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Diario de un fotógrafo nómada

Khunjerab Pass: por encima de las nubes, por debajo de las cimas

 
2
MAR 2006

A partir del valle de Hunza, en el norte de Pakistán, la Karakorum Highway se empina decididamente hacia el cielo. Rampas de violento desnivel hacen ganar altura vertiginosamente. De los 3.000 metros del valle a los 4.700 del Khunjerab Pass, no da tiempo a aclimatarse. Aparece el mal de altura.

Sabía que no tendría tiempo de aclimatarme a la altura, debido a la rapidez con la que se asciende y se traspasa la barrera de los 3.500 metros de altitud, límite donde el temido mal comienza a afectar.

Por eso, empiezo esta última etapa de la KKH con abundante agua para hidratarme; con albaricoques y cerezas del vergel de Hunza y aspirinas para reducir en lo posible los efectos de la altitud que estamos alcanzando.

Foto: Nómada
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La última etapa de la KKH es la más abrupta y descarnada de esta carretera, ya que es la zona más profunda y remota de la cordillera del Karakorum, el corazón de esa imponente cicatriz producida por la presión que ejerce el subcontinente indio sobre Asia.

Foto: Nómada

Al borde del camino, siguen viéndose petroglifos milenarios, grabados por hombres que representaban sus hazañas de caza o los dioses a los que temían.

3.500 metros. Empiezan a aparecer los primeros síntomas del mal de altura: dolores de cabeza y de ojos, cansancio y náuseas. Es preciso tomar aspirinas y seguir bebiendo abundante agua.

Foto: Nómada
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Circulando a alturas superiores al Teide, no dejo de asombrarme por los paisajes que contemplo a través de la ventanilla. El pequeño bus de motor ruso que me transporta sigue subiendo cansinamente entre curvas y desprendimientos.

De vez en cuando, junto al río, se ven pequeños campamentos de buscadores de oro, y me pregunto qué cantidad del precioso metal hay que extraer de esos cantos rodados para que merezca la pena vivir en esas condiciones...

Foto: Nómada

4.000 metros. Sobre un paisaje monótono, muy similar al perfil de una enorme sierra, algo se mueve: son los Ibex del Himalaya, cérvidos que sólo habitan a esta altitud en la que nada sobrevive. Un animal que hemos visto representado en multitud de petroglifos a lo largo de la Ruta de la Seda.

Hay que estar muy atentos para distinguirlos; la lejanía y el color de su piel les confunden con el terreno. A pesar de llevar un zoom estabilizado de 450 milímetros, tengo problemas para visualizarlos. Aquí, las distancias engañan y el frío y el viento hacen tiritar la cámara del más avezado fotógrafo.

Foto: Nómada

4.500 metros. Las blancas cumbres lo abarcan todo. El viento gélido y la ausencia total de sonidos nos avisan de que hemos entrado en el reino del leopardo de las nieves, un animal mítico en vías de extinción; el cazador más solitario del planeta y quizás el único ser vivo que ha visto al Yeti.

Foto: Nómada

Un felino casi fantasmal que sólo ha podido ser captado una vez por las cámaras de una expedición de "Al filo de lo imposible", tras semanas de intensa búsqueda en este territorio inhóspito de hielo, viento y soledad. Por desgracia, los furtivos chinos no pararán hasta que terminen con ellos, privando así a toda la humanidad de esta joya única de la naturaleza, el señor de las cumbres.

Foto: Nómada
Foto: Nómada

4.700 metros. De pronto, el paisaje se abre y entramos en una planicie. ¡Hemos llegado al Khunjerab Pass! A la izquierda, la enorme lengua de un glaciar llega hasta el mismo borde de la carretera. Dos mojones indican la frontera. A cada lado, sendos puestos fronterizos con militares la controlan.

Foto: Nómada
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En el lado pakistaní, una enorme placa recuerda al viajero la heroica gesta que supuso la construcción de la Karakorum Highway. La leyenda comienza así:

"Ésta es la historia de aquellas almas intrépidas que desafiaron al gélido frío, la carencia de oxígeno y el tiempo diabólico para ejecutar un milagro llamado Karakorum Highway."

Foto: Nómada

El Khunjerab Pass era un páramo de piedra y hielo cuando la primera pala del 101 Batallón de Construcción de Caminos se hincó el 8 de julio de 1966. 1.500 oficiales y hombres fueron movilizados para emprender la construcción de un camino desde la cima del Khunjerab, en dirección hacia el interior de Pakistán, siguiendo el cauce del río también llamado Khunjerab.

Foto: Nómada

China, en la misma fecha y desde el mismo punto, iniciaba la construcción del tramo que uniría la KKH con la ciudad caravanera de Kashgar, el corazón de la Ruta de la Seda, un recorrido diferente, pero también muy duro a través de la meseta del Pamir y el Taklamakán, uno de los desiertos más peligrosos del planeta.

Foto: Nómada
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Dada la extrema pobreza del ejército pakistaní, sus hombres vestían uniforme chino, sin ningún tipo de insignias ni galones, por lo que resultaba muy difícil distinguir a los mandos.

Muchos de aquellos hombres no pudieron soportar las terribles condiciones meteorológicas, el mortífero viento y la falta de oxígeno de aquellas alturas que hace que cualquier pequeño esfuerzo se convierta en un penoso trabajo.

Foto: Nómada
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Las temperaturas que, excepto en los meses de julio y agosto, caen a plomo durante la noche a menos de 30 grados y la escasez de oxígeno a esta altitud, pusieron a prueba la resistencia de hombres y máquinas.

Foto: Nómada
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Soldados de origen khunjerabí, campesinos, hombres de las montañas y desiertos que durante meses vivían en condiciones sumamente espartanas, sin ningún contacto postal o telegráfico con sus hogares. Cuando el invierno castigaba en sus meses más atroces, cerraban el campamento y volvían a pie a sus cuarteles y aldeas hasta que las temperaturas volvieran a ser soportables.

Foto: Nómada

Y así año tras año, aquel batallón olvidado de hombres culminó en 1978 la hoy legendaria Karakorum Highway, considerada por muchos "la octava maravilla del mundo".

Al finalizar las obras, un alto mando militar dijo a aquellas tropas supervivientes: "La nación está agradecida y se siente orgullosa de ustedes. Sus hijos y nietos les recordarán. Ustedes han hecho el trabajo más maravilloso en la historia del ejército."

Foto: Nómada
Foto: Nómada

Una mísera barraca da cobijo a media docena de sufridos soldados pakistaníes. Son las fuerzas que controlan el paso fronterizo. Cien metros más allá, una moderna y sólida construcción rodeada de alambre de espinos y banderas rojas nos previene de que aquello es China. Alí mismo, una barrera y un contingente de militares chinos nos mira por debajo de la gorra de plato con expresión inescrutable.

Ni un gesto, ni una sonrisa. Empiezo a tener más aprensión por los militares de este nuevo país que por todas las cosas que he oído de los musulmanes.

Foto: Nómada

Al otro lado de la barrera, en la parte china, comienza un nuevo espectáculo: la meseta del Pamir, otro inmenso rosario de cumbres y llanuras por encima de los 4.000 metros.

Foto: Nómada

Aquí termina la Karakorum Highway y esta región del planeta. Un lugar indescriptible donde se encuentran los glaciares más largos y extraordinarios del mundo; una tierra que ostenta el record inigualable de poseer en su relativa escasa superficie cinco montañas que superan los 8.000 metros, más de cien picos por encima de los 7.000 m. y cientos de gigantes cuyas cimas superan los 6.000 metros y que ni siquiera han sido explorados ni poseen nombre todavía.

Foto: Nómada

Entre los dos mojones, chino y pakistaní, en tierra de nadie y azotado por la ventisca que me cubre de cristales de hielo las cejas, me giro para ver por última vez a mi espalda la cordillera del Karakorum.

En la mochila de mis sueños guardo un viejo anhelo cumplido: conocer esta tierra y recorrer la carretera más audaz que el hombre ha construido jamás.

Y delante, un nuevo reto: China, el centro del mundo.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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