Opinión

Instrucciones para salvar el odio eternamente

 
20
JUN 2005

Me he permitido la libertad de tomar prestado el título de una canción de Ismael Serrano. A ver si con un poco de buena música encontramos el antídoto para tanta crispación.

Hace unas semanas se publicaba en estas mismas páginas un estupendo artículo sobre las peripecias de los fotoperiodistas a los que les toca cubrir un concierto. Rutinas, técnicas y trucos de los que tienen los minutos contados para conseguir una instantánea presentable para el periódico del día siguiente.

Un elevado porcentaje de los asistentes al concierto se dedicó a iluminar el escenario con una media de 17 disparos de flash por minuto

El otro día me acordaba mucho de estas líneas mientras en el Auditori de Barcelona el bueno de Ismael andaba dándole a la guitarra y cantando aquello de que ni tú eres Ilsa Laszlo ni yo Rick Blain. Un marco incomparable para maldecir, por lo "bajinis", la dichosa popularización del píxel y de las camaritas compactas. Les explico.

De los fotógrafos profesionales, en el concierto, no quedaba ni uno. Supongo que la sesión había sido el día anterior durante la primera jornada, que se organizó por partida doble. Pero, para que el espíritu fotográfico siguiera presente, un elevadísimo porcentaje de los asistentes se dedicó a iluminar el escenario y las butacas con una media de 17 disparos de flash cada minuto. Aproximadamente.

No se trata de ejercer de crítico neurótico con los que comen palomitas en el cine y se dedican a sacar fotos con flash en un concierto. Posiblemente, el tema ni siquiera dé para una columna ni una filosófica reflexión. Pero la verdad es que me llamó la atención.

Ahora, como las tarjetas no son de 36 fotos, no dejamos de darle al botoncito durante las dos horas que dura el concierto

Por un lado, sigue sorprendiendo cómo ha cambiado la cosa fotográfica en tan poco tiempo. La idea de irse al concierto y querer una foto de recuerdo no es nada nuevo. Pero el número de flashes que destellaron desde el primer minuto hasta el último de los bises, igual sí. Incluso llegué a plantearme si con la entrada regalaban una cámara y yo era el único de allí que no me había enterado de la jugada.

El caso es que, con más o menos cámaras que antaño, es indudable que ahora somos más insistentes. Antes, con un par de disparos, ya nos dábamos por satisfechos. Guardábamos el trasto y esperábamos a que en la tienda nos dieran una copia en papel con nuestro cantante favorito. Que salía realmente pequeño y casi irreconocible con tan poca luz, pero bueno.

Ahora no. Ahora, como las tarjetas no son de 36 fotos -como mucho-, no dejamos de darle al botoncito durante las dos horas que dura el concierto. Por lo menos un par de fotos por canción. Y como además en la pantalla vamos viendo lo mal que quedan, insistimos una y otra vez, a ver si por el mismo precio conseguimos "la foto" y dejamos ciego con el flash al que está sentado al lado.

Muchas de esas 3487 fotos que amenizaron la velada serán borradas por inservibles

Es verdad que, en muchos casos, se recuerda al público que ni con flash ni sin flash; que nada de fotos ni de vídeos. Por supuesto, las normas o recomendaciones nos las pasamos por el CCD. Los únicos que son realmente obedientes son los profesionales, que llegan, apagan el flash, hacen lo que pueden y, a los pocos minutos, a la calle.

Lo mejor de todo es que muchas de esas 3487 fotos que amenizaron la velada -el dueño de un laboratorio que andaba por allí lloraba desconsolado recordando los tiempos en que todas las imágenes se revelaban- serán borradas por inservibles.

Porque lo del flash en lugares tan amplios y oscuros tiene su miga y merece un pequeño recordatorio -las instrucciones esas de las que hablábamos- para los asiduos a los conciertos que se resisten a dejar la cámara en casa.

La idea es bastante sencilla. Usar el flash de una compacta más allá de la octava fila (no es una medición científica, como comprenderán) es genial para iluminar la calva del que está delante, pero al escenario mucho me temo que no llegará.

Usar el flash de una compacta más allá de la octava fila es genial para iluminar la calva del que está delante

Así que, seguramente, en la cámara habrá un botón que anula el flash o un programa especial para fotos nocturnas o con poca luz. Es posible que algunas salgan movidas, pero si el cantante se está quietecito, nuestro pulso no flojea o conseguimos apoyarnos en algún sitio, quedará una instantánea estupenda. Con algo más de ruido por la sensibilidad más alta, pero tampoco se puede tener todo.

Tres cuartos de lo mismo para los apasionados de las primeras filas. En su caso, el flash sí que llegará al pobre cantante que, seguramente, estará planteándose ponerse gafas de sol para la próxima ocasión. Pero, como en el caso de los vecinos más rezagados, es muy posible que las fotos con el flash desactivado sean más espectaculares y puedan captar la iluminación de los focos del escenario; en suma, que quede todo mucho más natural.

Lo que es seguro es que todas esas fotos serán menos molestas. Y así, a lo tonto, habrá contribuido a rebajar la crispación y su vecino de asiento no le montará una manifestación a la salida.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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