una manera bastante más sencilla de aproximarse a los titanes de ocho mil metros sin tener que pasar toda la odiosa burocracia china que los descubre por Tíbet.

Foto: Ignacio Izquierdo
Una mujer ataviada con un colorido sari pasa frente a un templo hindú.

Sin embargo, es sólo uno de los alicientes de este país. No todo en esta vida es trekking. Rafting, parapente, bungee jumping, vuelos en ultraligero, descenso de cañones... y hasta safaris, que en la imaginación deberían suceder en África. Nepal es el país de la aventura. Los más urbanitas podrán encontrar la anhelada emoción viajando en la cima de los autocares. ¡Tenemos para todos los gustos!

Foto: Ignacio Izquierdo
Practicando parapente sobre el valle de Pokhara.

Pero, aun así, tampoco esto es todo lo que ofrece este país. Aparte de poner a prueba -siempre para salir perdiendo- tus habilidades negociadoras con taxistas, guías, vendedores y tenderos, la riqueza cultural semienterrada en sus calles es digna de descubrir. Templos, esculturas, pagodas y palacios de sus mezclas de religiones budistas e hinduistas añaden profundidad a su paisaje.

Foto: Ignacio Izquierdo
La fantástica arquitectura de la plaza Dhubar de Patán, en el valle de Katmandú.

Tomen nota: es éste uno de los pocos sitios del mundo donde pueden ver a una diosa viviente, la Kumari, la reencarnación de una diosa en forma de niña que se elige con cuatro años hasta que alcanza la pubertad y que se digna a aparecer durante unos segundos una vez al día. Todo un "show". Eso sí: fotos no, a menos que seas el fotógrafo oficial para preparar las postales que vender a los visitantes. El dinero no entiende de divinidades.

Foto: Ignacio Izquierdo
Miles de banderas de plegarias decoran las colinas del templo de Swayambhunath, en Katmandú.

Como todo un "shock" resulta ir al templo de Pashupatinath, donde la vida se encuentra con la muerte a la luz del día y los recién fallecidos se convierten en cenizas bajo el calor de la madera ardiendo antes de acabar en las aguas del Bagmati. Reencarnaciones. Karma. Mitos. Hombres sagrados. Bienvenidos a otro mundo.

Foto: Ignacio Izquierdo
Un hombre sagrado rondando el siglo en el templo de Pashupatinath, en Katmandú.

Las gentes son amables, y en las aldeas saludan al viajero. Responden con una sonrisa cuando les pides una foto, siempre y cuando se la enseñes, claro. Bendito mundo el de las cámaras digitales; cuántas horas de diversión y risas dan sus pantallitas. ¿Quién dijo que la tecnología nos desunía?

Foto: Ignacio Izquierdo
Las encantadoras sonrisas nepalesas.

Pokhara, la segunda ciudad más importante, tiene menos encanto en sus calles, pero cuenta con el comodín de poder disfrutar de los Annapurnas reflejados sobre el lago Phewa Tal. Me habría encantado poder visitarlos más de cerca, pero en plena temporada de lluvias era una opción desaconsejada por la mayoría de los guías, y uno, que es de corte cobarde, decidió dejarlo para visitas posteriores.

Foto: Ignacio Izquierdo
Los imponentes siete miles y ocho miles de los Annapurnas.

Es la cruz de los sitios sobreexplotados turísticamente. En temporada baja, los guías y las agencias se pelean por conseguir algún cliente, pero con la "amenaza" inminente de las lluvias y el monzón, no hay demasiado lugar para la aventura.

Foto: Ignacio Izquierdo
¡Al agua patos! Acrobacias y chapuzones en el Phewa Tal.

Aun así, suele bastar con alejarse un poco de las calles principales para encontrarse un Nepal más auténtico, menos contaminado. Interesante espécimen el turista medio, capaz de cruzarse el mundo para quedarse luego en los límites imaginarios de las zonas turísticas.

Foto: Ignacio Izquierdo
El espejo del cielo. Extensiones y extensiones de arrozales.

No tengan ustedes miedo. Los nepaleses son hospitalarios y amables; te hacen sentir como en casa. La barrera lingüística se queda en anécdota cuando los gestos entran en escena. De todos modos, me sorprendió bastante el más que aceptable nivel de inglés que tiene la mayoría de la gente, aunque eso implique que te traten con el exagerado título de Sir.

El tercer punto masivo de visitantes en el país es el parque nacional de Chitwan. Existen la sabana y la jungla en Nepal, por donde pasean elefantes, tigres de bengala, rinocerontes, cocodrilos...

Foto: Ignacio Izquierdo
Un, dos, tres... ¡manguerazo elefantil!

Descubrirlos lleva algo de tiempo, pero si a pesar de los intentos rastreadores de tu guía es imposible verlos entre los kilómetros y kilómetros de jungla, no hay que desesperarse: siempre quedará la opción de remojarse y dar un baño a un amable elefante.

A ponerse el bañador: es la hora de gozar.

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

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