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OpiniónEnfoque diferencial

La dictadura del f2.8

 
14
NOV 2011

Traten de localizar a un fotógrafo profesional entre una manada de fotógrafos. Sobre el papel, la solución es bien simple: busquen cámaras grandes -léase caras- y objetivos de primera línea. Dicen de los profesionales que llevan equipo -obviamente- profesional, y hasta ahora hemos entendido que equipo profesional equivale a material de primera calidad.

Aunque esa equivalencia puede ser en esencia cierta, no deja de haber un pequeño margen para cierto considerando. Y es que no es tan difícil ver a profesionales trabajando con compactas de dudosa calidad pero mucha movilidad o con equipos de saldo que pueden ser literalmente abandonados si llega el momento de poner pies en polvorosa.

Tampoco descubrimos nada nuevo si decimos que el equipo de corte profesional ha de amoldarse a las circunstancias del momento, evolucionando en todos los aspectos: desde la calidad hasta el tamaño, pasando por el precio.

Hay un ejemplo macabro que explica muy bien esa adaptación a las circunstancias del momento. Corría una teoría bélica hace años que decía que las balas, cuanto más grandes y mortíferas, mejor. Con el tiempo se vio que eliminar al enemigo, aunque éste fuera el demonio, no era un fin óptimo. Para ganar la guerra, resultaba mucho más eficaz utilizar balas más pequeñas que sólo herían, porque aparte de incapacitar al soldado para el combate, obligaban a hacer gasto en hospitales y encima minaban la moral del otro bando. Según esa perversa tesis, tanta potencia no sólo no era necesaria, sino que incluso podía ser contraproducente.

¿Es realmente necesaria hoy una luminosidad de f2.8 con ciertos cuerpos de gama profesional?

Salvando todas las distancias posibles, algo similar está ocurriendo en el terreno fotográfico y muy particularmente en la parcela óptica. El punto de inflexión lo pusieron Nikon y Canon con sus D3 y EOS-1D Mark IV, respectivamente, elevando los niveles de sensibilidad a cotas que hasta hace pocos años eran absolutamente impensables.

Este mundo de la alta sensibilidad no sólo nos abrió las puertas de un nuevo tipo de fotografía, sino que nos hizo mirar con otros ojos algunas ópticas que, hasta ahora, contemplábamos con cierta condescendencia por considerarlas de segunda división. Hablo, especialmente, de los objetivos f4, esos que compraban los poseedores de cámaras réflex de gama media, esos que generalmente no van nada mal pero cuyos compradores anhelan sustituir cuanto antes por sus "hermanos mayores".

La rutina nos ha acostumbrado a valorar las ópticas por su luminosidad, y en cierto modo éste es un buen parámetro. Un cristal de gama alta es puntero en todos los aspectos: construcción, calidad de imagen, enfoque y luminosidad. Sin embargo, deberían las marcas amoldarse a los tiempos y empezar a cuestionarse si todas esas virtudes son imprescindibles.

Que un objetivo enfoque rápido, sea duro y rinda bien son cualidades que nadie va a desestimar, pero... ¿es realmente necesaria hoy una luminosidad de f2.8 con ciertos cuerpos? ¿Y dentro de un año? Sostienen muchos de mis colegas que tanta sensibilidad sirve para poco, que no hay lugares tan oscuros en los que sea necesario tirar de 25.000 ISO. He aquí una prueba de la mentalidad f2.8. Es como si hubiera una dictadura, una obligación de tener que usar la máxima abertura sólo por el hecho de tenerla.

Yo digo que no. Reducir un punto el diafragma permite disfrutar de ópticas más compactas y ligeras con un precio más bajo, e incluso de rangos focales más amplios. Algunas marcas cuentan ya con objetivos f4, pero su calidad óptica es todavía muy mejorable. Démosles un voto de confianza y pensemos que son los primeros pasos de una incipiente generación de cristales. ¿Quién sabe? Igual hasta nos sorprenden.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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