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Diario de un fotógrafo nómada

Kashgar: un paseo en imágenes por la ciudad de dos mil años

 
7
SEP 2006

En un remoto oasis, al borde del desierto del Taklamakán, emerge la legendaria ciudad de Kashgar. Mercados vibrantes, dédalos de calles que invitan a perderse en sus rincones, bazares milenarios, formas de vida medievales, diversidad étnica... Kashgar, exótica e inolvidable como ninguna.

Resulta imposible resumir en la tiranía de tan pequeño espacio todo lo que se ve y se vive en la ciudad de Kashgar, la madre de Asia Central. Una ciudad con más de dos mil años de historia que ha dado cobijo a pueblos de todo raza, lengua y religión.

Foto: Nómada

Un ejemplo de tolerancia para toda la humanidad, habitada sobre todo por uigures, tadjikos, uzbekos, kazajos, algunos kirguises y cada día más chinos desplazados de la etnia Han.

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Y para que a ninguna de estas etnias se le olvide quién manda, una enorme estatua de Mao Zedong preside una plaza muy similar a la de Tiananmen, en el mismo centro de la ciudad.

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Kashgar sería una ciudad tranquila, si no fuera por la actividad comercial que la ha hecho famosa desde la antigüedad. En cualquier esquina se compra, se vende, se cierra un trato, te arreglan los zapatos o te afeitan la barba.

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Felizmente, muchos de estos oficios todavía prosperan en Kashgar, ya que en las aldeas de la estepa y en las rutas de los nómadas es imposible encontrar a nadie que te corte el pelo, te clavetee las botas o te venda una cuchara de madera.

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Su Bazar es probablemente uno de los más antiguos y concurridos del mundo, un lugar donde se puede encontrar alfombras de todo Oriente, camisas para vestir el viernes en la mezquita, medias para ellas, etc.

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También se venden serpientes secas, astas de animales, ungüentos y centenares de remedios antiquísimos utilizados por la medicina tradicional uigur y china para aliviar todo tipo de dolencias.

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Todos los domingos se celebra el "mercado dominical", un verdadero espectáculo de imágenes y sonidos que hace retroceder al visitante hasta la Edad Media.

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Más de 50.000 personas se acercan desde las aldeas de la estepa y sus oasis para comprar, vender o cambiar sus animales y frutas.

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Una ciudad anclada en una forma de vida muy antigua. Es, probablemente, el último mercado medieval que todavía puede visitarse en este planeta.

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Al amanecer llegan los pastores al mercado con sus ovejas Bakhtiares o Karakul, famosas por su capacidad para almacenar grandes cantidades de grasa en la cola que les sirven de reserva en los inhóspitos parajes en los que ramonean.

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Además de abundante leche, estas famosas ovejas producen una lana áspera y larga, la mejor para la fabricación de alfombras.

También se ven ejemplares de ovejas del Himalaya y Cachemira, de cuya pequeña barba -únicamente- se obtiene la preciada lana con la que se fabrican las carísimas y exclusivas pashminas, tan codiciadas por las mujeres de todo el mundo.

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Es lógico que las pashminas auténticas (hay muchas de imitación) se coticen a precios tan altos, ya que se necesitan muchas barbas de oveja cachemir (es decir, muchas cabezas de ganado) para fabricar una sola pieza.

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Tratantes y pastores exponen el ganado y discuten con verdadero énfasis los precios de compraventa. A veces, parece que van a llegar a las manos. Puro teatro; son maestros en el arte del regateo.

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Después de acudir al mercado dominical, lo suyo es comer y descansar un rato. La comida uigur es realmente exquisita y muy variada. Uno puede degustarla en cualquier puesto de la calle y en algunos sencillos pero cómodos restaurantes, donde por menos de tres euros el comensal puede disfrutar de un verdadero festín para el paladar.

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Kashgar tiene dos partes bien definidas: la ciudad nueva y la Old City. La primera ha sido erigida bajo los criterios de la arquitectura del régimen comunista, donde la estética no existe.

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Por el contrario, la Old City, o ciudad antigua, fue levantada hace siglos por los mercaderes uigures siguiendo pautas diametralmente opuestas. Sus casas se construyeron primando la belleza y el preciosismo en sus fachadas, balcones y galerías.

Contemplar la hermosura de Kashgar era otro de los grandes alicientes de aquellas caravanas que llegaban exhaustas a sus puertas.

Foto: Nómada
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El gobierno de la República Popular China no demuestra ningún interés en conservar y restaurar las casas de la Old City. Sus miradores de bellos mosaicos y madera tallada y policromada se van derrumbando con el paso del tiempo y el olvido premeditado de las autoridades.

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Y en el centro de esta Ciudad Antigua, la mezquita de Id Kah, una de las más grandes del Lejano Oriente y visita obligada para todos los musulmanes de la región.

No obstante, en Kashgar existen más de 60 mezquitas, todas ellas de pequeño tamaño pero llenas de encanto, donde no ponen ningún reparo al visitante occidental (siempre que se descalce al entrar y la mujer vaya respetuosamente vestida con un pañuelo en la cabeza y las piernas y los brazos cubiertos).

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Dentro de la Old City se puede ver una colina, y sobre ella, un barrio lleno de casas-taller, la mayoría con más de 500 años de antigüedad.

Koziqiyabixi, que así se llama el lugar, es el barrio donde desde hace siglos los alfareros fabrican vasijas de cerámica. De hecho, Koziqiyabixi significa en el idioma uigur "la cerámica al borde del acantilado".

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Las calles son aquí un antiquísimo laberinto de piedra y adobe, y todas sus casas distribuyen en diferentes pisos el horno de alfarero, la exposición y venta de cerámica y el hogar familiar. En Koziqiyabixi toda la vida transcurre dentro de las paredes del hogar; una casa que va pasando de padres a hijos, de generación en generación desde hace 2.000 años.

Foto: Nómada
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Kashgar, hermosa, atemporal. Recorriendo sus calles y mercados no es difícil imaginarse las caravanas de camellos cargando telas, especias o perfumes para llevarlos al otro extremo del mundo conocido.

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Ante el deterioro y abandono de tan bella ciudad, el viajero no puede comprender el desdén de las autoridades chinas hacia estas tierras, sus moradores y sus culturas. Incomprensible actitud que volveremos a encontrarnos en otros lugares del país.

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La vieja Kashgar, la que fue la madre de todas las culturas, la joya que todos quisieron poseer, donde no hubo ejército ni caravana que no se emocionara acercándose a sus murallas.

Hoy, destartalada y olvidada, agoniza bajo la aparente indiferencia de la China Popular. Por aquí no ha pasado el milagro económico del gigante asiático. Quién sabe, tal vez sea el turismo -si llega- el único capaz de impedir que la hermosa Kashgar, sus gentes y su vieja y riquísima historia mueran en el olvido.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican al menos una vez al mes, siempre los jueves y sin una periodicidad fija.

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