• Tailandia: ¿el paraíso?
  • (Postal) Singapur: ¿el punto más rico de Asia?
Las postales perdidas del tío Matt

Malasia: el poder de la mezcla

 
17
FEB 2010

Desapercibida durante mucho tiempo y considerada por muchos un país menor emparedado entre Tailandia e Indonesia, Malasia, donde hace unos siglos se asentaban los puertos comerciales más importantes de Oriente, fue perdiendo relevancia internacional hasta que en 1998 la construcción de las Torres Petronas la recolocó en el punto de mira del mundo. Comenzaba una nueva era para un país ansioso de demostrar su valía.

Malasia transmite una imagen tranquila y humilde que poco tiene que ver con la del crecimiento (léase petróleo, gas, bancos, servicios de comunicaciones) asociado a sus Torres Petronas. Ni siquiera en Kuala Lumpur, su capital, se respira el aire estresante y en demasiadas ocasiones agobiante del resto de capitales del sudeste asiático.

Las Torres Petronas, gobernando casi todas las vistas de Kuala Lumpur. | Foto: Ignacio Izquierdo

Las calles aquí disfrutan de un fantástico mestizaje, dividido casi a partes iguales entre hindúes, chinos y los propios malasios. Inseparables compañeros que, a pesar de los problemas que entre ellos históricamente ha habido, han aprendido a convivir juntos. Malasia sólo se entiende ahora como la suma de los tres.

Si hay algo bullicioso en Kuala Lumpur, esto es el barrio chino al llegar la tarde. Puestos de comida y mercadillos se pelean por aprovechar cada metro cuadrado. | Foto: Ignacio Izquierdo

Es un país reciente, formado en 1963 al son del clamor popular que exigía su independencia de los ingleses. Pero salvo los hijos de la Gran Bretaña, quienes poblaban esas tierras llevaban allí juntos, en ese país sin nombre, desde hacía ya unos cuantos siglos. Malasia era uno de los puntos intermedios entre las grandes potencias comerciales que eran la China, la India y los países árabes, y se convirtió de manera involuntaria en tierra de mestizaje.

Turistas en el interior de un templo hindú en Penang. | Foto: Ignacio Izquierdo

El viajero se encuentra aquí con lo mejor de los tres mundos, regado con las gotas de la más pura y honesta hospitalidad del sudeste asiático. "Welcome to Malaysia, sir" es, junto con una amplia sonrisa, uno de los momentos más repetidos del día, un saludo cordial que niños, ancianos, viandantes y personal desde el vehículo dedican al extranjero.

Masjid Jamek, una de las infinitas mezquitas de Kuala Lumpur. | Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
Dando una vuelta por los rincones coloniales de Penang.

Alguno incluso se atreve sin demasiada vergüenza a acercarse para saciar sus curiosas dudas sobre la procedencia del forastero, interesarse por su plan de viajes y darle algún que otro consejo de lo que no debería perderse antes de seguir tranquilamente su camino, sabedor de que lo deja más informado de cómo lo encontró. Son encantadores.

Ni vende rosas ni hay ningún funeral cerca. Si pasas por Malaka, podrás disfrutar de un agradable paseo en estos peculiares y extradecorados "rickshaws". Siempre que aguantes la música techno a todo trapo, claro. | Foto: Ignacio Izquierdo

Carecen (salvando a los taxistas, "tuk-tukeros", furgoneteros y similares) de la mala picaresca que tantos quebraderos de cabeza da en el resto de países de esta zona del continente. O al menos de momento y según mi experiencia. Les recuerdo como gente honrada, dispuestos a ayudar. El locuaz y complicado arte del regateo quedaba atrás.

El centro de Kuala Lumpur, visto desde la distancia y enmarcado en los tejados de un templo chino. | Foto: Ignacio Izquierdo

Y mientras tanto, uno se pierde por ciudades cargadas de historias que resuenan en templos hindúes, en los barrios chinos, en las mezquitas malasias... y en las elegantes casas coloniales que, aunque ya no sirvan a los europeos que llegaron a Malasia en busca de fructíferos comercios con Oriente, son ahora parte del atractivo del país.

¿Es real? Hay que frotarse los ojos para creerlo. Las inmaculadas aguas turquesas del Mar de Célebes llaman a darse un chapuzón... ¡con tortugas y tiburones para los más atrevidos! | Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
El Sol se despierta desde la cumbre del monte Kinabalu.

Primero llegaron los portugueses dispuestos a quitarse intermediarios en el comercio de las especias. Y tuvieron éxito. Después llegaron los holandeses, para quienes los portugueses representaban una amenaza para su monopolio comercial. Y también tuvieron éxito. Hasta que llegaron los ingleses y acabaron dividiéndose el pastel. Inglaterra se hacía con lo que hoy en día es Malasia, mientras que los holandeses se encargaban de administrar lo que hoy se llama Indonesia.

Pasarelas de madera que cruzan a 20 metros de altura sobre la selva de Taman Negara, toda una experiencia. | Foto: Ignacio Izquierdo

Lo cierto es que, de la mano de los ingleses, el comercio prosperó, haciendo de lugares como Penang uno de los puertos más importantes del mundo. Pero la historia nos dice que los números no traen la felicidad. Una colonia, se vea como se vea, es fruto de una invasión. Y los invadidos van sumando y sumando molestias hasta que estallan, y en este proceso de acumulación de frustración aparece curiosamente una identidad nacional. No hay nada que una más que los enemigos.

Un trabajador recoge té en las inmensas plantaciones de las Cameron Highlands. | Foto: Ignacio Izquierdo

Con la marcha de los ingleses y la nuevas responsabilidades el país tardó un tiempo en ajustar el delicado equilibrio de poder entre chinos, malasios e hindúes, transición que no fue nada fácil y que trajo bastantes problemas. Estamos ante uno de los eternos dilemas. ¿Quién pertenece más a un país? ¿Quien lleva toda la vida donde antes lo hicieron sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos, sus tatarabuelos y así durante siglos, o quien lleva toda la vida donde antes sólo lo hicieron sus padres y sus abuelos?

Las Torres Petronas iluminadas de noche y en todo su esplendor. Todo un estandarte de la nueva y ambiciosa Malasia. | Foto: Ignacio Izquierdo

La respuesta no debe ser fácil, porque sigue creando quebraderos de cabeza no sólo aquí, sino en muchas otras regiones del planeta, pero así se vive en Malasia, un país que además está dividido geográficamente en dos partes: una peninsular y otra en la que Borneo es compartida con los indonesios y el sultanato de Brunéi.

Si te apetece ver la vida marina pero lo tuyo no es remojarte, el KLCC Aquaria de Kuala Lumpur es una buena solución. | Foto: Ignacio Izquierdo

Por allí puede uno perderse (con el permiso de alimañas, sanguijuelas y una enorme retahíla de bichos venenosos) entre los bosques de Taman Negara, la selva más vieja del mundo (ostenta un orgulloso récord de 130 años de vida) o las bellas plantaciones de té, frutas y especias de las Cameron Highlands. Se pueden escalar los 4.095 metros del monte Kinabalu, la montaña más alta del sudeste asiático, o bucear entre los maravillosos corales del mar de Célebes.

Foto: Ignacio Izquierdo

Y entre tantos regalos de la naturaleza, uno se acaba preguntando cuánto pesa el amor a este extraño, curioso y variopinto país para que tantos se hayan resistido a abandonarlo. No todos se habrán quedado por dinero, ¿no?

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar