Opinión

La foto de Palomares

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El autor de la histórica imagen dijo que cobró por ella 300.000 pesetas, que es lo que costaba por aquel entonces un piso en una zona buena de Barcelona

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SEP 2015

El 17 de enero de 1966 dos aviones estadounidenses chocan sobre la localidad almeriense de Palomares dejando caer cuatro bombas atómicas de una potencia de las de cagarse. Las bombas no explotan, pero don Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo, es despertado de su siesta con extrema urgencia.

El interfecto se tranquiliza al saber que la gente no se ha amotinado, que eso sí que no lo tolera el señor ministro. Aún no había dicho que la calle fuera suya, pero ya había dejado pistas a su manera. El turismo, don Manuel, que corre la voz de que la playa está radiactiva y se nos va al carallo.

Porque aquí la que se ha montado es una película de Berlanga en toda regla. Con novilleros frustrados y famosillas intentando chupar plano, timadores y limpiabotas ofreciendo güiston barato, Paco el de la bomba en el papel de señor Lobo y la Junta de Energía Nuclear analizando dos caracoles y una cabra. Celtiberia Show en estado puro.

Reunidos los correveidile y palmeros del ministro en sesión urgente, se acuerda emitir un comunicado. Con eso se da por zanjada la cuestión. Y a comer, que ya es la hora. Sin embargo los americanos tienen otra visión del asunto y sugieren una acción más mediática. El embajador Angier Biddle Duke y el ministro español se darán un baño en la playa para tranquilizar a la población, por aquello de que una imagen vale más que mil comunicados.

Foto: Tomás Lorente Abellán

Gran idea, opinan todos, pero persiste el problema de la radiactividad esa, que dicen que es fatal para la salud. Don Manuel se siente ofendido cuando intuye que están poniendo en duda su honor y gallardía. Él es un caballero español que se viste por los pies, y si el servicio a la patria demanda bañarse en neutrones, pues no hay más que hablar.

De nuevo los americanos acuden a desfacer el entuerto. El baño tendrá lugar en una playa diferente, que total, todas se parecen. Decimos que es Palomares, y andando. Ahí los subsecretarios del régimen se deshacen en alabanzas. Qué tíos, los americanos, no dan puntada sin hilo. Repentinamente el régimen descubre el poder de la manipulación informativa de manos de verdaderos profesionales.

En cuanto al bañador que luciría Don Manuel, hubo que llegar a un consenso, el primero del que se tiene constancia en la carrera del ilustre prócer. Partidario fervoroso de las calzas bombachas que tan buen resultado dieron con los Tercios de Flandes, hubo de ser convencido de vestir algo más acorde con el ritmo de los tiempos. Eso sí, debería ser un modelo de recia sobriedad celtibérica. Todavía estaban lejanos los tiempos en que fogosos horteras con ínfulas de semental habían de invadir nuestras playas y ofender nuestras retinas con el famoso modelo Turbo, hoy felizmente superado. El bañador Meyba entra en la historia por la puerta grande. Concretamente la XXL.

El encargo de inmortalizar el histórico momento recae en Tomás Lorente Abellán, fotógrafo de La Verdad de Murcia, y aquí es donde empiezan los misterios en todo este asunto.

¿Se volvió loco alguien? ¿Sabía don Manuel lo que le iba a costar la foto? Porque si es así, la foto buena hubiera sido la de su cara cuando le presentasen la factura

De entrada sorprende que contratasen a un profesional en lugar de recurrir al método Juan Palomo. La foto no tenía ninguna dificultad especial: hará solecito y te pondrán a dos señores bastante voluminosos a 15 metros haciendo cucamonas y posando para la foto. Es como cazar patos en un estanque. No puedes fallar.

La pantomima se lleva a cabo sin novedad, y el resultado es la foto que todos conocemos. En ella don Manuel luce orgulloso sus buenas lorzas de panceta gallega mientras saluda a no se sabe quién, adelantándose a su tiempo al inaugurar la moda del postureo playero.

Sobre la foto poco hay que hablar. Técnicamente no tiene más misterio, pero la foto histórica tiene estas cosas. Que el horizonte esté torcido o que los negros estén empastados son cuestiones que pasan a segundo plano. Lo que hace esta foto diferente es que se trata de una foto histórica, y además por encargo. Y menudo encargo.

En una entrevista publicada en La Verdad, nuestro héroe se despacha diciendo que cobró por la fotografía nada más y nada menos que 300.000 pesetas. Para que nos hagamos una idea, ese era el precio que costaba un piso en una zona buena de Barcelona.

Don Tomás murió en 2010, o sea que nos quedamos sin poder preguntarle, pero todas las fuentes consultadas coinciden en lo disparatado de la cifra. ¿Se volvió loco alguien? ¿Sabía don Manuel lo que le iba a costar la foto? Porque si es así, la foto buena hubiera sido la de su cara cuando le presentasen la factura. Preguntas sin respuesta.

La hipótesis más plausible es la del error de transcripción del becario de turno, al que lo de las pesetas le suena porque lo vio en un documental, pero tanto le da poner un cero que catorce. Nosotros, sin embargo, preferimos dar total credibilidad a la versión oficial. Que un fotógrafo -y más en la España de entonces- cobrara una morterada de tal calibre por una foto no deja de ser una especie de venganza en diferido, un desagravio por todo lo que había de venir más tarde.

Por si alguien dudaba de que la foto de Palomares es una foto histórica. Por partida doble.

Siqui Sánchez está especializado en fotografía náutica y retrato corporativo y editorial, si bien asegura que eso puede cambiar “en función de variables difusas e incontrolables”. Tiene tendencia a construir cámaras estenopeicas, rodar cortos absurdos e impartir cursos y charlas de vez en cuando. “Aparte de eso, todo normal”, promete.

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