Opinión

No quiero volver a empezar de cero

 
12
MAR 2004

EN MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS DEL 11M

Nadie estaba preparado para aquello. Un jueves, casi como otro cualquiera, despertaba a los madrileños con unos débiles rayos de sol como prometedora avanzadilla de un buen día. Pero el buen día nunca llegó. Cuando el sol apenas si acababa de nacer, el día se tiñó de rojo, y el rojo se diluyó entre las lágrimas.

Apenas tarda uno dos minutos en vestirse con la ropa del día anterior y coger la cámara. La agenda del día queda automáticamente cancelada y el desayuno o el afeitado se convierten en un lujo que no se está dispuesto a disfrutar. Apenas veinte minutos más tarde se llega al infierno. Sólo se escuchan sirenas, llantos e insultos... La gente se abraza, los niños gritan a los cuatro vientos y los adultos claman a un ser superior que da la sensación de haberse quedado dormido.

Sólo se ven pedazos. Pedazos de todo, de tren, de ropa, de gente... Los teléfonos móviles se han convertido en metralla, y sus baterías permanecen incrustadas en la chapa metálica de los trenes como si fueran restos de un obús. Algunos aún sonaban, pero nadie les daba respuesta. Todo era caos. Caos en el más amplio sentido de la palabra.

En momentos así uno no sabe cómo afrontar la situación. En el taxi te preparas para lo peor, y al llegar te das cuenta que lo peor, comparado con la realidad, era un dulce día en el campo. Te sientes impotente, inútil. Y entonces recuerdas por qué estas allí. No puedes ayudar, pero puedes contar al mundo qué ha pasado, reflejar al mundo cuán real es la realidad a veces.

La gente te mira, aunque en realidad no ve nada. Las miradas están perdidas en un vacío infinito. Se enjugan las lágrimas y se limpian la sangre de la cara. Intentan mirar, pero no ven nada. El cuerpo está allí, pero su alma está en otra parte, perdida a medio camino entre el sueño y la realidad.

Entonces haces clic. El obturador se mueve y la cámara registra una imagen, y eres consciente de que no vas a despertar. Velocidades, diafragmas y sensibilidades pasan a segundo plano. Todo es inercia, se fotografía sin pensar. Los brazos se duermen y se nubla la mirada, y esta vez ni el peso del teleobjetivo ni el modo de enfoque tienen nada que ver. En momentos así, hay que aparcar los sentimientos. Los médicos, enfermeros, ATS, sanitarios, bomberos, policías, conductores... Todos hacen su trabajo sin reparar un momento en la magnitud de la catástrofe. Y tú no puedes ser menos.

Intentas avanzar, pero no puedes. Esquivar los pedazos de tragedia es difícil. Fotografiar lo infotografiable lo es aún más. Ser realista se hace incompatible con ser persona. Comienza una lucha entre tu mitad como informador y tu mitad como ser humano. Quieres dejarlo todo, lo necesitas... pero no puedes hacerlo. La gente grita, llora... o guarda silencio. Y tú sólo puedes seguir haciendo fotos.

La magnitud de la tragedia se hace presente. Enormes boquetes se reflejan en las estructura de los trenes, en las vías y en las catenarias. Entonces empiezas a ser consciente que esto es demasiado grande. Los compañeros comienzan a aparecer, cámara en mano. Todos preguntan, todos estamos bien... Casi todos.

Los servicios de socorro cargan a las personas como si fueran sacos de escombros. Se mueven frenéticamente con un orden que casi parece coreografiado. Los pequeños incendios se extinguen, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado acordonan la zona. Y esto sólo acaba de empezar.

Los periodistas están pálidos. Sociedad, Política, Deportes, Corazón... Todos escriben, todos miran, todos lloran. Algunos comienzan a marcharse a otros lugares. Y decides que ya es suficiente, que has hecho clic demasiadas veces, y que tu trabajo está allí terminado. Te alejas unos cientos de metros para observar desde lejos. Te das cuenta que esto no es un punto y aparte. Es un volumen nuevo en la historia de la vida. Y a veces, para hacerlo bien, hay que empezar de cero.

Y yo no quiero volver a empezar de cero.


Eduardo Parra integra la Redacción de QUESABESDE.COM en Madrid. Como miembro de la prensa gráfica, fue testigo directo de las terribles consecuencias de los atentados de ayer en Madrid, que han causado la muerte de cerca de 200 personas inocentes y han traumatizado a toda una sociedad.

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