Opinión

La pregunta del millón

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NOV 2015

Una de las cosas que más intriga a la gente respecto a mi trabajo es también una de las que yo menos sé explicar: ¿cómo haces para que te conozcan los clientes? Es normal que lo pregunten, porque la verdad es que es un asunto misterioso. El paso de la simple afición al oficio remunerado es un tema recurrente y lleno de incógnitas.

Lo malo es que no hay una respuesta simple. Hay gente que interpreta esta vaguedad como un interés espurio por mantener un cierto statu quo. Algo así como que si explicamos el secreto para obtener ganancias y beneficios sin límite -lo que viene siendo la vida del fotógrafo profesional- se va a apuntar todo quisque y tocaremos a menos.

Lo cierto es que la mayor parte de fotógrafos que conozco no saben contestar a esta pregunta, pero hay una cosa en la que coinciden todos: la importancia de desarrollar un proyecto personal aparte de tu trabajo puramente profesional. Se sobreentiende que ha de ser algo mínimamente interesante, claro. No vale cualquier mierda. Según el relato estándar, si tu trabajo es fenomenal, sorprendente, novedoso, fantástico, etcétera, vas a conseguir una visibilidad que te va a procurar contactos que te van a ofrecer contratos.

La mayor parte de fotógrafos que conozco coinciden en destacar la importancia que tiene desarrollar un proyecto personal aparte de tu trabajo

Colorín colorado. Fin. Es una versión contemporánea del cuento de la lechera, pero la aceptamos de momento a falta de algo mejor. Se entiende que el trabajo personal lo haces porque sientes una pulsión irresistible por expresarte más allá de cualquier consideración de tipo económico. Una cosa noble y desinteresada, por amor al arte (nunca mejor dicho). El trabajo mercenario, en cambio, obedece a oscuros e inconfesables intereses materiales, al humano afán por acumular riquezas mundanas. Eso que hacemos todos.

Sin embargo nos encontramos con el problema del tiempo. Aceptemos que el día de un fotógrafo consta de 24 horas. En eso somos como todo el mundo. Ahí tenemos que organizarnos para desarrollar nuestra labor profesional, entregar las fotos a tiempo, visitar a los clientes, mantenernos al día de las novedades, mirar el Facebook y el Instagram, ir a los partidos de fútbol de los niños, hacer la declaración de la renta, salir con la pareja a cenar, hacer ejercicio, pasear al perro, leer poesía simbolista francesa y seguir un par de series de moda.

Difícil y complicado, queda claro. Pues todavía no hemos acabado. Te falta la parte del proyecto personal. Desarrollar una visión del mundo y un estilo propios. Elaborar un discurso. Encontrar un tema que te interese a ti y a los demás. Y que no esté muy sobado. Y que te quede cerca de casa, a poder ser, aunque eso es opcional. Hacer las fotos o tal vez un vídeo, pero para eso se necesitan programas que ni siquiera sabes deletrear.

Mejor seguimos con las fotos. Tómate tu tiempo, que la cosa puede llevar años. Una vez lo tengas listo, publícalo. Como puedas, que lo de los libros está jodido, y una exposición cuesta una pasta, de modo que Internet. Empezar a hacer proselitismo. Asistir a inauguraciones, conocer gente. Hacerte el simpático. O el borde, dependiendo de lo que se adapte mejor a tu carácter. Quemarte las pestañas en las llamadas redes sociales. Yo las llamo redes a secas.

Si después de todo este esfuerzo no pasa nada, tranquilo: no significa que tu trabajo no sea maravilloso o que lo hayas hecho mal. Significa simplemente que a la gente no le ha interesado. O que otro ya lo ha hecho antes que tú mejor o más vistoso. O con gatitos, que siempre es una garantía. O que la cantidad de trabajos circulando por el ciberespacio a la espera de ser descubiertos es tan brutalmente enorme que la cosa se convierte en una simple cuestión de azar, en una lotería.

Y por si no te acuerdas, habíamos acordado que esto era por amor al arte, amor verdadero, de ese que no espera nada a cambio. Como los boleros, como la Medalla de la Madre aquella que anunciaban por la tele. Seguro que la experiencia ha sido gratificante y te ha ayudado a crecer como persona interiormente y eso.

Quien no se consuela es porque no quiere.

Siqui Sánchez está especializado en fotografía náutica y retrato corporativo y editorial, si bien asegura que eso puede cambiar “en función de variables difusas e incontrolables”. Tiene tendencia a construir cámaras estenopeicas, rodar cortos absurdos e impartir cursos y charlas de vez en cuando. “Aparte de eso, todo normal”, promete.

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