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OpiniónContando píxeles

Manipuladores natos

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JUN 2015

La corrupción no es algo genético ni –aunque lo parezca- parte de las condiciones del carné de ciertos partidos políticos o cargos de responsabilidad. Dicen los expertos en la materia que en la base del arte de mangar pasta pública, creer en el pelotazo como única ideología posible y hacer del chanchullo una forma de vida está la sensación de impunidad.

Si estamos rodeados de recalificaciones, bolsos de Prada y cuentas en Andorra es porque sus responsables se saben –se sabían, esperemos- ajenos a esa cosa tan de pobres como la justicia o la cárcel. Así que basta añadir un poco de “todos son iguales” para crear el perfecto país de mierda en el que los listos trincan y los que no lo hacen es porque son tontos o porque todavía no han tenido oportunidad de meter mano al asunto.

¿De verdad vas a jugarte la credibilidad por hacer un poco más perfecta esa foto (Photoshop mediante) después de jugarte la vida por hacerla?

Impunidad. Todo el mundo lo hace. No critiques mucho por si te llega la oportunidad de tener tu pellizquito. Un peligroso cóctel que en realidad también se aplica a muchas otras cosas y que tal vez nos pueda servir para explicar algunos comportamientos que, por más que se repitan, se nos escapan.

Sin ir más lejos, cada vez que salta a los titulares un caso de manipulación fotográfica en fotografía documental o fotoperiodismo muchos nos hacemos la misma pregunta: ¿en qué demonios estaba pensando el fotógrafo o editor de turno? ¿Qué se te pasa por la cabeza o qué tipo de medicación caducada has tenido que consumir para seleccionar el tampón de clonar y decidir que no hay suficiente humo en una foto de guerra o eliminar a esa persona de fondo que estropea la composición perfecta y limpia que soñabas para su instantánea?

Tras más de una década siguiendo este tipo de casos, sigo sin ser capaz de entender el razonamiento de estos manipuladores natos. La culpa es de Photoshop, que cada vez pone las cosas más fáciles, criticará alguno con ganas de echar balones fuera. Sin ir más lejos, hace unos días los chicos de Adobe estrenaban una nueva herramienta capaz de limpiar la niebla de las tomas de forma bastante eficaz y sorprendente.

Pero, ¿quitar la niebla cuenta como manipulación? Habría que preguntarle a Jean-François Leroy, presidente de Visa pour l’Image y azote de todo aquel que no sea capaz de oler una foto retocada a 10 kilómetros de distancia. Un discurso que está muy bien hasta que a ti también te la cuelan y se descubre que en la exposición estrella de la última edición de este festival anual de Perpiñán algunas de las imágenes se habían tomado un par de chupitos de Photoshop –y bien cargados- antes de ser colgadas en la pared.

También es verdad que ahora todos somos muy listos y nos escandalizamos con esas fotos de la guerra de Vietnam burdamente alteradas por vaya usted a saber quién. Ahora es fácil, pero yo mismo las tuve a un palmo de distancia y no vi nada raro. Tampoco nuestro compañero Ivan Sánchez, que incluso entrevistó al autor de la foto que desató la controversia. Es más, todos volvimos de Perpiñán encantados por esa curiosa retrospectiva de fotógrafos norvietnamitas que contaban la guerra desde su bando.

¿Qué falla en nuestros detectores de retoque para no verlo hasta que alguien los pesca? Posiblemente que vamos confiados porque no esperamos que unas fotos como esas y en una exposición de ese nivel podamos encontrarnos con este tipo de problemas. Lo mismo que nos hace estar alerta en cada concurso o cuando un amigo nos enseña una foto demasiado perfecta, hay otras situaciones en las que bajamos la guardia.

Así que puede que también aquí sea esa sensación de impunidad lo que lleva a algunos a actuar con tan poco sentido común. La creencia –cada vez más absurda- de que nadie lo va a notar o de que, en cualquier caso, tampoco tiene tanta importancia. ¿De verdad os vais a poner tontos por esos detalles cuando estaba yo allí jugándome el tipo para sacar esa foto?, seguro que se pregunta más de un fotógrafo pillado en fuera de juego.

La idea es precisamente dar la vuelta a esa idea. No es ya que la lógica y las normas más elementales del fotoperiodismo dejen más o menos claro lo que se puede y no se puede hacer, sino que es cuestión de rehacer la pregunta: ¿de verdad vas a jugarte la credibilidad por hacer un poco más perfecta esa foto después de jugarte la vida por hacerla?

Posiblemente sea solo cuestión de tiempo y lo único que haga falta es una generación de fotógrafos –y editores y directores de medios- que entiendan de una vez por todas que si manipulan una foto posiblemente les acabarán pillando. Si no es por las buenas, que sea por las malas.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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