Opinión

Sí... ¿quiero?

 
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JUN 2005

Con el permiso de Eduardo Parra, no puedo resistir la tentación de poner mi granito de arena en el debate sobre los fotógrafos de bodas que abrió recientemente. No se trata de llevar la contraria ni de hacer de abogado del diablo, pero, aunque suscriba la inmensa mayoría de lo que argumentaba, me toca romper una lanza a favor de todos ellos.

Supongo que haberse pasado unos cuantos sábados encorbatado -normas de la casa- al otro lado del visor, persiguiendo felices parejas en el día de su boda tiene mucho que ver con este arranque de solidaridad corporativa.

Limpiar la pésima fama de un colectivo que tiene que refugiarse tras el eufemismo de "reportaje social" es una tarea complicada

Limpiar la pésima fama de un colectivo que incluso tiene que refugiarse tras el bonito eufemismo de "reportaje social" es una tarea demasiado complicada; habrá que conformarse con aprovechar estas cuatro líneas para contar algunos aspectos cotidianos de este sector y que normalmente pasan desapercibidos.

Tal vez sirva a quienes tengan intención de pasar por la vicaría con toda la parafernalia, o a los que les toque pagar los festejos de sus retoños casaderos para entender un poco mejor a ese tipo que anda por allí sacando fotos.

De entrada, hay que aclarar que, para muchos, no es una cuestión de vicio. Sí, hay unos cuantos que disfrutan de su tarea y les llena de orgullo y satisfacción. Pero que conste que hemos sido y son muchos los mercenarios que hacen bodas para redondear una nómina, pagarse la cámara o porque por algún sitio había que empezar después de pasarse unos años estudiando fotografía.

Con tantas personas intentando sangrar a los novios en pocas horas, no es de extrañar que al final se acaben pisando

Porque claro, al menos en las grandes ciudades, el mercado suele estar copado por cuatro o cinco agencias que contratan la mayoría de las bodas. Así que el fotógrafo de turno llega, saca las fotos, cobra un fijo más la comisión de las ventas y si te he visto no me acuerdo. ¿O acaso pensaban que los 1.500 del álbum y las copias en el restaurante a 7 euros iban a parar al bolsillo del que sacaba las fotos?

Aquí también la parte del botín es inversamente proporcional al trabajo que se realiza. O, si no, que se lo pregunten al cura, que después de recibir su correspondiente sobre -del fotógrafo o de los novios, a él le da igual- no se corta a la hora de exigirte públicamente que no molestes mientras está hablando sobre la debida obediencia de la esposa hacia su marido.

O el dueño de ese magnífico restaurante con salones climatizados, carpas y lo que haga falta. Nada mejor para completar el precio por cubierto -baile y barra libre aparte- con otra pequeña comisión al fotógrafo por atreverse, el muy ladrón, a vender fotos en sus mesas.

Demasiadas personas intentando sangrar a los novios en muy pocas horas. Por eso no es de extrañar que al final se acaben pisando entre unos y otros.

En cambio, los pisotones con los invitados suelen ser algo más casual. Aunque haya de todo -insisto- lo habitual es que el fotógrafo esté demasiado ocupado como para andar zancadilleando al cuñado del vecino del novio que anda por allí con su cámara.

Foto: Iker Morán (Quesabesde)

Lo que pasa es que si el susodicho cuñado se pone en medio y se pierde la instantánea, ya sabemos todos a quién pedirán cuentas los novios cuando descubran que en su álbum a todo color falta la dichosa foto de los anillos. Con toda la razón del mundo, además.

Y es que no crean, la cosa tiene su arte: casa del novio, casa de la novia, iglesia, invitados en la puerta de la iglesia, jardines, restaurante, invitados en el restaurante, ir a revelar las fotos, volver corriendo para no perderse la tarta, baile, vender las copias... Más de doce horas y unos cuantos centenares de fotos. Un chollo muy relativo

Hay reportajes excelentes y hay álbumes que son una sucesión de lugares comunes, retratos aburridos y poses insulsas

Todo ello lidiando con los novios y sus circunstancias familiares. Con ellos puede ocurrir lo mismo que con el resto de actores de este teatro: puede tratarse de una pareja encantadora o unos petardos que se creen con derecho a todo por haber pagado una fortuna.

Lo de la calidad de las fotos es otra cuestión peliaguda. Hay reportajes excelentes y cuidados y hay álbumes que son una sucesión de lugares comunes, retratos aburridos y poses insulsas. Éstos últimos, curiosamente, no sólo son mayoría, sino también los que mejor se venden y los preferidos de muchas parejas.

No nos engañemos. Tras eso de "fotos diferentes" muchos se refieren a un par de imágenes en blanco y negro y sepia o, como mucho, algo de movimiento y luces de colores durante el vals. Me consta que el resto de alardes artísticos es posible que no acaben incluidos en las hojas del álbum y que cosechen alguna mirada rara de los recién casados, de sus señores padres o del encargado de maquetar el trabajo final.

Presento mis respetos a todos esos que andan aguantando al invitado pesado mientras yo ando divagando en el teclado

En fin, cada uno de ellos podría contar anécdotas y batallitas suficientes para llenar unos cuantos folios y puede que incluso despertar cierta solidaridad hacia un colectivo maltratado.

Así que me van a permitir que presente mis respetos a todos esos que hoy sábado, mientras ando yo divagando en el teclado, andarán aguantando al invitado pesado -siempre hay uno- que le comenta lo guapo que ha salido sentado en la mesa con su santa esposa. Que, por cierto, no sé cómo se pudo casar con él.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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