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OpiniónEnfoque diferencial

Marcas de agua

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24
NOV 2014

Una frase que marcó como fotógrafo fue la que me dijo un profesor en mi etapa de estudiante: cuando enseñes una fotografía nunca debe haber nada que llame más la atención que la propia imagen. El consejo venía a colación de unas horribles pegatinas de color naranja que utilicé para nombrar las copias de mi porfolio, pero su trasfondo se puede extrapolar a múltiples parámetros: desde la propia presentación de la foto hasta el álbum o papel que la contiene, pasando por supuesto por la firma.

¡Ay, la firma! He aquí uno de los grandes dilemas para muchos fotógrafos. En los tiempos en los que la fotografía se veía en galerías y como mucho en los álbumes caseros no había ningún temor a que le robaran a uno las fotos, o al menos no como ahora. En mi archivo de recuerdos aún conservo algunas imágenes firmadas que incluyen en la esquina una horripilante marca en relieve, pero eran la excepción: antaño casi nada se firmaba por delante porque no había razón para hacerlo.

Hoy, cuando un fotógrafo se enfrenta al oscuro mar de Internet, siempre hay una duda que le asalta antes de darle al botón de publicar: ¿debo firmar la foto? ¿le pongo marca de agua? Condicionado por aquella frase de la que hablaba al principio, yo soy reacio a firmar nada, pero a veces me sobrepongo a mis propios demonios y rubrico mis fotos. Incluso les pongo la dichosa marca de agua. No se trata de ego (al menos no siempre), sino de protegerse de cara a un posible (hoy día muy posible) uso indebido de la imagen por parte de terceros.

Cuando un fotógrafo se enfrenta al oscuro mar de Internet, siempre hay una duda que le asalta antes de darle al botón de publicar: ¿le pongo marca de agua a la foto?

El problema es que, como aquella pegatina naranja, la firma tiene un doble filo porque distrae a la hora de visualizar la foto. Y para colmo normalmente puede ser eliminada sin demasiada dificultad. Sea como fuere, el fotógrafo pierde: o bien la gente no disfruta la foto en todo su esplendor si usamos una marca de agua enorme, o bien nos arriesgamos a que un especialmente hábil uso del tampón de clonar nos prive de la gloria digital.

Esto no es algo que preocupe al fotógrafo consagrado. Más bien al contrario. Aunque seguro que hay algún descerebrado que hace un copiar-pegar de una imagen de Chema Madoz sin pararse a pensar lo fácil que es identificar su estilo, resulta mucho más fácil apropiarse de la foto de un autor desconocido a sabiendas de que éste no se va a enterar, y de hacerlo, de que el trámite legal le va a hundir. De ahí que sea muy comprensible ponerse la venda -léase la firma- antes que la herida, aunque ello sea contraproducente para el trabajo de uno.

Pero en general esa venda puede ser excesiva. Hay muy pocas posibilidades de que nos roben una fotografía del montón, y aunque firmarlo todo es como no salir a la calle sin escafandra -no sea que un día de estos caiga el diluvio universal-, las cosas a veces pasan.

Y pasa que a veces una foto no solo nos la roban en el blog del influencer de turno y dejamos de facturar por ello unos euros. A veces pasa que la foto tiene algo especial y se propaga por las redes sociales, y al final acaba convirtiéndose en tendencia y del pastel todo el mundo pilla menos el legítimo autor. Y el autor se las ve y se las desea para ir pidiendo explicaciones (y lo que se tercie) uno por uno por usar una foto que no es suya.

Una vez más el fotógrafo pierde. Si queremos que se nos reconozca la autoría de una foto, tenemos que ensuciar la obra; si queremos mantenerla inmaculada, nos arriesgamos a que cualquiera la utilice como propia. Nadie dijo que esto fuera fácil, pero es muy frustrante ver que cada vez que uno se sienta a reflexionar sobre lo nuestro encuentra que todo son problemas, quejas y empujones hacia lo que nos gusta.

El fotógrafo es el último mono, y cada día la realidad no hace más que confirmarlo. A estas alturas, ¿a quién le extraña de que en Facebook, por ejemplo, uno puede etiquetar mil cosas en una foto menos a su autor?

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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