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Diario de un fotógrafo nómada

Wadi Rum: el desierto más bello de la tierra, el sueño de Lawrence de Arabia

 
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ENE 2007

Arenas rojas surcadas por caravanas de dromedarios, montañas erosionadas por milenios de vientos. Territorio nabateo y uno de los lugares más amados por los árabes. Sólo en un escenario tan hermoso podía forjarse la leyenda de Lawrence de Arabia.

Estoy en Wadi Musa, el pueblo desde el que se entra a la garganta de Petra, en Jordania. Incrédulo, me froto los ojos ante lo que tengo delante: un vehículo quitanieves despejando las calles de la aldea y sus accesos. Parece que, de un momento a otro, va a descender por la calle Santa Claus con sus renos.

Si no fuera por los "palestinos" (los pañuelos rojos con los que se cubren los hombres la cabeza), empezaría a dudar de si compré un pasaje para Jordania o para Laponia.

Un quitanieves limpiando las calles de Wadi Musa. | Foto: Nómada

En todo caso, me regocija asistir a un espectáculo tan insólito como ver un desierto nevado, especialmente en una zona habitualmente calurosa como ésta, casi a las puertas de Arabia Saudí.

La nieve en el desierto produce imágenes tan curiosas como ésta. | Foto: Nómada

Es invierno, finales de diciembre; el día es muy corto, ya que a las cuatro y media de la tarde anochece y los seis grados bajo cero del exterior invitan a refugiarse en algún lugar. Así pues, propongo a mi guía beduino tomar un té en un viejo café de la calle principal de Wadi Musa y preparar la visita que vamos a hacer a Petra, la ciudad de los nabateos, en cuanto la nieve nos deje movernos.

Desde la aldea de Wadi Musa se ven estas montañas que ocultan Petra. | Foto: Nómada

En el interior del café, deduzco que el dueño del establecimiento no está dispuesto a derrochar en electricidad. Excesos, los justos. Al poco de sentarnos, aparece el hombre, de poblado mostacho y colmillos de oro, llevando en cada mano un vaso de té con hojas de menta.

Entre los beduinos, es muy habitual forrarse los dientes con oro. | Foto: Nómada

Entre mapas y notas, en una atmósfera cargada por el humo y aroma a tabaco de pipa de agua, mi guía me propone cambiar los planes y dirigirnos al sur. Ahí tendremos mejor tiempo, ya que el intenso frío y la nieve nos impiden llevar a cabo la visita a Petra que teníamos planeada.

Al amanecer, la carretera sólo tiene un carril limpio. Hay que circular en fila y con precaución. | Foto: Nómada

Y dicho y hecho, al día siguiente al alba tomamos un vehículo que nos lleva hacia el Wadi Rum, el lugar donde comienza la historia de Jordania, el relato de un pueblo, el nabateo, que asombró al mundo entero en su época y que hoy en día, muchos siglos después de su desaparición, sigue dejando perplejo a quien conoce su legado.

A medida que descendemos hacia el sur, el cielo va despejándose. | Foto: Nómada

Todo empezó tras la caída del reino de Saba, cuando los nabateos, una estirpe árabe de lengua aramea, emigraron del actual Yemen hacia el norte. Nómadas dedicados al pastoreo, fueron ascendiendo por la península arábiga y ocupando progresivamente el Wadi Rum, una región desértica de inenarrable belleza.

La montaña más célebre de Wadi Rum: los Siete Pilares de la Sabiduría. | Foto: Nómada

Atravesando este valle desértico, los nabateos tomaron contacto con los pueblos tamudes que habitaban la zona, de los que aprendieron a comerciar y gestionar el tráfico de caravanas.

Todo Wadi Rum es una inmensa "pizarra", donde ambas civilizaciones, tamúdica y nabatea, grabaron petroglifos rupestres de animales, personas y textos que sugieren las primeras formas del idioma árabe.

Una de las muchas paredes con grabados rupestres. | Foto: Nómada

El pueblo nabateo fue célebre en su tiempo. Todos los imperios de la época le reconocían su gran inteligencia y su amor por la independencia, pues nunca pudieron ser sometidos por ejército alguno. Sucesores de Alejandro Magno, Roma, ptolomeos egipcios o seléucidas de Siria sólo podían invadir los asentamientos nabateos cuando éstos perdían el interés por mantenerlos.

Detalle de algunos petroglifos con escenas de caza, dromedarios y textos. | Foto: Nómada

Las primeras noticias de los nabateos ya hablan de sus costumbres nómadas y de su valor e inteligencia para el combate cuando Diodoro Sículo, historiador griego del siglo I antes de Cristo dice de ellos que "viven al aire libre y llaman patria a este territorio desértico que carece de casas y manantiales abundantes. No tienen por costumbre sembrar trigo ni plantar árboles frutales y algunos de ellos crían camellos o rebaños de cabras que pastorean en el desierto".

Vista panorámica del Wadi Rum. | Foto: Nómada

Sículo añade: "De todas las tribus árabes, éstos son con creces los más ricos, si bien no llegan a diez mil. Aman apasionadamente la libertad, y cuando les ataca un ejército enemigo huyen al desierto, que para ellos se convierte en una fortaleza. La falta de agua les hace inaccesibles a los demás, pero para ellos es un asilo seguro porque han excavado en la tierra depósitos revestidos de cal."

Los niños beduinos se desplazan largas distancias en camello. Los mayores lo hacen en todoterreno. | Foto: Nómada

Cuando el pueblo nabateo aprendió todo lo que necesitaba saber, continuó su camino de migración por el Wadi Rum hacia el norte. Poco a poco, fueron haciéndose sedentarios y levantando ciudades como Medain Saleh, en Arabia Saudí, y años más tarde en Wadi Musa -en árabe, el Valle de Moisés-, desde donde comenzarían la construcción de la que sería su capital, Petra, llamada "la rosa del desierto" por su belleza y por el color de los montes que la rodean.

Mujer beduina. | Foto: Nómada

Profundos conocedores de los secretos del desierto gracias a su largo éxodo y habiendo adquirido de los tamúdicos todo el saber relativo al comercio, fueron tomando el control de las rutas caravaneras de la península arábiga. Todo ello, unido a su buena organización social, hizo que empezara a florecer la leyenda del incipiente reino nabateo.

El chófer de mi pick-up no debe tener más de 16 años y arranca el vehículo haciéndole un puente. | Foto: Nómada

Oro, incienso y mirra del sur de Arabia, sales y betún del Mar Muerto, sedas y piedras preciosas de China e India. Todo era cargado a lomos de los dromedarios y transportado desde y hacia los mercados del Mar Rojo y el Mediterráneo.

Camelleros regresando a su jaima. | Foto: Nómada

Todo estaba bajo el control de los nabateos, que cobraban fuertes aranceles por guiar o permitir el paso de las caravanas, pues en esta época -siglo segundo antes de Cristo- la vía de comercio más importante del mundo era la Ruta de las Especias, que pasaba justamente por el mismo centro del territorio nabateo.

El aficionado no se cansa nunca de fotografiar. Cada rincón, cada luz, cada momento es distinto. | Foto: Nómada

El destino de todas las caravanas era Petra, donde había sombra, agua y alimentos abundantes para mercaderes y animales. La fama de los nabateos crecía sin cesar por su riqueza y prosperidad, pero también por su ingenio para levantar refinadas metrópolis donde parecía que nada podía sobrevivir.

Un puente natural tallado por la erosión. | Foto: Nómada

Desde Petra, las caravanas giraban para tomar el Wadi Araba -o Valle Árabe-, otra extensa depresión desértica que les llevaría a través de Israel hasta Gaza, el principal puerto nabateo desde donde se enviaban las mercancías a Roma.

Amanece en el Wadi Rum. La luz es mágica y el silencio, abrumador. | Foto: Nómada

Mientras la Ruta de las Especias marcó el comercio en el mundo, Wadi Rum fue una zona estratégica de primer orden. Pero tras el paso de Bizancio y el desplazamiento de las rutas caravaneras hacia Damasco y otras fronteras, este desierto fue quedando olvidado, y tendrían que pasar muchos siglos para que el Wadi Rum volviera a ser protagonista de historias épicas y gloriosas gestas novelescas.

Al amanecer, descubrimos huellas de chacales junto a la jaima donde hemos dormido. | Foto: Nómada

A principios del siglo XX, los turcos del imperio otomano ocupaban toda Arabia hasta Egipto. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, se aliaron con Alemania, dándole apoyo logístico y estratégico en todas sus operaciones.

Los beduinos preparan el té en una hoguera para combatir el intenso frío del alba. | Foto: Nómada

Esta situación no convenía al Reino Unido, que perseguía el control del canal de Suez por donde pasaban los barcos hacia su más rica colonia de ultramar, la India. Matando dos pájaros de un tiro, los británicos provocaron la rebelión de los jeques árabes contra la ocupación turca.

La jaima beduina, levantada al abrigo de una pared de arenisca. | Foto: Nómada

Esta insurrección debilitaría la alianza del flanco oriental, haciendo que Turquía redujera el número de tropas de apoyo a Alemania para dedicarlas a combatir el problema interno provocado por la guerrilla árabe y asegurar el paso marítimo de Egipto.

El instigador de todos estos sucesos no fue otro que un agente del Foreign Office que hablaba árabe, todo un especialista en Oriente Medio. Su nombre, Thomas Edward Lawrence.

El llamado palacio de Lawrence es una torre de vigilancia caravanera que el espía británico utilizó durante la Primera Guerra Mundial. | Foto: Nómada

Lawrence de Arabia, antes de convertirse en oficial de inteligencia, había vivido durante años "como árabe entre árabes" en Siria, donde realizó excavaciones arqueológicas. Aprendió a hablar el idioma con tanta fluidez, que durante la guerra, cuando fue hecho prisionero por los turcos, logró engañarles y ser liberado haciéndose pasar por circasiano.

Muy cerca de este punto se encuentra la frontera con Arabia Saudí. | Foto: Nómada

En plena Primera Guerra Mundial montó una célula espía junto a otros dos británicos, y simulando dirigir un pequeño grupo de arqueólogos que buscaba los restos del éxodo judío en la península del Sinaí, cartografió la zona e informó de los movimientos de las tropas turco-otomanas.

Para ganarse la confianza de las suspicaces tribus árabes, Lawrence vestía siempre como un árabe, e incluso aprendió a montar en camello con gran maestría.

Así atardece en el Wadi Rum. | Foto: Nómada

Lawrence de Arabia sabía cuál era el tesoro que encerraba el Wadi Rum: todo el subsuelo es una inmensa bolsa de agua fresca y cristalina capaz de abastecer a gran parte de la península arábiga. Por eso, tal vez inspirándose en las técnicas nabateas, eligió este bellísimo desierto como base para montar los campamentos guerrilleros del ejército árabe.

Quién sabe, tal vez Lawrence de Arabia siga cabalgando por este desierto que le cautivó. | Foto: Nómada

Y fue entre estas montañas erosionadas por el viento donde el genial inglés concibió su libro de memorias "Los siete pilares de la Sabiduría", en el que describió con incontenible emoción la belleza del que fue "su" Wadi Rum, el desierto más bello del mundo.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican al menos una vez al mes, siempre los jueves y sin una periodicidad fija.

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