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La vuelta al mundo en 3.650 días

Caiçaras: hombres del mar

 
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MAY 2007

Lucena es un pequeño pueblo pesquero situado cerca de la ciudad de João Pessoa, en la costa de Brasil más cercana a África. Con un clima tropical y kilómetros de hermosas playas, los caiçaras -así se llama en Brasil a los pescadores mestizos descendientes de indios, negros y blancos- tienen que trabajar muy duro para poder sobrevivir en este paraíso.

Palmeras, sol, arena dorada y mar azul: el lugar idóneo para vivir, podríamos pensar al conocer Lucena, pero los caiçaras no lo tienen fácil. A pesar del ambiente idílico, les es difícil conseguir proporcionar unas condiciones dignas a sus familias.

La jornada de pesca se extiende desde las cuatro de la mañana hasta el mediodía. Organizados en grupos de seis hombres, utilizan una pequeña embarcación para meter en el mar un extremo de la red y llevarlo a otro punto cercano de la playa, cerrando un semicírculo.

Los caiçaras tiran simultáneamente de los dos cabos hasta recuperarla con lo que pueda traer dentro, principalmente peces pequeños y camarones (este delicioso crustáceo es su principal objetivo porque tiene un mayor precio). La operación se repite al menos una decena de veces durante toda la mañana.

Los más experimentados coordinan varios grupos o maniobran los pequeños botes que tienen que lanzarse contra las violentas olas para poder salir al mar. Los jóvenes aprendices se conforman con atender las órdenes y tirar con fuerza de la cuerda, como si de una competición de soka-tira contra el mar se tratase.

No es una pesca ecológicamente correcta. Las redes no sólo atrapan los peces y crustáceos que se buscan, sino que arrastran cantidad de algas con su microfauna marina y las huevas de los mismos peces, que pasarán a morir enseguida sobre la arena. A raíz de esto, las capturas van disminuyendo con el tiempo.

Estos hombres no son los poseedores de los pequeños botes ni de las redes que utilizan, y en contraprestación tienen que entregarle al dueño la mitad de las capturas.

Al final de la semana, después de trabajar duro de lunes a sábado, el equipo se reparte lo conseguido con la venta en el mercado local. A cada pescador no suele corresponder más de 50 reales, unos 18,5 euros por las seis jornadas de trabajo, 3 euros cada día.

Un grupo de mujeres ayuda a los pescadores a seleccionar las capturas. No son sus esposas; son mujeres del pueblo que vienen a por las sobras. Se llevan los peces que son demasiado pequeños para la venta y con ellos complementan la dieta familiar.

Algunos se cansan de trabajar tanto para conseguir tan poco. Los jóvenes, que cuentan con amplios conocimientos pasados de generación en generación sobre el lugar y su naturaleza, lo abandonan para emigrar a las grandes ciudades en búsqueda de un falso sueño.

Allí no conseguirán el estilo de vida que ven diariamente en las telenovelas de la televisión, sino que pasarán a acrecentar las abarrotadas favelas de los grandes centros urbanos como Río de Janeiro, São Paulo, Recife.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los más jóvenes suelen abandonar el lugar en búsqueda de un destino mejor -o al menos ésta es su esperanza.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El equipo prepara la red para sacarla al mar en el pequeño bote.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La profundidad no es mucha, y las varas son lo suficientemente largas para maniobrar la pequeña embarcación.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El momento más delicado es el encuentro con las olas.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El bote se aleja unos pocos cientos de metros mientras va soltando red y vuelve a la costa por otro lugar cercano.

Unos se quedan sujetando la red a un lado:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Y otros la recogen al otro. A partir de ahí, el trabajo consiste en tirar del cabo para ir acercando la red:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Se cierra el círculo. La abundancia de algas vuelve a la red mucho más pesada y dificulta la operación:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La relación entre los pescadores es buena. A pesar de la actividad, hay tiempo para charlar y hacer alguna broma.

Según estos hombres, la pesca es cada vez más escasa. Contaminación, sobreexplotación... estamos acabando con nuestra fuente de alimentación:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

El contenido de la red se deja sobre la arena para, a continuación, buscar las piezas escondidas entre las algas:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El camarón o la gamba es la captura más valorada.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
En la playa hay diferentes grupos trabajando. El traslado de uno a otro se hace en bicicleta.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Benteví es uno de los pescadores más experimentados de Lucena. Lleva en ello toda su vida.

La jornada no acaba con la pesca. Una red dura unos cinco años, pero hay que repararla permanentemente:

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Los artículos de la serie "La vuelta al mundo en 3650 días" se publican, normalmente, el tercer miércoles de cada mes.

La travesía de Eneko y Miyuki nos brinda la posibilidad de conocer la diversidad cultural y las bellezas de nuestro planeta en esta serie de artículos y a través de su página web acercandoelmundo.com.

Su proyecto también tiene carácter humanitario. Colaboran con la ONU y UNICEF en la difusión de la Campaña del Milenio, en la cual también os invitamos a participar.

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