• Xinjiang, la patria de los uigures
  • Kashgar: un paseo en imágenes por la ciudad de dos mil años
Diario de un fotógrafo nómada

Kashgaria: la epopeya de las caravanas en el corazón de la Ruta de la Seda

 
6
JUL 2006

Entre Samarkanda y Xi'an, entre Eurasia y el lejano Oriente, en la desértica región de Xinjiang se extiende la Kashgaria, el núcleo central de la Ruta de la Seda. Una estepa inhóspita con escasos y remotos oasis. Una tierra donde no hay vuelta atrás y de la que sólo se puede escapar hacia adelante.

La Kashgaria es una región extremadamente árida pero situada en un lugar que durante centurias fue inmejorable como centro geográfico y de comunicaciones de la que fue la vía más transitada de la historia de la humanidad: la Ruta de la Seda.

Foto: Nómada

Conscientes de su importancia, los habitantes de la Kashgaria se especializaron sobre todo en dos actividades: la guerra y el comercio. Ya desde la Edad Media, en estas tierras sólo se podía ser soldado o mercader.

Soldado para luchar defendiéndose de invasores y bandoleros; mercader para continuar la tradición y la única forma de vida viable en aquellos páramos desérticos.

Foto: Nómada

También se especializaron en organizar y guiar caravanas por toda Asia Central, llegando a ejercer un auténtico monopolio sobre esta travesía hostil y llena de peligros.

En un escrito del año 600, un peregrino chino relataba que había atravesado estas tierras caminando junto a una caravana de 600 camellos cargados con más de 10.000 piezas de seda.

Foto: Nómada

Los habitantes de Kashgaria, así como los uzbekos y tadjikos, tenían una ventaja adicional sobre el resto de las regiones: poseían información.

Por sus tierras traficaban las caravanas en ambos sentidos, trayendo no sólo mercancías, sino datos muy valiosos que les proporcionaron gran poder.

Foto: Nómada

Es fácil valorar la importancia de la información, ya que un mercader no podía arriesgar su vida y todos sus bienes en un viaje del que, si todo iba bien, volvería después de tres años. De ahí que tratara de despejar todas las incertidumbres posibles.

Foto: Nómada

Al igual que ocurre hoy en día, los mercaderes necesitaban saber dónde se vendían las mercancías que buscaban y en qué lugar tenían los mejores precios para sus intereses, es decir, para comprar o para vender lo que transportaban.

Foto: Nómada

Hacia la ciudad imperial de Xi'an se comerciaba con productos provenientes de toda Eurasia: pimienta de la India, vajillas de plata mediterránea, alfombras persas, perfumes egipcios, especias árabes...

Foto: Nómada

En el camino de vuelta hacia sus tierras y hogares, los mercaderes comerciaban con brocados y sedas chinas, al igual que los chinos, que se dirigían hacia la Samarkanda uzbeka, Tadjikistan y Kirguizistán, buscando los míticos caballos celestes que, según la leyenda, sudaban sangre.

Foto: Nómada

Aventurarse en estas tierras suponía enfrentarse a una travesía cuajada de peligros: avalanchas, asaltadores de caminos, temperaturas extremas, enfermedades, accidentes... Por ello, la forma más segura de viajar era agregándose a una caravana.

Foto: Nómada

Nadie osaba hacer el viaje en solitario, pues era sabido que quien lo intentara jamás volvería a su hogar. En las hogueras, al anochecer, se juntaban mercaderes de diferentes tierras y relataban historias de cadáveres devorados por las bestias, mutilados por los bandidos o momificados bajo el ardiente sol del Gobi.

Foto: Nómada

Sin embargo, aquello no era lo que más temían; para ellos, el peor de los destinos era terminar demente, enloquecido por la soledad prolongada sobre las arenas del desierto. Todos conocían viajeros que habían acabado su vida viviendo en cuevas, con aspecto y mirada de animal, olvidando quiénes eran, de dónde venían y a qué familia o clan pertenecían.

Foto: Nómada

De ahí la enorme importancia que tuvieron ciudades como Kashgar, la capital de este vasto territorio, y Turpan, situadas en lejanos oasis; lugares para recuperarse física y anímicamente de los avatares padecidos y reunir fuerzas para continuar hasta el final de la terrible travesía.

Foto: Nómada

La información política también era un dato de gran interés, gracias al cual se podía conocer qué ruta era más segura o cuál se tenía que evitar por estar en guerra sus clanes.

A lo largo de la Ruta de la Seda se construyeron ciudades cuartel, como Gaochang o Jiahoé. En ellas se concentraban guarniciones del ejército del emperador chino para proteger a las caravanas.

Foto: Nómada

Estas ciudades fortaleza tuvieron una enorme importancia, ya que de ellas dependía la seguridad de una de las principales vías de comercio de China y la estabilidad de las fronteras. De hecho, Gaochang, fundada en el siglo VII, poseía una muralla de 12 metros de espesor rodeada de un foso de más de 6 kilómetros.

Jiahoé, fundada durante la dinastía Han, está mejor conservada que Gaochang, pese a haber sido aplastada por los ejércitos del guerrero más célebre de todos los tiempos: Gengis Khan.

Foto: Nómada

Hoy todavía es posible ver con cierta claridad sus calles y casas de barro desértico, así como pasear por la gran avenida que conduce hasta un monasterio donde quedan algunos restos de figuras de Buda que en su día fueron policromas.

Foto: Nómada

En la actualidad, la Ruta de la Seda agoniza con las últimas caravanas que la atraviesan. Hoy en día son muy pocas las reatas de camellos bactrianos que pueden verse bordeando las dunas.

Foto: Nómada

La economía neocapitalista y los nuevos tiempos mandan, de tal forma que los animales han sido sustituidos por enormes camiones que circulan por las nuevas carreteras que se están construyendo febrilmente por estas estepas, para dar salida hacia Asia Central al emergente comercio de productos chinos.

Foto: Nómada

Cuadrillas de mujeres y hombres pobremente vestidos, con mascarillas y guantes blancos de lana, pican desde el amanecer la estéril y reseca estepa, construyendo carreteras bajo unas condiciones meteorológicas hostiles.

Foto: Nómada
Foto: Nómada

Al anochecer, los trabajadores se retiran a unas vetustas tiendas de campaña o a construcciones que luego son abandonadas porque quedan cada vez más lejos de la zona de trabajo.

Foto: Nómada

Doce horas de pico y pala; doce horas acarreando piedras con las manos. Una a una. Y a mediodía, una taza de té y un cuenco de arroz entre sus manos callosas, duras como la madera.

Cuando no les ciega el sol lo hace el polvo, que también les inunda los pulmones. Muchos de ellos alcoholizados; casi todas esterilizadas.

Está claro que para este pueblo la vida nunca fue fácil.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican al menos una vez al mes, siempre los jueves y sin una periodicidad fija.

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