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La vuelta al mundo en 3.650 días

Monte Roraima: el Mundo Perdido

 
19
DIC 2007

No es extraño que el Monte Roraima, uno de los lugares más antiguos de la corteza terrestre, explorado sólo a finales del siglo XIX, le sirviera a Arthur Conan Doyle de inspiración para su novela "El Mundo Perdido". Esta extensa meseta situada sobre la sabana tropical venezolana que hace de triple frontera con Guayana y Brasil se ha consolidado como uno de los mejores "trekkings" de toda Sudamérica.

Amanece en el Parque Nacional de Canaima, en Venezuela. Los tepuyes, las particulares mesetas, destacan sobre la altiplanicie de la Gran Sabana Venezolana.

Aquí se alza el Monte Roraima. Las extraordinarias vistas desde su cumbre, los paisajes lunares y una extraordinaria variedad de vida endémica -en la que conviven numerosas plantas carnívoras- hacen que éste sea un entorno casi onírico.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
De entre las más de 20 montañas que conforman el parque, el Roraima es el más alto (2.723 metros) y extenso (34 kilómetros cuadrados).
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Un grupo de checos se prepara para una excursión de seis días. Las autoridades del parque exigen que los grupos vayan acompañados de un guía indígena local. La forma más cómoda de realizar la excursión es con una de las agencias que las organizan desde Santa Elena, la ciudad más próxima.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Un cartel en el pequeño poblado de Parateipui, el punto de salida, informa de cómo debemos actuar para causar el menor daño ambiental posible.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Nuestro objetivo, el monte Roraima, cuya cima se encuentra casi permanentemente oculta por las nubes. Hasta él tenemos 25 kilómetros de sabana, salpicada de algunas islas de selva húmeda tropical.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Avanzamos hacia el campamento caminando en pequeños grupos. Cada persona carga con su ropa, saco de dormir, esterilla y objetos personales. La tienda de campaña y la comida las llevan los porteadores.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Un portador vuelve de dejar la carga en el campamento al que nos dirigimos.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Algunos jóvenes hacen el trabajo en bicicleta.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El tiempo está agitado, y a veces llueve con fuerza. El Kukenán, de 2.650 metros de altura, es el tepuy hermano del Roraima. En su lado derecho se puede apreciar una caída de agua de más de 600 metros de desnivel, la segunda más alta del mundo después del Salto del Ángel.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Dormimos en el campamento Tök, a 1.050 metros de altura sobre el nivel del mar. El tiempo ha mejorado por la mañana.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Pablo, Omar y Eduardo, los guías del grupo, preparan unas arepas fritas para desayunar.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los porteadores cargan con un voluminoso y pesado bulto a su espalda, que puede llegar hasta los 30 kilos. Se trata de comida y varios utensilios necesarios para el viaje.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Dos ríos cortan el recorrido: el Tök y el Kukenán. Para no resbalar, los guías recomiendan que nos quitemos las botas y lo atravesemos con los calcetines puestos.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Tras unas cuatro horas de caminata, llegamos al campamento base, situado a los pies del Roraima, a 1.870 metros de altitud. En esta cabaña los guías pueden cocinar protegidos de la lluvia.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los distintos componentes del grupo van llegando. Ahora toca descansar y prepararnos para el siguiente día, en el que ascenderemos a la montaña.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Desde el campamento base se vislumbra a la izquierda el Tepuy Kukenan, y a la derecha el Roraima. En éste último se aprecia un hilo blanco que discurre desde la cumbre: es una cascada.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Las caídas de agua desde la cima del tepuy son espectaculares. El Roraima es conocido por los pemón como la Madre de Todas las Aguas, porque de su cumbre nacen los ríos Arabopo, Cotíngo, Paikwa y Waruma. Sus aguas alimentan a algunos de los ríos más importantes del norte de Sudamérica, entre los que están el Orinoco y el Amazonas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
A la mañana siguiente abordamos el ascenso. Tenemos que superar 850 metros de desnivel por un camino abierto en la selva.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La naturaleza en este lugar es prodigiosa, y a cada pocos metros paramos para observar algún detalle interesante. En la imagen, un helecho se está abriendo.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La única vía de acceso al tepuy pasa por debajo de una cascada. Es el Paso de Lágrimas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
En menos de tres horas alcanzamos la cima, a 2.700 metros de altura, y encontramos una extensa meseta formada por rocas de extrañas formas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Caminamos durante media hora más y acampamos en uno de los lugares habilitados para ello.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Las tiendas se colocan juntas, protegidas de la lluvia en el hueco producido por la erosión de la roca.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
A la mañana siguiente tenemos un despertar agitado: dentro de la tienda de campaña encontramos un escorpión entre la ropa. Según nos dicen los guías, probablemente lo hemos traído del campamento anterior, porque a esta altura ya no los hay.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El tiempo continúa irregular, con bastante niebla y lluvia. Dedicamos un día a caminar por este increíble paisaje, que parece propio de otro planeta.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Pasear por la cima del Roraima es visitar un parque zoobotánico único. Debido al aislamiento, a la altura y a las particulares condiciones geológicas, gran parte de sus especies de fauna y flora son endémicas. La "oreophrynella", por ejemplo, es una rana muy antigua que ha evolucionado poco en este ambiente. No salta, sino que camina, y es negra porque la melanina le ayuda a resistir la intensa radiación ultravioleta que se recibe a esta altura.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Algunas plantas se han adaptado a este suelo pobre en nutrientes buscando una fuente alimenticia complementaria en la proteína animal, y se han vuelto carnívoras. En el caso de la "heliamphora nutans" ("jarra de los pantanos", en latín) atrapa pequeños insectos.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los pequeños pelos que rodean la copa están dirigidos hacia abajo, donde se encuentra una pequeña cantidad de agua de lluvia en la que la presa se ahoga. La mosca escapa fácilmente de la trampa y puede pasear tranquilamente por la boca de la planta.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La "drosera roraimae" es una pequeña planta carnívora endémica del Roraima cuyo intenso color rojo atrae a los insectos. Para atraparlos cuenta con un líquido pegajoso al final de cada "tentáculo".
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Otras plantas que se han adaptado perfectamente a las cumbres del tepuy son las orquídeas, que pueden habitar en este suelo absorbiendo los nutrientes con la ayuda de unos hongos que viven en sus raíces.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El Roraima posee 30 especies de orquídeas endémicas, propias de este lugar.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La original flora dispersa entre las rocas parece formar hermosos jardines japoneses naturales.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los "jacuzzis", piscinas naturales de agua cristalina, ofrecen otro atractivo.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Seguimos caminando hasta alcanzar el extremo de la meseta.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El tiempo continúa nublado, pero el espectáculo vale la pena.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Pasamos otra noche en la cima, y por la mañana iniciamos el descenso. El tiempo ha mejorado y podemos disfrutar de unas mejores vistas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Miyuki aprovecha para grabar en vídeo el hermoso paisaje de la Gran Sabana desde casi 2 kilómetros de altura.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Pasaremos el día bajando.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Volvemos la vista atrás: las nubes han tomado de nuevo su lugar en las cimas del Roraima y el Kukenán.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Con las últimas lluvias, el río que cruzamos fácilmente hace unos días ha crecido y el agua llega ahora a la cintura.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La excursión no sólo ha servido para conocer y disfrutar de un lugar impresionante. Hemos hecho también buenos amigos de distintas culturas: pemones, franceses, holandeses, alemanes, suizos... e incluso un catalán, Natxo. Gente estupenda.

Organizada por agencia, la excursión tiene un coste de 1.150.000 bolívares (unos 165 euros, en diciembre de 2007). Incluye el transporte desde Santa Elena hasta el lugar de comienzo (unos 100 kilómetros en todoterreno); el guía; los porteadores; el préstamo de tienda, saco y esterilla; los desayunos, las comidas y las cenas para seis días, y el retorno a la ciudad.

Los artículos de la serie "La vuelta al mundo en 3650 días" se publican, normalmente, el tercer miércoles de cada mes.

La travesía de Eneko y Miyuki nos brinda la posibilidad de conocer la diversidad cultural y las bellezas de nuestro planeta en esta serie de artículos y a través de su página web acercandoelmundo.com.

Su proyecto también tiene carácter humanitario. Colaboran con la ONU y UNICEF en la difusión de la Campaña del Milenio, en la cual también os invitamos a participar.

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