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HISTORIA DE UNA FOTO

Cuando la música es imagen

 
24
MAY 2005

Fotografiar un multitudinario concierto de música -y cuando decimos concierto nos referimos a aquellos en los que no hace falta ir con chaqué, muy respetables pero totalmente distintos a los que citaremos aquí- no es sencillo. El fotoperiodista lo tiene casi todo en contra: desde la intempestiva hora a la que se celebra, al tiempo que se dispone para hacer la foto, pasando por el propio retratado, que por regla general no suele ponerlo fácil.

Lo peor de los grandes conciertos es que ofrecen pocas prerrogativas al fotoperiodista. El tiempo para hacer la foto no suele ser mayor de cinco o diez minutos (la organización sólo permite realizar instantáneas de algunas pocas canciones), la iluminación es imprevisible y el sujeto a fotografiar tiende a moverse más que un tentetieso en una montaña rusa.

Desde que se accede al recinto hasta que la foto se publica en los periódicos al día siguiente, pueden pasar decenas de cosas.

Como suele ser habitual, el primer paso que debe seguir el fotoperiodista antes de acceder a un concierto es el de acreditarse. Los reporteros gráficos suelen recibir un pase especial que les permite estar en el denominado foso, una separación física entre público y escenario. Este espacio, de uno o dos metros de ancho, es donde los periodistas gráficos podrán colocarse para realizar sus tomas.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Si hacer una foto totalmente contrapicada -el escenario suele estar unos dos metros por encima del suelo- es ya de por sí difícil, hacerlo desde el citado foso todavía lo es más. Ahí suelen colocarse los miembros de seguridad y emergencias, así como algunos operadores de vídeo, lo que complica aún más la movilidad del fotógrafo.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Antes de que el concierto dé comienzo, suelen realizarse varias fotos de ambiente, esto es, del público. Los denominados teloneros suelen ser el banco de pruebas -si es que la organización lo permite- de los fotógrafos, que prueban focales, encuadres y sensibilidades.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

En conciertos, a los fotoperiodistas no les es permitido usar flash, prohibición que -curiosamente- no se aplica a los flashes de las cámaras del público, menos potentes pero presentes en mayor cantidad.

En acción
Cuando el artista finalmente sale al escenario, el fotógrafo debe decidir en un instante desde dónde tomará las fotos. También confirmará, lógicamente, que la configuración de la cámara es la más adecuada.

El balance de blancos, por regla general, suele dejarse en automático. Los motivos son bien sencillos: primero, porque en un escenario las luces blancas y amarillas -de tungsteno- se alternan fácilmente, y segundo, porque la presencia de múltiples luces de colores impide con toda seguridad obtener tonos reales de piel.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Por fortuna, algunos artistas -muy pocos- o ciertos organizadores de conciertos tienen en cuenta a los fotógrafos, y en aquellas canciones en las que está permitido realizar fotografías -un par o tres, normalmente- emplean una iluminación muy intensa y clara para facilitar la toma de imágenes.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Sin embargo, y como en tantas otras ocasiones, lo habitual es que los fotógrafos sean ignorados. Así las cosas, lo más sensato es fijar la sensibilidad de las capturas a 800 ISO, por ejemplo, y optar por el modo de trabajo de prioridad a la obturación para lograr, con altas velocidades, la congelación del movimiento de los intérpretes.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Elegidos los parámetros más técnicos, todo queda en manos del ojo del fotógrafo. Hay que tener muy presente que el nunca se sabe por dónde va a salir el artista, especialmente en conciertos multitudinarios, y que el tiempo disponible -insistimos- es muy limitado.

Precisamente por esta última razón no se escatiman fotos. En cualquier caso, las más vistosas suelen ser aquellas con saltos, brazos en alto, expresiones faciales muy marcadas...

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Guitarristas que antes no estaban, micrófonos con pie que tapan o, simplemente, un cantante que no para quieto son los principales inconvenientes a los que el profesional debe responder en cuestión de segundos.

Una vez concluidas las dos o tres canciones de las que la organización permite sacar tomas, el fotógrafo abandona el foso. Si al periódico le corre prisa la fotografía -recordemos que los conciertos suelen ser por la noche-, ésta ha de editarse y enviarse desde el mismísimo pie de escenario.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Y listo. Si todo ha ido bien, al día siguiente la foto seleccionada tendrá su hueco en las crónicas de cultura.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

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