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Las postales perdidas del tío Matt

Mongolia: la naturaleza salvaje aún existe

 
15
JUL 2009

Mongolia. Tierra de águilas y caballos. Praderas, desiertos, montañas, glaciares. Cruzarla requeriría olvidar todas las comodidades y volver a lo más básico. ¿Conseguiría mi cuerpo labrado cómodamente en sillas y oficinas soportarlo?

¿Qué sabía yo de Mongolia? ¿Qué sabía de ese país lejano y tan desconocido? Pues muy poco. O apenas nada. Mi primera intención u ocurrencia de ir a parar a esas tierras la tuve hace un año, cuando un viajero se cruzó en mi camino y me dijo que haría una ruta por Mongolia que incluía una travesía de diez días a caballo. ¡Qué salvaje! ¡Qué sabor de aventura! Inevitablemente, quedé atrapado por esa locura.

Uno, curtido en un asiento en la oficina, no tiene cuerpo para aguantar diez días a caballo, pero seguro que algo tendría Mongolia para mí. Y realmente, en cuanto empecé a valorar las opciones, todo sonaba demasiado apetitoso.

Foto: Ignacio Izquierdo
El parque nacional de Gorkhi-Terelj.

Tras mi paso por Rusia, la idea parar brevemente en Mongolia iba creciendo por momentos en mi mente. No sólo caballos, sino también camellos, ríos, montañas, parques naturales, glaciares, dunas de arena, el desierto...

Foto: Ignacio Izquierdo
Las suaves dunas de arena del Gobi.

Necesitaba un par de meses. No los tenía. Necesitaba un grupo de gente para abaratar costes. Tampoco lo tenía. Tras un par de días infructuosos, empecé a darme cuenta de que quizás se quedaba todo en una mera parada en la poco familiar Ulan Bator.

Foto: Ignacio Izquierdo
Monjes en Gandan-Khiid, el centro religioso de Ulan Bator y por extensión de Mongolia.
Foto: Ignacio Izquierdo
Dar de comer a las palomas en los templos, "hobby" nacional.

Primera fase para asumir la derrota. El autoconvencimiento. Si yo no iba a pasar por Mongolia. Si tampoco hay nada que ver ahí. Desiertos: buf, qué rollo. Si no habrá nada. Ríos: ya he visto muchos. Camellos: si ya he estado en el zoo. Nada. Abortamos. Nos vamos para Pekín.

Foto: Ignacio Izquierdo
Manada de camellos, de paseo en un día soleado.

Pero hete aquí que alguien puso una velita a la Virgen y empezó a unir viajeros para la causa. Uno conoce a no-sé-quién que lo mismo se apunta. A otro te lo encuentras a altas horas de la madrugada y no dice ni que sí ni que no, ni todo lo contrario. Otro pasaba por allí. Fortuitas coincidencias que nos juntaron para organizar una expedición de una semana por el desierto del Gobi.

Foto: Ignacio Izquierdo
Jugando con cometas múltiples chinas, regalo de uno de los miembros del grupo.

Comenzaban los preparativos, comenzaba el acopio de víveres. ¡Más cervezas! ¡No nos olvidemos del papel higiénico! Pasta para una boda, arroz, fruta (¿aguantaría?) y verduras, que somos gente sana. Agua. Agua. Más agua. Galletas, latas en conserva, pan. Y chocolate, que si se derrite, tendremos Nocilla. Sin una población donde poder comprar nada probablemente en siete días, llenábamos la furgoneta hasta los topes. A por todas.

Foto: Ignacio Izquierdo
Anochece en el desierto del Gobi.

La salvaje Mongolia se descubrió como mucho más espectacular de lo que esperaba. Lo bueno es que hay para todos los gustos, aunque ninguno compatible con el lujo. Los tours se organizan por puntos de interés, pero no hay hoteles en esos lugares. Lo más confortable a lo que se puede aspirar es una "yurka" adyacente a una familia nómada y pasar de vez en cuando por alguna ciudad para volver a rellenar la despensa de la furgoneta.

Foto: Ignacio Izquierdo
"Yurka" por fuera: apurando las últimas luces del día.
Foto: Ignacio Izquierdo
"Yurka" por dentro: al rico calorcito de la leña.

¿Cómo de nómadas son los nómadas? Pues mucho, la verdad. No es que se muevan cada día, pero sí que van desplazándose según la época del año. No era raro que nuestro mítico conductor y guía mongol acabara preguntando a alguna familia de nómadas si sabía si los Benítez o los Gutiérrez se habían mudado o si estaban 10 kilómetros más para aquí o para allá.

Foto: Ignacio Izquierdo
Parte de una familia nómada en medio del desierto.

¿Se puede vivir sin agua corriente? ¿Sin electricidad? ¿Sin baño? ¿Sin Internet? ¡Nooo! Sin Internet no se puede; las cosas como son. Pero sí es posible aguantar unos días hasta encontrar un poblado donde haya un único ordenador que funciona durante unas horas para algún que otro turista con síndrome de abstinencia.

Foto: Ignacio Izquierdo
Se avecina una tormenta en el desierto.

Por lo demás, se puede vivir perfectamente. Es sólo cuestión de acostumbrarse. El agua se encuentra en pozos, y la electricidad se sustituye por velas. Vale, no pueden jugar a la PlayStation, pero, ¿quién la quiere cuando tienes el campo de juegos más grande del mundo? ¡Y casi para ti sólo!

Foto: Ignacio Izquierdo
¡Gerónimo!

Realmente, no es necesario casi nada. Es la compañía lo que se agradece y se potencia en estos momentos, cuando sólo te tienes a ti mismo. Sin máscaras, sin nada en lo que esconderse. El desierto saca curiosamente lo mejor de uno, la parte más animal y menos civilizada, pero también la más divertida. La más auténtica.

Foto: Ignacio Izquierdo
¿Hay alguien por ahí?
Foto: Ignacio Izquierdo
Huellas en la inmensidad del desierto.

Y además, aguza el ingenio. O a ver si no cómo íbamos a hacer para tener las cervezas frías cada día. ¿Eh? ¿Alguna idea? Alguna hubo que tomarla calentorra, lo confieso, pero la mayoría estaban fresquitas, fresquitas.

Foto: Ignacio Izquierdo
Las montañas rocosas, una pedriza muy mongola.

Con respecto a la comida, no esperábamos manjares, y ningún manjar obtuvimos. La dieta mongola es muy básica, con mucha carne de cabra y mucha pasta. Poca variedad. No es que el desierto dé para mucho más.

Foto: Ignacio Izquierdo
Caminante, no hay camino: se hace con el todoterreno al viajar.

Y duchas... pues una vez oímos que existía una. Lo más curioso es que, hasta que no volvimos a la civilización, no nos dimos cuenta de que apestábamos. Será que una mofeta nunca huele a sus congéneres.

Foto: Ignacio Izquierdo
Añada un castillo en la cima con princesa en apuros, y ya tiene su paisaje de cuento.

Apenas estuve dos semanas en Mongolia. Pasé por el desierto del Gobi y por el parque nacional de Gorkhi-Terelj, a algo más de una hora de Ulan Bator, y me quedé con la sensación de que podría haber hecho más y más viajes por allí sin cansarme y aburrirme. Me faltaron las montañas, los lagos y los ríos del norte, las gentes del lejano oeste... Todo un país por descubrir.

Foto: Ignacio Izquierdo
Mongoles con la indumentaria tradicional en Ulan Bator.

Me queda la preocupación de que en un futuro Mongolia despunte como destino turístico y sus inmensas planicies se vean interrumpidas por hoteles de lujo, carreteras asfaltadas, algún que otro McDonald's y alguna tienda de Zara. Cuando sea como lo que ya conocemos, dejará de tener sentido.

Foto: Ignacio Izquierdo
Al galope por las praderas mongolas.

Pero, hasta entonces, esta tierra es aventura. Cogía el tren hacía Pekín con cierta pena por dejarla atrás. ¿Dónde volvería a tener la oportunidad de hacer algo así, tan puro, tan poco edulcorado?

Si vuelvo, que lo haré, será para cruzarla a caballo.

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

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