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Diario de un fotógrafo nómada

Karakorum Highway: la carretera más audaz jamás construida

 
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ENE 2006

KKH, Karakorum Highway: sólo el nombre ya impresiona. 1.250 kilómetros que unen Rawalpindi y Kashgar, la ciudad caravanera de Asia Central, discurriendo paralela al Indo y al Hunza por un trazado extremo, la cordillera más alta del mundo.

Todavía no hace 25 años que se construyó y ya es una leyenda. La KKH atraviesa el techo del mundo, serpenteando entre las murallas del Karakorum, el Pamir, el Hindu Kush y, finalmente, el Himalaya.

Foto: Nómada
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Hasta hace menos de un siglo, nuestro planeta tenía algunas barreras naturales prácticamente infranqueables que hacían muy difícil la comunicación entre pueblos.

Así, el África Negra quedó aislada debido a que el Sahara era una frontera casi inexpugnable. Lo mismo sucedió con el inhóspito centro de Australia y sus aborígenes, incomunicados durante miles de años debido a la extrema aridez de la geografía que les rodea.

Foto: Nómada
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También la impenetrable selva amazónica o la lacandona de Chiapas han confinado culturas y tribus que todavía hoy en día siguen descubriéndose.

Alaska o la miríada de islas que salpican el Pacífico Sur son otros ejemplos de cómo muchos pueblos no han necesitado de puestos fronterizos. La naturaleza se ha ocupado de que nadie pasara.

Foto: Nómada
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En esta franja de Asia, la más abrupta y escarpada del planeta, el paisaje es un océano de cimas de más de 6.000 metros. Entre ellas destacan dos "ochomiles": el Nanga Parbat (8.125 metros) y el K2 (8.611), llamado Chogori por los baltíes que habitan aquellos valles.

Foto: Nómada
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De nuevo, nos encontramos ante una nueva frontera natural: una cordillera gigantesca termina donde empieza otra de proporciones colosales. Entre ellas sólo hay sitio para ríos turbulentos y pequeños valles de difícil acceso.

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Las aguas del Indo y sus afluentes se precipitan con extrema violencia encajonadas por gargantas resecas. En su loca carrera arrancan y transportan materiales y sedimentos glaciares que son los que le dan ese color marrón ceniciento.

Foto: Nómada
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Durante muchos siglos, la Ruta de la Seda se realizó atravesando este paisaje por un angosto camino lleno de peligros y penalidades.

Curvas cerradas sin apenas radio de giro, piso de tierra y cascotes, constantes corrimientos de tierras, desniveles inimaginables, frágiles puentes para cruzar ríos o para salvar el vacío entre pliegues de montañas formidables.

Foto: Nómada
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Para disponer de una vía de comunicación adaptada a las necesidades de los nuevos tiempos se decidió construir una carretera que facilitara el transporte de mercancías y el intercambio entre las repúblicas de Asia Central y el subcontinente.

Así nació la Karakorum Highway, un proyecto que costó 20 años realizar y que pagó la trágica factura de un trabajador muerto por cada kilómetro construido.

Foto: Nómada
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Es tal la magnitud de esta carretera que se dice que es la obra más colosal construida por el hombre después de las pirámides de Egipto.

Personalmente opino que así es: la KKH y la Gran Muralla china son comparables a las construcciones faraónicas, como muy pronto tendría ocasión de comprobar.

Foto: Nómada

Construida en medio de la orografía más adversa del planeta, la cantidad y dificultad de los accidentes geográficos, así como la meteorología, hacen que sólo se pueda circular por la KKH unos cuantos meses al año. En invierno permanece cerrada.

A pesar de todo, los desprendimientos y hundimientos son constantes y un peligro real para todo vehículo o persona que la recorre.

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Desde Rawalpindi, los primeros 200 kilómetros de la KKH van discurriendo a 1.000 metros de altitud entre prados y bosques.

A partir de ahí, la carretera empieza a ganar altura, los árboles y la vegetación van desapareciendo paulatinamente y el paisaje árido se adueña de todo lo que abarca la mirada.

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Mientras tanto, la KKH continúa retorciéndose entre laderas y torrentes, como una enorme cicatriz en las montañas, buscando pueblos como Dashu, una pequeña pero temida aldea donde sus habitantes tienen fama de estar locos y ser muy peligrosos, debido al intenso viento que azota a todas horas el poblado.

Foto: Nómada
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Paisajes y valles donde todo parece inmutable. Sus gentes recuerdan a aquellos personajes sacados de viejos libros de aventuras del siglo XIX.

Foto: Nómada
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A menudo se ven puestos de control militar, aunque la sensación que uno tiene es que el gobierno paquistaní no puede ejercer su autoridad en este territorio, sobre todo viendo los pobres soldados allí destinados y los escasos medios de disuasión de los que disponen.

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Esta zona tiene también una larga historia de bandidos y asaltadores de caravanas, así como un pasado no muy lejano de sangrientos enfrentamientos bélicos. Con esos antecedentes y las difusas fronteras con sus vecinos afganos, tadjikos, kazakos o kashmires es más fácil conseguir un Kalashnikov que un aparato de televisión.

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La carretera sigue serpenteando paralela al atormentado cauce del Indo. La terrible meteorología cambia en minutos. Hace un momento el sol abrasaba y de pronto negros nubarrones lo han cubierto todo. De entre las cimas llega una ventisca que lacera la piel. Es preciso enfundarse el forro polar de inmediato.

Foto: Nómada
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En medio de uno de los mil precarios puentes que vuelan sobre el Indo, me paro a contemplar el espectáculo de la naturaleza en su estado más salvaje. La nada abrazada por el Hindu Kush y el gran Indo.

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Rodeado de estas paredes infinitas, entre nubes y precipicios, con el atronador bramido de las aguas precipitándose bajo mis pies, siento todo el dramatismo de este paisaje. Un escalofrío recorre mi cuerpo y allí, enmudecido por la grandeza de la escena, doy gracias al cielo por tener la suerte de vivir ese momento.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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16 / FEB 2006
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