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Diario de un fotógrafo nómada

"Festival sur le Niger": África canta

 
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MAR 2008

Acaba de celebrarse la IV edición del "Festival sur le Níger", un evento que tiene lugar en Ségou, Malí. Su objetivo: salvaguardar la riqueza cultural de este país, uno de los más pobres del planeta, y contribuir al desarrollo sostenible de esta zona de África Occidental.

Malí es un país el doble de grande que España, pero con muy poca densidad de población. En él viven tan sólo 12 millones de habitantes, debido a su clima extremadamente duro.

Todo el norte y el centro del país están ocupados por el territorio desértico del Sahara y las sabanas semidesérticas del Sahel, llanuras áridas e interminables sólo interrumpidas por las montañas Mandinga y los acantilados de Bandiágara, del País Dogón.

Foto: Nómada
Vista de la sabana semidesértica desde el acantilado dogón.

El gran protagonista del país es el río Níger, que atraviesa pausada y majestuosamente todo el país de Oeste a Este, llevando agua para los cultivos y abundante pesca para las tribus que habitan en sus orillas.

Foto: Nómada
Pescadores lanzan sus redes sobre el Níger.

Malí es también conocido por ser uno de los países más calurosos de la tierra, y aunque no llega a los extremos de Yibuti, la auténtica "sartén" de África, las altas temperaturas se hacen insoportables a partir de este mes de marzo.

Diciembre, enero y febrero son meses de temperaturas muy suaves, de entre 20 y 25 grados centígrados, lo que hace que estas fechas sean muy apropiadas para todo tipo de actividades.

Foto: Nómada
Imagen cotidiana de Ségou.

Precisamente a principios de febrero, desde hace cuatro años, se celebra el "Festival sur le Niger" en la comunidad de Ségou, situada entre la capital, Bamako, y Tombuctú, la legendaria ciudad de los tuaregs.

El "Festival sur le Niger" tiene como principal objetivo la búsqueda de soluciones para la mejora de las condiciones de vida de los habitantes de esta zona del África Occidental.

Foto: Nómada
Muchos de los pozos de Malí los han construido las ONG de la zona.

El bienestar, la salud, la educación, la alimentación o el medio ambiente son las metas a conseguir, y el camino para llegar a ellas es el desarrollo del saber local y el estímulo de las habilidades que estas comunidades rurales han heredado de generación en generación.

Foto: Nómada
La educación, un derecho difícil de lograr en muchas partes del planeta.

Para el viajero que se acerca al festival de Ségou las actividades que puede contemplar se reparten en cinco áreas de interés: los talleres de artesanía, las exposiciones de pintura y escultura, las manifestaciones culturales tradicionales de la región (danzas, marionetas, rituales de máscaras...), los conciertos y el foro de discusión sobre temas de desarrollo sostenible.

Foto: Nómada
Una puerta tradicional del arte dogón en Malí.

El recinto del festival se sitúa a orillas del Níger y está distribuido en diferentes zonas, cada una de ellas destinada a una actividad.

Así, una gran choza cubierta por una techumbre de paja sirve para asistir a la exhibición de máscaras y marionetas bozo y bamanan, dos de las tribus más antiguas de la región.

Foto: Nómada
Máscaras que representan historias que el pueblo comprende.

Los bozo pertenecen a una etnia que sólo se encuentra junto a los ríos del país, el Níger, el Bani y el Senegal, pues se dedican a las actividades fluviales de transporte y pesca. Según la leyenda local, los bozo son los descendientes de Faaro, el espíritu del agua.

Foto: Nómada
Los bozo se dedican a cualquier actividad que tenga que ver con el río.

Los bamanan, más conocidos por el nombre francés de "bambara", son de origen mandinga y constituyen la etnia mayoritaria de Malí. También se les puede encontrar en las vecinas Guinea, Burkina Faso y Costa de Marfil.

Foto: Nómada
Las marionetas son vistas con mucho respeto; se cree que tienen poderes mágicos.

Las danzas de máscaras y las grandes marionetas encarnan personas y animales que representan rituales, viejas historias y ceremonias, como el fin del invierno y la recolección, la circuncisión, etc.

Estas funciones siempre van acompañadas de ritmos de tambor y cantos, como no podía ser de otra forma en este continente africano.

Foto: Nómada
El tambor acompaña a todas las funciones.

Caminando por el recinto veo a una extraña tribu bailando "a su aire": son los donsow, cazadores cuya característica más llamativa es que unos son maestros (los mayores) y otros, discípulos (los más jóvenes).

Foto: Nómada
Hombre de la tribu donsow.

Cada maestro tiene un discípulo al que instruye bajo las creencias animistas que practican: enseñanzas esotéricas que versan sobre el poder curativo de las plantas, el comportamiento de los animales y el aprendizaje de ciertos encantamientos mágicos.

Cuando un alumno pasa la evaluación de su maestro se organiza una celebración en la que el joven es reconocido como nuevo miembro de la casta de los maestros.

Foto: Nómada
El Sora es la persona más importante de la tribu.

En las danzas de los cazadores donsow hay un personaje muy importante, el Sora, que representa la memoria de la tribu. Él es el depositario de las recetas mágicas y conoce las biografías de los grandes maestros que ha habido en la historia de la tribu.

En las ocasiones especiales en que el grupo se reúne, el Sora cuenta las viejas historias de la tribu ante el silencio de los mayores y la mirada hechizada de los más jóvenes.

Foto: Nómada
Los donsow son observados y fotografiados con curiosidad por los propios malíes.

Sigo adentrándome por los diferentes rincones de este colorido popurrí de tribus y grupos étnicos. El sonido rítmico de unas palmas me lleva hasta un recodo donde un grupo de tuaregs venidos desde Tombuctú toman parte en el festival.

Foto: Nómada
Un tuareg contempla algo que le llama la atención. Son muy observadores.

Los tuaregs o kel tamassheg son una etnia nómada del Sahara que en sus desplazamientos recorren las inhóspitas arenas de Libia, Argelia, norte de Malí, Mauritania, Burkina Faso, Sudán o Níger y Chad.

Para ellos no existen las fronteras. Lógico: cuando plantan sus jaimas en la noche del Sahara, ¿qué más da si ese trozo de arena está en las dunas libias o en el infierno abrasador del Chad?

Foto: Nómada
Una muchacha tuareg toca las palmas para que bailen los hombres. Sus manos están teñidas de índigo.

A los tuaregs se los ha llamado "los príncipes del desierto", por su porte altivo y gesto orgulloso, y "los hombres azules", por el sudor que decolora sus turbantes y les tiñe de índigo la piel.

Los tuaregs son una etnia legendaria, protagonista de muchas historias novelescas. Aguerridos, hospitalarios y valerosos, son conocidos por sus curiosas costumbres y su reputación de guerreros temerarios.

Foto: Nómada
Los tuaregs, hombres valientes y altivos.

Estos tuaregs que están aquí, en Ségou, están bailando la Tindé, una antiquísima danza tradicional que se baila en acontecimientos especiales, como una boda o el nacimiento de alguna criatura.

La música es ejecutada generalmente por las mujeres. Sentadas en el suelo, cantan y dan palmadas, mientras los hombres realizan saltos espectaculares y movimientos de seducción frente a ellas.

Foto: Nómada
Un hombre baila y salta para seducir a alguna de las mujeres.

Otro de los focos de interés del "Festival sur le Niger" son los talleres de artesanía, donde puede verse la rica y variada producción de manufacturas tradicionales de estos pueblos.

De entre ellas cabe destacar la cerámica y la renombrada labor de bogolán, una técnica de teñido natural del algodón realizada a base de arcillas. Los tintes son generalmente de tonos ocres.

Foto: Nómada
Tapices y alfombras teñidos con la técnica del bogolán.

Pero en el festival también se aprovecha la ocasión para llevar a cabo campañas de prevención del SIDA, un virus que se ha cebado en África. Cualquier oportunidad es buena para informar y ayudar a que estos pueblos adquieran hábitos sanos y seguros.

Foto: Nómada
Un hombre reparte preservativos gratuitos y trata de explicar los riesgos de la enfermedad.

Otra atracción del festival son las regatas de piraguas, una competición que se celebra desde hace siglos en esta población de Ségou.

En esta carrera se dan cita los pescadores que habitan en las cinco comunidades situadas en las riberas del Níger a su paso por la región. Se trata de dirimir cuál es la tripulación más rápida.

Foto: Nómada
Una tripulación espera el comienzo de la regata.

Tanto las embarcaciones como los remos son muy rústicos, e incluso las reglas son prácticamente inexistentes. Se trata de salir -literalmente- más o menos a la vez, remar lo más rápido posible y llegar el primero.

Foto: Nómada
Las embarcaciones se disputan el honor de ser la más rápida.

La piragua ganadora será agasajada en su aldea y sus habitantes se pavonearán ante los pueblos vecinos de tener los hombres más fuertes de ese año.

Foto: Nómada
La vendedora de bananas procura sacar unas monedas entre los espectadores.

Pero la protagonista indiscutible del "Festival sur le Níger" es, sin duda alguna, la música. El plato fuerte lo constituyen los macroconciertos, que se celebran durante las tres noches que dura este evento.

Foto: Nómada
La noche es para los conciertos de las grandes estrellas de la música malí.

Un gran escenario levantado cerca de la orilla, sobre las mismas aguas del Níger, acoge a los músicos y grupos más destacados del panorama musical malí.

Participan en el festival artistas consagrados como Salif Keita, el músico más representativo del continente africano, que ha actuado por todo el mundo, desde Nueva York hasta París, llevando su singular simbiosis entre melodías tradicionales y sonidos actuales.

Foto: Nómada
Salif Keita, el cantante africano más reconocido a nivel mundial.

Keita, un hombre en la cumbre tras haber superado una vida trágica: por su condición de albino fue rechazado por su padre y apartado de su linaje por la aristocracia (su familia desciende del emperador Sundiata Keita).

Foto: Nómada
Keita, una biografía estremecedora y un afán de superación poco común.

Con su poderosa voz y arropado por un elenco de músicos de primerísimo nivel, va desgranando las canciones de su último trabajo, "M'Bemba" ("ancestro", en castellano), un exquisito álbum dedicado precisamente a la memoria de sus antepasados.

Foto: Nómada
Salif Keita arrastra a masas en todo el mundo.

En esta edición también han actuado otros músicos de talla internacional, como Cheick Tidiane Seck, un enorme cantautor y teclista cuyas composiciones tienen una clara influencia jazz-funk. Todo un descubrimiento.

Foto: Nómada
Cheick Tidiane Seck crea con su teclado sonidos de gran profundidad.

También hicieron acto de presencia en el escenario otros tótems de la música malí y africana. Artistas como Abdoulaye Diabate, sencillamente espectacular, o Bassekou Kouyate, un virtuoso del n'goni, un pequeño instrumento mitad guitarra y mitad laúd.

Foto: Nómada
Abdoulaye Diabate es un espectáculo encima del escenario.

Bassekou Kouyate presentaba su disco "Ségou Blue", recientemente galardonado por la BBC y France-2 con el premio al mejor disco africano. En él deja patente su música de fusión entre lo tradicional y el blues a través de temas que viajan desde sus raíces malíes hasta la música afroamericana.

Foto: Nómada
Bassekou Kouyate, un genio tocando blues con su n'goni.

Pero hay más: nombres como Alí Farka Touré, el "patriarca" de la música en este país; Rokia Traoré, la voz femenina más sedosa y versátil de África, o la gran diva Nahawa Doumbia hacen reflexionar sobre cuál es el secreto para que este país tan pobre tenga una cantera inagotable de músicos de tan altísimo nivel.

Foto: Nómada
Los conciertos nocturnos duran hasta seis horas.

De día, en los diferentes escenarios diseminados por el recinto, grupos de música venidos desde todos los rincones de Malí ofrecen su repertorio a todo el que les quiera oír.

Foto: Nómada
Un grupo local ofrece su concierto en uno de los pequeños escenarios diurnos.

Estos grupos son totalmente desconocidos para nosotros, los extranjeros. Sin embargo, muestran un excelente nivel musical.

Se ven algunas guitarras eléctricas, pero la mayoría utiliza instrumentos autóctonos y percusión, sobre todo percusión, porque África no se puede entender sin tambores.

Foto: Nómada
El símbolo de África es la percusión en cualquiera de sus formas.

Y hablando de estos instrumentos, no puedo pasar por alto un grupo que me impresionó: "Tambores sin Fronteras", una formación procedente del Congo que toca con sus senga-n'goma cilíndricos, fabricados con madera de árbol sagrado, los ritmos que desde niños han oído en sus tribus.

Foto: Nómada
La formación "Tambores sin Fronteras".

Ataviados con trajes tradicionales, tocan sus instrumentos con auténtica pasión, provocando un frenesí rítmico que contagia al público. Escuchándoles es imposible permanecer quieto; los brazos, las piernas, la cadera y la cabeza toman vida propia al compás de sus tambores.

Foto: Nómada
Una joven tuareg, curiosamente sin velo, asiste divertida a uno de los conciertos.

Un concierto en África es un espectáculo inenarrable en el que se produce la comunión entre los músicos y el público. El desarrollo siempre es el mismo: una orgía donde todo el mundo baila y canta. Y es que para un africano el ritmo es la vida.

Foto: Nómada
El espectáculo también está en las gradas.

África canta, algo que a nosotros se nos olvidó. Y baila, baila con toda su alma. Baila como si fuera la última vez que pudiera hacerlo. Cuerpos de caoba brillan bajo el sol o la luna, en una danza colectiva en la que parece que todo el mundo alcanza el éxtasis.

Suenan las músicas y redoblan los tambores, y África baila como si supiera que esos ritmos acabarán desapareciendo devorados por las modas del mundo moderno.

Danzad, malditos, danzad.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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