• "Muchos piensan que se trata de fotos científicas, pero es arte"
  • "Esperemos no tener nunca motivos para dejar de ser buenos chicos"
Entrevista
LEOPOLDO POMéS, FOTóGRAFO Y PUBLICISTA

"Fotografiar no es más que mirar y encontrar"

 
13
FEB 2013

Su nombre está ligado al universo de la publicidad por campañas tan memorables como las de las burbujas de Freixenet. Pero detrás del publicista hay un fotógrafo, Leopoldo Pomés, que desde su juventud dejó huella. A finales de los años cincuenta aportó un documento sobre Barcelona que, con el tiempo, quedaría a caballo entre las visiones que Català-Roca y Miserachs dieron de la capital catalana, con un punto de vista espontáneo, más cercano a la gente que a la propia ciudad. Aquel proyecto de fotolibro que hace más de medio siglo cayó en el ostracismo de un cajón veía la luz hace pocos meses en forma de exposición y libro: "Barcelona 1957. Leopoldo Pomés".

Usted llegó a la fotografía cautivado por la magia de la imagen latente.

De muy jovencito yo era muy aficionado al arte; era lo único que me gustaba. En la escuela tenía unas notas pésimas. No me interesaba nada. Sólo en literatura sacaba buenas notas. También dibujaba y me escogían para hacer los dibujos de algún acontecimiento en la escuela. Me interesaban el arte, el dibujo y la fotografía. Era todo bastante cercano.

A los 17 años trabajaba en una editorial. Al gerente le hacía gracia que yo tuviese aficiones artísticas y un día me llevó a su laboratorio... ¡y flipé! A partir de aquel momento me hice un laboratorio en el cuarto de baño de casa, donde colgaba las fotografías todavía húmedas en el espejo para secarlas. Era algo apasionante. Ver subir la imagen en aquel papel virgen... yo daba gritos de emoción.

Foto: Ivan Sánchez (Quesabesde)
Leopoldo Pomés, en su estudio de Barcelona.

¿Qué queda hoy de la magia de la imagen?

Hace algún tiempo escribí un artículo en El País sobre la proliferación de imágenes que hay a todos los niveles y en todos los ámbitos. Hoy en día las televisiones reparten una gran cantidad de imágenes a diario, incluso de mucha calidad. También las revistas, como por ejemplo las de moda y arquitectura, con fotografías muy buenas hechas por profesionales.

"La fotografía digital ha creado una dispersión, incluso una frivolidad que hace que no se valore el acto transcendental de captar una imagen"

Y ahora, con la facilidad que ofrece el [formato] digital, que basta con sacar una camarita del bolsillo, hasta los niños sacan fotos. Ya no se le da casi importancia. Esto crea una dispersión, incluso una frivolidad que hace que no se valore el acto transcendental de captar una imagen, que no será una simple anécdota sino algo duradero si se hace bien hecho.

¿Se ha degradado la fotografía por culpa del formato digital?

Si viviesen Cartier-Bresson o Man Ray, ¿que harían? Yo creo que sucumbirían [al formato digital], porque tiene muchas ventajas. Dicho esto, creo que todo el mundo se atreve a un uso masivo [de la fotografía digital]. Es demasiado fácil, se frivoliza, es una falta de respeto.

En analógico también había gente que disparaba 50 fotografías seguidas en automático en [fotografía de] moda. Por el contrario, el francés Meerson, tras la complicada parafernalia necesaria para la realización de una fotografía de moda, se lo miraba, estudiaba la luz... y cuando lo veía bien disparaba sola una placa.

Hace unos años La Vanguardia me encargó una portada para un aniversario del diario y lo hice en digital. Tenía un monitor donde podía ver cómo era la imagen [en el momento de tomarla]. En la fotografía tenía que salir el hijo de una mujer que había sido protagonista de la misma imagen 25 años atrás. El niño no tenía ni un año, y fue bastante difícil, pero tuvo un momento de curiosidad y sacó la cabeza. Al ver al niño participar hice la foto y dije: "Ya está, ya podemos recoger." Todos se quedaron abrumados porque nunca me habían visto acabar con una sola foto. Pero fue porque lo vi en el monitor y me di cuenta de que funcionaba. Así que todo depende de cómo se usen las herramientas; lo importante es lo hay detrás, quién las utiliza.

Foto: Leopoldo Pomés
Foto: Leopoldo Pomés

Una de sus facetas más destacadas como fotógrafo es la de retratista. ¿Cómo lo hizo para conjugar el carácter y el físico de sus sujetos de forma tan innovadora?

"Hay que buscar que la persona a la que retratas te vampirice de alguna manera"

Yo nunca me he propuesto ser innovador. Hago lo que me apetece hacer o lo que quiero conseguir. Soy un observador continuo... incluso ahora te miro y veo cómo los ojos quedan oscuros porque la luz te viene de arriba. Tus zapatos también hace rato que los observo: es una imagen muy plástica. No paro de mirar. Es un bagaje que no me propongo; lo llevo ya conmigo.

Un retrato es algo muy difícil, porque se trata de uno contra otro. No es que tu personaje piense que vas contra él, pero en ese momento quiere quedar bien. No hay nadie que no quiera salir bien; hasta el intelectual más progre quiere salir guapo. Y ahí está la dificultad del retrato.

Richard Avedon tiene un retrato que a mí me impresiona muchísimo del senador Wallace, un carca con un historial tremendo que persiguió a intelectuales. Una auténtica bestia parda. Lo retrató de una forma en que la maldad aparece incluso atractiva. Es una obra de arte. Como los fusilamientos de Goya: están matando a personas pero el cuadro es tremendo. En el retrato hay que buscar que la persona a la que retratas te vampirice de alguna manera.

"Richard Avedon tiene un retrato que a mí me impresiona muchísimo del senador Wallace, un carca con un historial tremendo que persiguió a intelectuales (...) Lo retrató de una forma en que la maldad aparece incluso atractiva." | Foto: Richard Avedon (The Richard Avedon Foundation)

¿Qué personaje recuerda como el más difícil de retratar?

Todos son difíciles de retratar, no hay retratos sencillos. A finales de los setenta tuve que retratar a Julio Cortázar, que era un hombre muy tímido. Parecía muy inseguro, y el hecho de ser retratado le ponía en una situación muy desagradable. En el retrato aparece con las manos en primer plano y en un estado hierático. A mí me interesaban mucho sus manos, y puse una mesa en el estudio, que es donde aparece apoyado en la fotografía.

Tenía una segunda cámara cargada para no hacerle esperar cuando se acabara el rollo. Hice el primer carrete, pero al llevar unas 14 o 15 imágenes ya me parecía que lo tenía -es esa especie de bombillita que se te enciende y que te dice que ya has conseguido lo que querías- y le dije que se había acabado. Pues justo en ese momento él cogió la otra cámara y empezó a fotografiarme de forma compulsiva.

"A finales de los setenta tuve que retratar a Julio Cortázar, que era un hombre muy tímido. Parecía muy inseguro, y el hecho de ser retratado le ponía en una situación muy desagradable." | Foto: Leopoldo Pomés

A finales de los cincuenta, cuando usted tenía tan sólo 25 años, el editor Carles Barral le encargó las imágenes para un fotolibro sobre la Barcelona de aquella época. ¿Cómo se planteó aquel reto?

Era mi primer encargo y yo iba por la calle flotando de la ilusión que me hacía. Carles Barral ya me había encargado la portada de una novela de la Biblioteca Breve de la editorial Seix y Barral, "La conciencia de Zeno", de Italo Svevo. Era la primera que hacían y les gustó mucho. Carlos me dijo que tenía la idea de hacer un libro de Barcelona con textos de Luis Goytisolo, que le gustaba lo que yo hacía y que iría muy bien para hacer las fotos. Éste fue el encargo, y yo me tiré un año largo haciendo fotografías.

Lo que más me interesaba mostrar era la atmósfera de Barcelona. La anécdota nunca me ha interesado, yo lo que busco son los detalles. En el caso de Barcelona me interesa cómo es la gente. Evidentemente hay en esto una gran influencia de mi padre, que era un hombre muy culto pero sin intelectualidades extras. Era un gran observador. Me había impregnado de una gran cantidad de cosas que me hacían ir a favor de Barcelona. Me gustaba la ciudad, las Ramblas me apasionaban, la Barceloneta me encantaba... Era muy de la gente y no del monumento, y en ella buscaba la atmósfera de la ciudad.

Foto: Leopoldo Pomés
Foto: Leopoldo Pomés

Hay varias fotografías que podrían mostrar por qué lo hice de esta manera, pero sobre todo hay una en la que aparece un hombre de espaldas con un sombrero. A esto hay que añadir un tema muy personal: estoy obsesionado con la luz. Me gusta mucho trabajar con esa luz que hay a veces y que no produce sombras, como la que hay hoy [y que se cuela por la claraboya del techo inundando el estudio de Pomés].

Este personaje era alguien de quien yo había oído hablar en casa. Era un concepto: "Un senyor de Barcelona" [respetamos aquí la fórmula en catalán, lengua en que se hizo la entrevista]. Era una persona sin definir, culta pero sin exageración, un señor en su antigua definición, una persona que si un día estaba de acuerdo contigo y decidíais algo, al darte la mano estaba dándote su palabra. No hacían falta abogados ni documentos. Todo en ese concepto implicaba sinceridad y elegancia en las maneras. Yo no conocía al hombre de la foto y ni siquiera supo que le fotografiaba, pero en cuanto lo vi me pareció que él era ese "senyor de Barcelona".

"Yo no conocía al hombre de la foto y ni siquiera supo que le fotografiaba, pero en cuanto lo vi me pareció que él era ese 'senyor de Barcelona'." | Foto: Leopoldo Pomés

Este proyecto permaneció enterrado durante años, hasta que hace unos meses se rescataron aquellas fotografías, se editó el libro y se organizó una exposición.

Fue una casualidad. Me habían invitado a hacer una exposición en una galería de Segovia, y vino [con un gesto señala su estudio] Juan Manuel Bonet, porque era el comisario. Él había sido director del IVAM de Valencia, y es un crítico de arte muy entendido y gran conocedor sobre todo de fotografía. Yo le enseñé lo de Barcelona. Había mucho material, como para hacer tres libros, y se quedó absolutamente impresionado. Inmediatamente se puso a buscar editores, y así es cómo resurgió el libro.

Yo no había hecho ya nada más, no porque lo tuviese olvidado sino porque creía que era una espina clavada que no me podría sacar nunca. Además, yo con los libros tengo muy mala suerte. Para el libro de los toros ["Toros", editado finalmente en 1996] viajé por toda España haciendo fotos, pero no se publicó porque el editor quería que fuera Hemingway quien escribiera los textos. Todo el mundo había visto las fotos, incluso el propio Hemingway, pero se suicidó poco antes de que entrara a impresión.

Foto: Leopoldo Pomés
Foto: Leopoldo Pomés

Así que se abandonó el proyecto porque el editor consideraba que en aquel momento no había nadie que pudiera escribir sobre toros como Hemingway. No fue hasta pasados unos años que Manuel Falces, que entonces era director de fotografía de El País, vio alguna foto, y a través del Centro Andaluz de Fotografía se editó el libro.

¿Queda algo de aquella Barcelona o sus fotos narran una ciudad ya inexistente?

Es exactamente así: ya no existe. He salido por Barcelona intentando hacer fotos, por ejemplo el otro día por La Rambla, y todo son sombreros mexicanos y "souvenirs"... [Pomés hace un gesto de indignación y cierta nostalgia].

Muchos han visto en este libro un documento entre la Barcelona de Francesc Català-Roca, de 1954, y la de Xavier Miserachs, diez años después. ¿Hay algún rastro de su influencia en sus fotos?

Yo no tenía ninguna influencia del libro de Català-Roca. Como mucho había visto alguna foto suelta muy buena, por ejemplo del Liceo, y es algo que yo no tengo en mi libro. Y el de Miserachs es posterior.

Foto: Leopoldo Pomés
Foto: Leopoldo Pomés

La llamada "street photography", tan de moda hoy en día, podría alimentarse de muchas de sus escenas en La Rambla, irónicas y repletas de personajes en diferentes planos.

"Esa Barcelona ya no existe. En La Rambla ahora todo son sombreros mexicanos y 'souvenirs'"

Como decía antes, me paso el día mirando, y eso influye. Tengo un concepto de vida, entiendo la forma de ser de la gente de una manera determinada. Voy a favor de mi ciudad, paseo por los barrios que me interesan. Todo esto no quiere decir que sólo retrate lo bonito. Hay cosas que, más que irónicas o cómicas, para mí son una denuncia, como la fotografía del matrimonio que está de espaldas y en la que él va con el puro... A mí me daría mucha vergüenza tener unos padres así, pero forma parte de lo que tenía Barcelona.

O la fotografía de la tertulia en La Rambla. Cuando la veo aún me causa efecto aquella gente tan bonita. Pero todo aquello estaba en Barcelona. Iba a los lugares que me gustaban más y me lo encontraba, no iba a buscarlo. Fotografiar no es más que mirar y encontrar.

"Hay cosas que, más que irónicas o cómicas, para mí son una denuncia, como la fotografía del matrimonio que está de espaldas y en la que él va con el puro... A mí me daría mucha vergüenza tener unos padres así, pero forma parte de lo que tenía Barcelona." | Foto: Leopoldo Pomés

La publicidad le ha reportado más éxito y reconocimiento que la fotografía. ¿Qué es más difícil, crear una campaña como la de Freixenet o inmortalizar una Barcelona que ya no existe?

Es tan diferente... La publicidad es muy bestia, es de un rigor enorme. Además, tienes tu trabajo expuesto inmediatamente para que la opinión pública detecte y consuma [los productos publicitados]. Incluso pueden potenciarlo o hundirlo. Y con una competencia feroz tienes que salir airoso, porque los medios a los que va la publicidad son accesibles para todos. Todo el mundo pone anuncios en La Vanguardia, el ABC o El País... o en las diferentes televisiones. Tienes que estar ahí y te tienen que ver, porque el cliente te paga para que defiendas su producto. Eso es complicadísimo. Además, en publicidad entran en juego muchos factores.

Con la fotografía es diferente. Claro que para el libro de Barcelona tenía un guión propio, pero era algo mucho más libre que en publicidad. Para empezar, al cliente eso le cuesta una pasta bestia y encima tiene un producto detrás que, si no lo haces bien, seguro que bajan las ventas. Todo esto hace que sea más exigente y complejo que hacer fotografías de forma libre. En publicidad no es sólo hacer una foto: hay que pensar qué foto tienes que hacer y por qué la has de hacer, qué quieres decir y a quién.

Foto: Leopoldo Pomés

Además, la publicidad da más dinero. Cuando hice la exposición de fotografías en las Galerías Laietanas [de Barcelona, en 1955, donde se dio a conocer como fotógrafo] tuve un éxito total, con una crítica del sector intelectual muy buena, aunque las agrupaciones fotográficas se enfadaron mucho. Pero al acabar la exposición... nada de nada: me quedé con los cinco duros que me daba mi padre a la semana.

Así que decidí ganarme la vida y fui a la agencia de publicidad más importante que había en Barcelona en aquel momento, Pentágono. Yo conocía a Marçal Moliner, el director creativo, y le dije que me gustaría hacer publicidad. Me contestó que yo era muy bueno con la fotografía, pero que aquello no tenía nada que ver. Así que le insistí en que me dejaran hacer una prueba. Me encargaron una imagen que no conseguían hacer bien de unos bañadores de la marca Meyba y les gustó cómo lo hice. Me la jugué poniéndoles unos precios altísimos, pero acerté, porque a partir de ahí me lo encargaron todo, absolutamente todo. Salí pisando fuerte.

La publicidad tiene otra cosa que a veces echo de menos: cuando empezabas, esa sensación al día siguiente, ¡pam!, de ver en La Vanguardia a toda página la foto de aquella chica que habías fotografiado, por ejemplo, sobre un caballo. Tenías la sensación de que estabas ahí.

Foto: Leopoldo Pomés
Foto: Leopoldo Pomés

¿Qué hay detrás de las campañas de Freixenet y los Juegos Olímpicos de Barcelona de las que fue responsable?

Todo es comunicación. Yo sólo apliqué mi forma de entenderla y de cómo convencer. En el caso de los Juegos Olímpicos me propuso un antiguo colega de la agencia Tiempo. Yo intenté vender Barcelona, algo muy bonito porque se trataba de vender tu ciudad a todo el mundo. Además, era una campaña muy compleja porque yo había hecho publicidad de productos de gran consumo dirigida a millones de personas, pero nunca para un jurado de 90 miembros que tenían que decidir entre 11 ciudades, algunas tan importantes como Ámsterdam, Glasgow o Sídney.

Barcelona tiene cosas que a mí me han calado, como la huelga de los tranvías [de 1951], en que la gente, no se sabe cómo, se puso de acuerdo en no usar el tranvía por una subida de precio. Un grupo de personas capaces de hacer algo que les sale de dentro, como un colectivo. Eso es lo que intenté vender: la ilusión que tiene la gente por esta ciudad.

En vez de hacer un vídeo diciendo todas las cosas buenas que hay en Barcelona hice una película que explicaba esta ilusión, y a la postre fue un grano de arena importante para la elección. El día de la final en Lausanne podías hacer lo que quisieras: poner el vídeo promocional -a mí no me gusta porque la gente no suele atender-, proyectar fotos, multipantalla, cine... Yo quise pasar CinemaScope. Hubo que apagar las luces, y la ilusión que había en la sala, con todo el mundo que pedía aquello, era impresionarte.



Primer anuncio para la televisión en el que aparecieron las burbujas de Freixenet, en 1978.

Esa ilusión la transmitían unos niños voluntarios con un chándal que, de madrugada, iban juntándose. Pasaban por el barrio gótico, subían por La Rambla, recogían a otro niño... poco a poco se iban uniendo niños, hasta que al final eran unos 500. Era pura ilusión.

Lo de Freixenet fue una historia totalmente diferente. Ellos tenían esa botella dorada, pero no le daban ninguna importancia. Yo les hice poner esta botella porque me parecía que era un producto que tenía algo diferencial. ¿Qué puedes decir de un cava? ¿Que es mejor que el otro? Eso es absurdo... así no se vende nada. No tiré por el lado "sexy" porque es un producto familiar, así que creé una ilusión convirtiendo ese color dorado en una especie de magia en la que la burbuja era el final de todo. Era la chispa que diferenciaba el producto del resto de alcoholes. La primera en vestirse de burbuja fue Karin, gran socia mía y madre de mis hijos.

En muchas de nuestras campañas el símbolo era algo importante, porque si engancha, puedes hacer muchas cosas con él.

Y de nuevo, vuelta a la fotografía.

Yo nunca dejé la fotografía. Cuando acababa el trabajo continuaba haciendo fotos; siempre que tenía la oportunidad de retratar a alguien lo hacía.

¿Prefiere la foto a la publicidad?

Yo dejé de hacer publicidad hace siete años. Pero tengo un problema, y es que necesito el encargo. Si no, me digo a mí mismo: "Ya lo haré". Lo peor es la hoja en blanco. En cambio con un encargo es mucho más fácil. La presión de una fecha de entrega me ayuda a crear.

¿Imagen fija o en movimiento?

Cine o foto... no puedo contestar. Soy muy aficionado al cine, pero la fotografía es fantástica. No puedo decidirme por uno u otro.

Foto: Leopoldo Pomés

¿Imagen publicitaria o documento gráfico?

Documento gráfico. En imagen publicitaria hay cosas muy buenas, pero están tan al servicio de un producto que ya no tienen misterio y dejan de interesarme.

¿Blanco y negro o color?

Tengo una gran tendencia por el blanco y negro, pero el color también me gusta. En el fondo creo que todo es lo mismo. Lo importante es la imagen en sí, sea en color o en blanco y negro... incluso si es dibujo o acuarela.

¿Digital o analógico?

Yo soy más de analógico, sobre todo para tirar copias. Pero ahora estoy con el digital y voy con unas cámaras pequeñas que casi doy risa... pero es que no me acabo de decidir por una cámara más grande. La ventaja que tienen es que caben en el bolsillo, y gracias a eso he podido hacer algunos retratos que de otra forma no habría hecho nunca.

Etiquetas
Artículos relacionados (3)
Agenda fotográfica
11 / MAY 2015
0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar