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OpiniónEnfoque diferencial

La metáfora del charco

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AGO 2016

Así que los fotoperiodistas no cuentan toda la verdad, o cuando menos la modifican –accidentalmente o no- con su sola presencia. Pues alguien ha descubierto América. Los fotoperiodistas siempre hemos presumido de ser notarios de la realidad y llevamos por bandera lo de contar las cosas tal y como son, pero lo cierto -y al vídeo de Ruben Salvadori me remito- es que ni queriéndolo contamos toda la verdad.

Hace unos meses hubo una reunión política de varios dirigentes. Transmitida en directo, en un pasaje de la misma uno de los protagonistas, ante ciertos comentarios de sus interlocutores, pedía calma porque todo el mundo estaba mirándolos. Es un principio científico básico: cuando estudias algo, lo cambias. Y en fotografía ocurre algo parecido: sacar una cámara significa muchas veces modificar la actividad de los que van a ser fotografiados.

Evidentemente la mejor forma de evitar este comportamiento es impedir que al fotógrafo se le vea, pero eso no siempre es posible. La otra solución consiste en acostumbrar al fotografiado a nuestra presencia de forma que no piense en la cámara y se comporte con normalidad. Esto último ocurre en los eventos deportivos: un jugador de fútbol o un atleta están tan concentrados en lo suyo y tienen tan absolutamente asumido que hay cámaras apuntándolos, que la presencia de un fotógrafo es para ellos como la existencia de la ley de la gravedad.

Por eso me gusta decir que las fotos de deportes son de las más reales que existen, porque en la pista no hay –en general- un deportista actuando: hay un deportista de verdad que igual te marca un tanto como escupe o se saca literalmente un moco.

No queda más remedio que aceptar como mal necesario el condicionamiento que tenemos los fotoperiodistas en la noticia

Hace años, cuando el periodista era primero periodista y luego todo lo demás, un fotógrafo se empotraba en una unidad militar y se pasaba semanas conviviendo con los soldados para retratar la realidad de la guerra. Hoy la mayoría de fotógrafos buscamos la foto impactante y fácilmente publicable -léase, vendible- que nos permita afrontar el resto del mes con garantías.

¿Perder nuestro tiempo en ganarnos la confianza de nuestras presas fotográficas? Eso para los de contrato, y aun así. Por suerte todavía quedan unos cuantos fotógrafos que piensan en la información antes que en el dinero. O mejor dicho: siempre que pueden, evitan pensar en el dinero.

Sin embargo hay una diferencia enorme entre modificar involuntariamente una realidad y crearla. Y a pesar de ello todo es fotoperiodismo. Decirle a un político que se siente, mire al infinito y no respire para una entrevista es periodismo. Colarse en un hospital saturado de pacientes y fotografiarlos clandestinamente con un móvil también es fotoperiodismo.

Tal vez involuntariamente hemos forjado la idea de que el fotoperiodista tiene que ser un ente blanco y puro que no contamina, cuando en realidad lo que somos es un instrumento de transmisión, y a veces, para encontrar esa información que hay que transmitir, tenemos que asumir que vamos a agitar el árbol y que tal vez caigan algunas nueces.

Como siempre, todo depende de la cantidad. No se trata de decirles a los manifestantes cuándo tienen que alzar los brazos, sino de asumir que solo los alzarán cuando estemos delante. Por desgracia nos hemos convertido en parte de la noticia, y aunque nunca debería ser un periodista el que copase los titulares, no queda más remedio que aceptar como mal necesario ese condicionamiento.

¿Acaso un periodista que pregunta no está condicionando a quien interpela? ¿Acaso no es aceptable -tal vez obligatorio- remover el charco para poder ver el fondo de la noticia? ¿Tendría el mismo efecto en la ética periodística si el que lanza la piedra para remover el charco usa teclado o usa cámara? Yo, de momento, seguiré defendiendo a los que tiran piedras a los charcos.

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