Opinión

Instinto básico (fotográfico)

 
31
MAY 2004

Los que procedemos del mundo analógico y lo hemos visto casi todo en fotografía hemos presenciado una obsesión generalizada por la compra de cámaras de tipo réflex, como si no hubiera otro medio posible para obtener imágenes de gran calidad. Se podría empezar por cualquier otro tipo de dispositivo fotográfico, pero el ansia por superarse parece aplacarse con la posesión de un sistema réflex lo más completo posible, se necesite o no. Hay parte de lógica en todo ello, sobre todo para quienes precisan objetivos con distancias focales relativamente largas, pero no siempre es un anatema para la consecución del fin supremo: una buena fotografía.

Reconozco que yo tuve dos cámaras réflex analógicas, pero pronto me cansé de ellas, pasándome al polo opuesto, a las compactas pequeñas pero de gran calidad. Mi equipo analógico llegó a quedar reducido a dos Minox (GT y ML), con distancia focal fija de 35 mm, aunque con unas prestaciones excelentes, a pesar del mínimo tamaño de las mismas. Era como revivir el mito de la lucha de David contra Goliat, en el que el primero vencía al segundo, por imposible que pareciera.

Lógicamente, estoy hablando de fotografía creativa, sin las necesidades específicas de distancias focales largas, donde el modelo a seguir -no por calidad, sino por versatilidad- era la cámara réflex.

Con la llegada de la tecnología digital de cierta calidad, hace unos tres años, la cosa ha cambiado mucho en el panorama fotográfico. Los precios de las cámaras empezaron siendo muy altos, en especial las de tipo réflex, para ir encontrando el tono adecuado con el paso del tiempo. No obstante, la estructura de los diseños ha variado mucho.

Existen compactas de pequeño y mediano tamaño, muy versátiles; cámaras de óptica fija envidiables en cuanto a la potencia de zoom, y las réflex de objetivos intercambiables. Con respecto a la tecnología analógica, todo parece similar, salvo en el segmento intermedio, que era totalmente desconocido anteriormente.

Efectivamente, se han creado unas cámaras de tamaño ligeramente inferior o similar al de una réflex, con óptica fija, pero con unas ventajas que superan con creces a estas últimas por precio y volumen de equipo, e incluso superándolas en calidad de resultados, sin que los extremos de las distancias focales sean un inconveniente en cuanto a prestaciones.

Salvo para ciertas aplicaciones que requieran objetivos superiores a un 400 mm, que ya es pedir, una cámara digital de óptica fija podrá medirse de tú a tú, sin complejo alguno, con las mejores réflex digitales del mercado, incluso dentro del ámbito profesional.

Existen dos claros ejemplos, aunque me dejo en el tintero muchos más, como la Panasonic Lumix DMC-FZ10 (zoom Leica Vario-Elmarit de 35-420 mm, f2.8-f2.8, con estabilizador óptico), y la Kodak EasyShare DX6490 (zoom Schneider-Variogon, 38-380 mm, f2.8-f3.2), con todas las prestaciones necesarias para cualquier fotógrafo, logrando resultados tan buenos o superiores que los de las réflex digitales, pero sin los inconvenientes técnicos actuales de estas últimas. Raramente se necesitarán distancias focales superiores a esos 380 ó 420 mm, y en el campo del gran angular más acusado, existen unos convertidores ópticos que las complementan perfectamente.

Una réflex digital requiere de unas ópticas muy especiales para que su cuerpo dé el nivel para el cual fue diseñado, y los objetivos de origen analógico sólo tienen en la montura la compatibilidad tan anunciada por sus fabricantes. Para muchos fotógrafos que quieran sacar el máximo rendimiento posible al cuerpo de su flamante réflex digital, esto les supone partir prácticamente "de cero", con todo el dolor de su corazón.

Además, salvo en el caso de la Olympus E-1, carecen de un sistema automático y fácil de usar que mantenga limpio el sensor (CCD o CMOS); un tema muy crítico, sin entrar ya en los altos costes generales de un equipo de este tipo. Siempre que se quitan y ponen ópticas, el polvo puede llegar a cualquier rincón interno de la cámara réflex.

Existe además una nueva manera de usar una cámara fotográfica digital. Me refiero a la inmensa ventaja de poder encuadrar mediante la pantalla LCD de color o un buen visor electrónico (ejemplar comportamiento sólo en la Panasonic DMC-LC1 y bueno en la Kodak DX6490, principalmente).

Mediante estos elementos se puede apreciar en tiempo real cómo va a quedar una imagen, con sus compensaciones y ajustes pertinentes, mientras que en un visor réflex, por luminoso que sea, te lo tienes que imaginar, como antaño. Ver el resultado momentos después, puede suponer la imposibilidad de repetir ya la toma de nuevo. Éste sí que es un punto muy importante a tener en cuenta, en el que una buena cámara digital de óptica fija pero con zoom de alta calidad puede ganar claramente a una réflex.

Es necesario que el usuario cambie su actual manera de pensar, dejando de soñar que, de no tener una réflex digital, no logrará realizarse como fotógrafo, dentro del nivel que sea. En el mundo digital existen soluciones muy próximas al ideal o a la máxima calidad, sin pasar necesariamente por el entorno réflex.

Se impone la mente fría, los píes en el suelo firme y saber tomar la decisión más acertada, en base a las necesidades de cada uno, sea como aficionado normal o avanzado, e incluso como profesional de la fotografía. En la vida real lo importante es la calidad de las imágenes obtenidas, no dejándose impresionar por un imponente equipo fotográfico, sólo justificable en muy determinados trabajos.

No por usar una réflex se obtendrán mejores resultados que con otros tipos de cámaras digitales, ni mucho menos.


Juan Carlos Martín colabora asiduamente en la revista SuperFoto Práctica, en la que realiza análisis de las últimas cámaras del mercado. Parte de su trabajo puede contemplarse en su página personal.

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