Opinión

Locura de amor

 
26
ABR 2004

Hace ya muchos años, un día seis de enero, esperaba con ansia uno de esos muñequitos de acción G.I. Joe. Recuerdo que quería un Sargento Láser, con su mochila, su pistola, su casco... el muñeco de mis sueños. Y no, me llegó un Víbora... Muy bonito también, pero no era un Sargento Láser. A las pocas horas de abrir los paquetes, recuerdo que defendía ante mis amigos, con uñas y dientes, las bondades de mi Víbora frente a los defectos del Sargento Láser. Qué niño era entonces... y qué niños parecen algunos ahora.

Sólo hay que acercarse a la sección de opiniones de esta web para ver decenas -¿cientos?- de frases del tipo: "Mi cámara es la mejor cámara de su segmento". Y la gente se queda tan campante, como si las hubiera probado absolutamente todas o, simplemente, su máquina nueva no tuviera fallos.

¿Por qué los usuarios de cámaras digitales no son capaces de reconocer que su cámara también falla?

Mi primera Canon fue muy buena durante unos dos minutos, el tiempo que tardé en sacarla de la caja y conectarla. Cumplió su cometido: poder presumir de cámara, en efecto, pero no por eso era la mejor; de hecho, ni siquiera era buena. Lo mismo pasó con la segunda, aunque en este caso su función fue ya un poco más profesional, y con la tercera y con la cuarta. Y pasará con la quinta.

Todas las cámaras cojean, todas tienen sus puntos débiles y todas son mejorables. La cuestión es: ¿Somos capaces de reconocer esta cojera? Y la respuesta es no. No, sin paliativos. Uno puede quejarse de su equipo de fútbol, de su partido político, de su coche... ¡Pero no de su cámara!

Es más, un simple comentario en un foro de Internet sirve para encender la llama del odio. Hagan la prueba. Entren en el foro de fotografía digital y hablen mal de la cámara x. Indefectiblemente le seguirán un torrente de reproches, quejas y menosprecios referentes a sus capacidades como fotógrafo, como analista, como internauta... Es más, no me extrañaría que alguno se cuestionase su calidad como ser humano. Y todo esto por criticar una cámara -y encima con fundamento, que es peor.

Entonces, ¿cuál es el remedio? Como si de un catarro se tratase, la locura de amor por las cámaras digitales es mejor tratarla cuando empiezan a aparecer los primeros síntomas, nada más abrir la caja o, en casos extremos, nada más verla presentada en un medio especializado.

Permítanme que me detenga en este punto, porque también tiene su gracia. No hay más que colgar una nota de prensa en la red para que el amor surja de nuestros poros. ¡Cámara Pascualina! ¡Ocho megapíxeles! ¡Zoom 28-500! Todo el mundo a opinar, sin haberla siquiera visto; es más, sin ver siquiera una foto de muestra...

Por supuesto esa cámara tendrá sus fallos. Por supuesto. Y, por supuesto, habrá una primera persona que la compre. Por supuesto. Y, por supuesto, que esa primera persona no dirá esta boca es mía. "Me he comprado la cámara Pascualina", dice uno, "Pues he oído que da ruido a 400 ISO", le replica otro, como si hubiera alguna cámara que a 400 ISO no diera ruido. "Tú no tienes ni idea de fotografía", sentencia el primero. Y, si tenemos suerte, ahí acaba la conversación. Y poco importa que tenga ruido, que tenga aberraciones o halitosis; lo importante es no reconocer que he sido un pardillo que ha pagado mil euros por una cámara que tiene ruido.

Continuemos con la enfermedad. Hablábamos de los síntomas. Éstos suelen consistir en enseñarle la cámara a todo el mundo, a tildar de ineptos a lo que la critican o de envidiosos a los que tienen otra diferente -generalmente, mejor que la nuestra.

Primera vacuna: hay que ser realistas y meternos en la cabeza que cada cámara es un mundo, que lo que es bueno para mí, no tiene por qué serlo para ti. Segunda vacuna: hay que ser conscientes de que los límites del gusto no son iguales para todos, y lo que para mí es excepcionalmente bonito, para otro es terriblemente feo. Tercera vacuna: los aparatos electrónicos de hoy día, quedan obsoletos más o menos diez segundos después de ser presentados, así que no nos empeñemos en afirmar que nuestro maravilloso equipo comprado hace tres años es mejor que uno nuevo. Puede que sea así, pero no es lo habitual.

Pero -¡ay, qué miedo me dan los peros!- supongamos que no nos hemos vacunado a tiempo... El amor por nuestra cámara es terrible y nada puede hacernos cambiar de idea. ¡Qué mala pinta tiene esto! Si llega el caso, búscate un amante. Hay que ser consciente de que la edad juega en contra de las cámaras digitales, y las más jóvenes suelen ganar a las más viejas en todos los aspectos: son más delgadas, más bonitas, más "listas" y con "ojos" mejores.

Pero cuidado: el amante ha de ser de calidad. Caer en brazos de otra que sea peor que la nuestra sólo nos traerá un agravamiento de la enfermedad, y eso no es bueno. Lo mejor del gallinero de la fotografía digital es que está lleno hasta los topes... ¿Por qué conformarse con una sola gallina?

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