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La vuelta al mundo en 3.650 días

Lençois Maranhenses: el desierto lluvioso

 
20
JUN 2007

Situado en el nordeste de Brasil, el Parque Nacional de los Lençois Maranhenses es un rincón privilegiado del planeta. Durante la época de lluvias, este impresionante desierto junto al mar da cobijo entre sus dunas a miles de pequeñas lagunas de color turquesa. En su límite oriental discurre el hermoso río Preguiças, serpenteante y lleno de vida, cuyas orillas alojan reducidas comunidades de pescadores.

No es fácil encontrar un sitio con tanta diversidad: campos de dunas, playas, lagunas de agua dulce, un gran río tropical, manglares. Todo esto, junto a su fauna y flora y a la gente que vive de la pesca, hace del Parque Nacional de los Lençois Maranhenses un lugar único para el viajero y el fotógrafo.

La mayor singularidad de este paraje es el campo de dunas, que cubre un área de 100 por 50 kilómetros en su parte más ancha. ¿Un desierto? Aunque cumple como "lugar arenoso desprovisto de vegetación", no es exactamente un desierto, y es que presenta una peculiaridad importante.

En este lugar, durante la estación húmeda -de enero a junio- llueve copiosamente. La capa de arcilla sobre la que están situadas las dunas impide que el agua se filtre, formándose miles de pequeñas lagunas de agua cristalina. Un escenario único en el planeta.

Esta maravilla de la naturaleza debe su existencia a la coincidencia de varios factores: una de las mayores amplitudes de marea -diferencia de altura entre la marea alta y la baja- del mundo, de unos 7 metros; un abrasador calor tropical, y un fuerte viento que sopla constantemente en la misma dirección.

El mecanismo es sencillo. Cuando baja la marea, una gran superficie de playa queda expuesta al sol, que la seca rápidamente. La fina arena es entonces arrastrada por el viento, que provee permanentemente a las dunas de nuevo material. Éstas son móviles, y avanzan hasta 4 metros cada año.

La pequeña ciudad de Barreirinhas, a orillas del río Preguiças, es la base más utilizada para conocer el parque. Desde aquí se puede visitar varias lagunas cercanas en 4x4 (el único automóvil capaz de circular por los caminos de barro o arena) o navegar por el río hasta su desembocadura, donde se encuentra Atins.

Este pequeño pueblo de calles de arena -al que la electricidad llegó no hace demasiado- cuenta con una pequeña estructura de apoyo al turista consistente en un restaurante y algunas posadas.

Caminando unos 40 minutos desde el pueblo, se llega al comienzo del campo de dunas. Aunque un paseo de unas horas andando sirve para percibir su enorme belleza, quienes estén en buena forma física pueden afrontar una travesía de dos o tres días para recorrer a pie los 100 kilómetros del parque. Sin duda, una experiencia inolvidable.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Este mapa, pintado sobre el muro de una posada de Barreirinhas, ayuda a entender la distribución del parque: un campo de dunas con algunas lagunas grandes junto al mar y un tortuoso río en su extremo, salpicado por pequeños poblados de pescadores.

El Simone I es uno de los barcos de línea que hacen la ruta Barreirinhas-Atins. La travesía entre los dos puntos, de unos 40 kilómetros, demora alrededor de 5 horas. El horario cambia cada día porque depende de las mareas:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El río es ancho y sus aguas lentas. El barco va a un ritmo -"devagar"- tranquilo, parando en diferentes lugares a lo largo del recorrido. El piloto deja el mando a un amigo mientras se refresca bebiendo agua de coco.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Luz, calor y humedad. Las plantas crecen con tanta fuerza aquí, cerca del Ecuador, que la orilla se convierte en un muro vegetal.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El barco llega hasta cerca de la desembocadura del río, donde algunos pequeños botes de pesca están saliendo a la mar.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El urubú cumple la función de "basurero ecológico": se alimenta de cualquier animal muerto o de los restos de peces que los pescadores desechan.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Poca gente camina al mediodía por las arenosas calles de Atins. El paraguas es muy práctico: sirve tanto de sombra portátil como para protegerse del agua en las habituales tormentas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los niños salen de la escuela con gran alboroto. La educación es la esperanza de muchas familias, que esperan que sus hijos puedan escoger un camino que mejore sus condiciones de vida.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Esta guapa chavala que posa con una tímida sonrisa atiende una de las pequeñas tiendas familiares que abastecen a la comunidad. La mezcla de negros, indios y blancos ha dado a los habitantes de la zona un hermoso tono de piel.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Pasado el pueblo comienzan los Lençois Maranhenses. Orientarse sin referencias no es fácil. Estas dos amigas de São Paulo han contratado un guía local para no correr riesgos durante un paseo entre las dunas.

Los críos disfrutan de las piscinas naturales formadas por la lluvia, un campo de juegos privilegiado:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Rebozados como croquetas, ruedan por la duna para caer al agua limpia.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El campo de dunas está próximo a la costa, y entre los dos se encuentra un par de cabañas que funcionan como sencillos restaurantes.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Sus dueños, hermanos, vivían de la pesca, hasta que vieron que podrían mejorar sus condiciones atendiendo a los turistas que venían a conocer los Lençois.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Sin electricidad, preparan sobre un horno de barro unas enormes gambas recién pescadas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El banquete es sencillo, pero sabrosísimo.

Después de atender al estómago volvemos a las dunas. La temperatura de la arena no es alta y permite caminar descalzos:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Forzando el contraste mediante un programa de retoque surgen paisajes que parecen más propios de otro planeta:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

El espectáculo varía a medida que va cambiando la posición del sol:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
En un lugar tan especial, hasta las deposiciones de una cabra parecen querer conjugarse con la arena para producir belleza.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La vida aparece a la menor oportunidad. Una seta reposa sobre la boñiga seca.

El sol se despide. Regresamos a Atins pasando por el "igarapé", el tranquilo y poco profundo río cuyas orillas transcurre la vida de unos pocos brasileños:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Los artículos de la serie "La vuelta al mundo en 3650 días" se publican, normalmente, el tercer miércoles de cada mes.

La travesía de Eneko y Miyuki nos brinda la posibilidad de conocer la diversidad cultural y las bellezas de nuestro planeta en esta serie de artículos y a través de su página web acercandoelmundo.com.

Su proyecto también tiene carácter humanitario. Colaboran con la ONU y UNICEF en la difusión de la Campaña del Milenio, en la cual también os invitamos a participar.

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