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Raposa-Serra do Sol: la batalla ganada por los indios  

21
NOV 2007

Los ingredientes de esta historia parecen propios de una película del Oeste: indios, colonos, buscadores de oro, latifundistas, políticos corruptos, pistoleros... El desenlace en este territorio alejado y mal comunicado del resto de Brasil no podía ser otro: sangrientos conflictos por la tierra.

En el extremo norte de Brasil, lindando con Venezuela y la Guayana, se encuentra la Tierra Indígena Raposa-Serra do Sol, territorio de los pueblos ingarikó, makuxi, taurepang, patamona, areekuna y wapichana.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El río Surumú, uno de los muchos que recorren la región de Raposa-Serra do Sol.

Luís, misionero laico de la Consolata y buen amigo, nos había invitado a visitar el Centro Indígena de Formación y Cultura, con el objetivo de que conociésemos su trabajo y compartiéramos la experiencia del viaje con los alumnos.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Cartel colocado en el acceso a una de las comunidades indígenas: "Prohibida la entrada a coches de políticos que no lleguen para trabajar en salud o educación." Reacción lógica a las negativas experiencias vividas hasta ahora.

El viaje en coche lo hicimos con algunas precauciones: "No podemos llamar demasiado la atención; los extranjeros que colaboramos con los indígenas no estamos totalmente seguros en esta región", nos prevenía Luís en el momento de entrar en el área. Hace pocos años, tres misioneros fueron secuestrados por hombres al servicio de los arroceros latifundistas.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Raposa-Serra do Sol es una región de valles y montañas.

Esta región ha sido -y continúa siendo- un área de intensos conflictos entre los moradores autóctonos y los blancos que han llegado codiciando estas tierras "sin dueño", movidos por una percepción racista que no llega a considerar a los indígenas como personas.

Primero fueron los ganaderos, llegados desde el siglo XVIII; después los "garimpeiros" (buscadores de oro y diamantes), a finales de los años 70 del pasado siglo; los últimos en llegar, en la década de los 90, fueron los latifundistas productores de arroz, colectivos que no sólo han dispuesto de la tierra a su antojo, sino que también han tratado a sus moradores con permanente discriminación y violencia.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Ancianos makuxí regresan de un día de trabajo en la plantación.

La victoria que supuso la homologación de su territorio como Tierra Indígena por el gobierno federal en el año 2005 fue muy importante, pero parcial. Ganaderos y "garimpeiros" se retiraron, pero no así los arroceros.

Siete latifundistas se niegan aún a salir del territorio, tal como les obliga la ley, y continúan con sus actividades económicas disponiendo de grandes superficies de tierra fértil: nada más y nada menos que 15.000 hectáreas, el equivalente a unos 30.000 campos de fútbol.

En este contexto, miembros de la Misión de la Consolata crearon en 1996 el Centro Indígena de Formación y Cultura Raposa-Serra do Sol.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Un joven indígena posa delante del símbolo de la escuela: una tortuga frente a un arado y un libro. En él se puede leer "sabiduría, trabajo y paciencia" en las lenguas makuxí y wapichana, mayoritarias en la región.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los alumnos reciben formación en diversas técnicas agrarias y ganaderas.

Su estrategia es muy inteligente: las diversas comunidades de la región envían a uno o dos jóvenes para que, además de cursar la enseñanza media y aprender técnicas en agricultura, ganadería, fruticultura o piscicultura, entre otras, reciban la formación política que les permita ayudar a defender los intereses de la comunidad y construir su futuro.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Más importante incluso que la formación técnica es la política. Estos jóvenes indígenas necesitan aprender herramientas jurídicas y legales para poder defender los derechos e intereses de sus comunidades.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Luís les explica la enorme importancia de la Declaración de los Pueblos Indígenas, aprobada recientemente por las Naciones Unidas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Aunque todavía en menor número que sus compañeros, jóvenes mujeres indígenas también acuden a la escuela.

Se trata de una educación solidaria: no se prepara al joven -como en las escuelas que conocemos- para competir y sacar provecho personal en una economía de mercado, sino para que cuando regrese a su comunidad comparta con ella los conocimientos agrarios y ganaderos que ha adquirido y se convierta en un elemento importante de prosperidad para el colectivo.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Deusangela explica a varios adultos de su comunidad lo aprendido en la escuela para que mejoren las técnicas de producción.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los jóvenes mantienen una buena relación y conviven en estancias colectivas.

La convivencia en la escuela crea lazos de amistad entre estos jóvenes, futuros líderes indígenas de diferentes poblados y etnias. Quizás más adelante trabajen juntos para defender los derechos colectivos de todas las comunidades.

Es realmente emocionante escuchar a jóvenes makuxi, taurepang, patamona, wapichana, ye'kuana, wai wai... reunidos, discutiendo los problemas comunes y buscando juntos las soluciones.

Hace tiempo que los terratenientes percibieron el peligro que la escuela supone para sus intereses, y no han dudado en utilizar la violencia para intentar detener sus actividades.

El 6 de enero de 2004, un grupo de más de cien hombres armados y embriagados -blancos e indígenas a su servicio- llegaba a altas horas de la noche destrozando y saqueando todo lo que encontraba a su paso. Cuando por fin se retiraron, se llevaron por la fuerza a tres misioneros, a los que sólo liberaron tres días más tarde.

En septiembre de 2005, la escuela sufría un nuevo ataque, similar al anterior en las formas, pero con distinto objetivo.

Esta vez, en lugar de destruir, robar y secuestrar, la cuadrilla llegó con la gasolina necesaria para incendiarlo todo. Calcinaron las instalaciones de la misión, entre las que estaba un hospital que atendía a la región, con todo su contenido.

Así quedaba el dormitorio de la imagen anterior tras el ataque (imagen cedida por el Centro Indígena de Roraima)
Otra imagen del resultado del ataque (imagen cedida por el Centro Indígena de Roraima).
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El mismo lugar hace apenas unos días.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Una de las fachadas de la misión.

El golpe fue muy duro. En pocas horas, destruyeron lo que se había tardado décadas en levantar. La reacción no fue, como los atacantes esperaban, el cese de las clases y el abandono del lugar. A pesar de las dificultades, la dirección decidió continuar.

El premio vino poco después, cuando comenzó el curso siguiente y llegó el nuevo grupo de alumnos. En un claro gesto de apoyo a la escuela, las comunidades enviaban 30 nuevos alumnos, una decena más que el año anterior. En la actualidad, la escuela se recupera poco a poco y el número de estudiantes sigue creciendo. Ya son 60.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El grupo de alumnos más jóvenes del curso 2007.

A pesar de que quienes estaban en la misión aquella noche podrían reconocer fácilmente a los asaltantes, nadie ha sido detenido ni procesado. La impunidad es habitual en este estado brasileño, en el que políticos, jueces y policías favorecen tradicionalmente a los latifundistas.

Como parte de nuestra labor, siempre que visitamos un proyecto social, además de ofrecer una proyección cultural sobre el viaje, realizamos un reportaje fotográfico que ponemos a disposición de su dirección.

Cuando se lo ofrecimos a Edinaldo, el coordinador de la escuela, nos indicó que necesitaba unas imágenes del trabajo realizado por alumnos en Maturuca. Situado en la frontera con la Guayana, a 170 kilómetros de la escuela, es éste un lugar simbólico para la lucha indígena de la región. Hacia ahí nos dirigíamos al amanecer del día siguiente.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Dos jóvenes estudiantes acompañan a Edinaldo, coordinador y maestro de la escuela, en la parte trasera del camión.

Edinaldo nos contaba agradecido que el camión en el que viajábamos había sido una donación de Manos Unidas, y que lo habían podido recuperar más tarde de una grave avería gracias a una ayuda económica enviada por Survival España.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
A pesar de las condiciones del viaje, Miyuki disfruta de los agrestes paisajes.

Tras varias horas circulando por hermosos valles, nos acercamos a la comunidad indígena de Maturuca. Ahí distinguimos, entre cabañas, sus dos enormes malocas: grandes estructuras circulares de paja que sirven de techo para la celebración de asambleas y otros actos.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Entrada a la histórica comunidad de Maturuca con una de sus dos grandes malocas a la derecha.

La primera fue levantada para conmemorar los sucesos del 26 de abril de 1977. En aquella fecha, sus habitantes, con el apoyo de la Misión de la Consolata, en una asamblea que duró 12 horas ininterrumpidas, llegaron a la conclusión de que era la "cachaça", la bebida alcohólica que les suministraban los arroceros, colonos y "garimpeiros" lo que les anulaba.

Con la frase "Ou vai ou racha" ("O funciona o acabamos"), tomaron la decisión de rechazar el alcohol, volver a su estilo de vida tradicional y luchar contra la explotación, la miseria y la violencia que su pueblo venía sufriendo. Comenzaban a construir su libertad.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Una pared recuerda la decisión colectiva, con un dibujo en el que un machete rompe una botella.

Era el comienzo del fin. Otras comunidades siguieron el ejemplo y fueron sumándose a Maturuca.

Casi tres décadas de trabajo y lucha constantes -no carentes de violencia y sufrimiento- lograron su fruto: el gobierno de Lula da Silva, el 15 de abril de 2005, homologaba su territorio como Tierra Indígena, devolviéndoles sus plenos derechos.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La maloca más grande conmemora la decisión de 2005 del gobierno brasileño.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Un monumento recuerda la homologación de Raposa-Serra do Sol como Tierra Indígena.

Es probable que la victoria se complete en un futuro próximo, cuando la policía federal expulse a los últimos arroceros y los pueblos indígenas de la Tierra Indígena Raposa-Serra do Sol puedan terminar de ser por fin libres en su propia tierra.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Los artículos de la serie "La vuelta al mundo en 3650 días" se publican, normalmente, el tercer miércoles de cada mes.

La travesía de Eneko y Miyuki nos brinda la posibilidad de conocer la diversidad cultural y las bellezas de nuestro planeta en esta serie de artículos y a través de su página web acercandoelmundo.com.

Su proyecto también tiene carácter humanitario. Colaboran con la ONU y UNICEF en la difusión de la Campaña del Milenio, en la cual también os invitamos a participar.

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