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miércoles, 16 de septiembre de 2009
Myanmar: la tierra de las pagodas y las sonrisas de oro
En los bordes del sureste asiático, pasando más desapercibido para el circuito turístico que el resto de países de la zona, Myanmar empieza a ser un destino cada vez más y más conocido. No es sorprendente. Tremendamente bello, el viajero descubre rápidamente que no son los magníficos monumentos y su centenaria historia lo que más merece la pena, sino su gente.
Ignacio Izquierdo.- ¿Por qué Myanmar? ¿Y por qué no? Motivos para no ir hay un montón: es una dictadura militar, el gobierno no respeta los derechos humanos, sigue poniendo minas antipersona, tiene el ejército de niños más grande del mundo, son los segundos productores de opio del mundo… y una larga lista de abusos, entre ellos tener en arresto domiciliario a su legítima presidenta, elegida en las urnas. Vamos, que lo difícil era encontrar razones para ir.

© Ignacio Izquierdo

La deslumbrante Shwedagon Pagoda, en Yangón, centro religioso del país.

Y a eso fui, a remolque de comentarios que me aseguraban que no me lo podía perder. Fui incrédulo, esperando encontrarme un país triste, gris, sumido en sus miserias. No pude hacer peor previsión. Lo último que esperaba encontrarme, con todo lo que tenían encima, eran sonrisas.

© Ignacio Izquierdo

Trabajando los arrozales cerca de Kalaw.

Era inexplicable entonces, y lo sigue siendo a día de hoy. Myanmar (antiguamente conocida como Birmania), tiene la gente más amable, hospitalaria y sorprendentemente alegre que me haya encontrado en este viaje. ¿Cómo podía ser posible que siempre te trataran con una humildad y un afecto que desafiaba toda lógica?

© Ignacio Izquierdo

Niña maquillada con "thanaka", que se usa no sólo con fines estéticos sino también como protección solar.

Myanmar, al menos la parte que está libre de conflictos bélicos, que es la que se puede visitar, es para dejarte con la boca abierta. La tierra de las pagodas de oro, de templos centenarios, junglas densas y paisajes de ensueño. Y la sensación de retroceder en el tiempo.

© Ignacio Izquierdo

Paseo en barca mientras cae el atardecer en los alrededores de Mandalay.

Porque vive anclada en el pasado. Presa del aislamiento al que la tienen sometida sus mandatarios. Medios de comunicación controlados, Internet vigilado y funcionando a una velocidad desesperantemente lenta y cientos de webs bloqueadas.

© Ignacio Izquierdo

Bicicletas circulando por el centro de Mandalay, una de las antiguas capitales de Myanmar.

Sólo los teléfonos por satélite funcionan en el país, a menos que estés dispuesto a pagar más de 2.000 dólares por una tarjeta SIM desbloqueada.

© Ignacio Izquierdo

Niños en una aldea de las montañas birmanas.

Cualquier cosa con un motor se usa de medio de transporte. Un coche de 20 años se considera relativamente nuevo. "Está muy bien; aguanta", me aseguraban. Y lo que le debía quedar. No es de extrañar que cualquier cosa que se mueva se use hasta el límite.

© Ignacio Izquierdo

Miles de budas amontonados dentro de las cuevas de Pindaya, cerca de Kalaw.

La gente cuelga de los techos y laterales de los autobuses y furgonetas, cargando con ellos además sus equipajes, mercancías para los mercados y demás enseres. Todo se recicla. Seguro que vale para arreglar algo.

© Ignacio Izquierdo

"¿Quejarnos? ¡Pero si vamos la mar de cómodos!"

Una población mayoritariamente rural, que no debería vivir en la pobreza en la que se encuentra. Habitan en un país rico, con una gran cantidad de recursos naturales. Myanmar es uno de los principales productores de arroz, genera un 90% de los rubíes de todo el mundo, además de grandes cantidades de perlas, zafiro, jade...

© Ignacio Izquierdo

A trabajar los campos a lomos de un búfalo de agua, cerca del lago Inle.

Y mientras tanto, mientras iba rascando la superficie y descubriendo este país, me perdía por el entramado caótico de las calles de Yangón (que ejerce de capital aunque no lo sea, pues para nosotros, simples turistas, no nos está permitida la entrada a Naypyidaw), me asombraba con su Shwedagon Pagoda, de casi 100 metros de altura y engarzada en joyas, y conversaba con monjes budistas deseosos de poder practicar su inglés conmigo (y con cuantos turistas pillaran por el camino).

© Ignacio Izquierdo

La amalgama de colores, cables, gente, vehículos y edificios prácticamente en ruinas de Yangón.

Crucé las montañas y las aldeas de las mismas para poder encontrarme con la vida sobre la superficie del lago Inle, donde se cultiva en granjas flotantes y donde los mercaderes, compradores y vendedores comercian desde las barcas y los pescadores reman con los pies.

© Ignacio Izquierdo

Sí, es posible remar con los pies.

Es otro mundo. Bien lo supieron los británicos cuando Birmania fue una de sus colonias. "No se parece a nada que hayáis visto antes", dijo Rudyard Kipling.

© Ignacio Izquierdo

Transporte de mercancías atravesando el lago Inle.

Viajé en autobuses repletos y con karaokes durante horas y horas -dadas las precarias infraestructuras- para llegar a Mandalay, la antigua capital, que permanece rodeada de históricas ciudades a cuyas ruinas, hogar de innumerables budas, se llega en carros de caballos.

© Ignacio Izquierdo

El puente de madera de teca más largo del mundo, en Amarapura.

Ahí, los puentes de madera teca que cruzan los ríos pueden llegar al kilómetro de longitud, aguantando el incesante paseo de bicicletas y peatones. Un lugar de encuentro al frescor del agua, donde los templos blancos brillan en la distancia, como olas en la tierra.

© Ignacio Izquierdo

La intensa actividad del barco que une Mandalay con Bagán.

Navegué por las aguas del Ayeyarwady para llegar a las míticas y ancestrales llanuras de Bagán, donde las pagodas y los templos se pierden en la lejanía, hasta donde alcanza la vista, castigadas bajo un calor abrasador.

© Ignacio Izquierdo

Los últimos rayos de sol caen sobre Bagán.

Erguidas a pesar de los intentos de los terremotos de tirarlas abajo. Orgullosas. Viendo cada día ponerse el sol sabiendo que desde sus cúpulas el espectáculo es impagable.

© Ignacio Izquierdo

Un costurero birmano en las calles de Yangón, feliz de ser retratado.

Myanmar es un país precioso, pero maltratado por la avaricia, la codicia y las ansias de poder de sus mandatarios, y que a pesar de las mil y unas perrerías a las que están sometidos sus habitantes, nadie ha sido capaz de quitarles sus ganas de sonreír. Y como viajero, de sonreír con ellos.

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.



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