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Diario de un fotógrafo nómada

La India del Norte: el país de los mahrajás y las ciudades de colores

 
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JUN 2005

Comenzaba este diario de viaje diciendo que la India es el lugar donde todo es posible. Hoy llega el momento de partir y, sentado en el avión, trato de poner un poco de orden en mis notas, revueltas y embriagadas por las sensaciones que me han rodeado durante estas semanas.

Sí, es el momento de volver a casa. Me espera un largo vuelo, y qué mejor que matar el tiempo leyendo o escribiendo. Voy pasando las hojas del diario y releyendo distraídamente las notas que he ido añadiendo allá por los sitios donde pasaba.

Foto: Nómada
Foto: Nómada

Lugares como Jaisalmer, la ciudad dorada del desierto, que se hizo importante por encontrarse en la encrucijada de las caravanas que atravesaban esta ruta comerciando con sal, piedras y metales preciosos, especias, sedas...

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Ciudad dorada porque la arenisca de sus casas brilla bajo el implacable sol que la atormenta todos los días del año. En sus calles, suntuosas havelis, las casas de los comerciantes ricos, cuyas primorosas fachadas y miradores son la imagen y el orgullo de la India.

Foto: Nómada

Callejas repletas de gitanas, bishnois y otras etnias nómadas del desierto del Thar cuyas costumbres, normas de convivencia y respeto a la naturaleza me hicieron sentir que mi pueblo y mi cultura era los subdesarrollados, y no ellos...

Foto: Nómada

Los templos de Bikaner, donde se adora a las ratas y se bebe el agua de la misma escudilla donde ellas se han bañado, y si te sientas, empiezan a corretear por todo tu cuerpo haciéndote cosquillas en la nuca con sus enormes bigotes o arañándote en las piernas con sus pequeñas garras.

Foto: Nómada

La ciudad rosa de Jaipur, en algunas zonas insoportable para el viajero por el acoso de los vendedores de cualquier cosa, pero un lugar lleno de encanto y misterio, pues el mahrajá que la mandó construir la había imaginado en sueños y su obra la dirigió un sacerdote conocedor de la arquitectura sagrada, diseñándola con nueve barrios, el número esotérico de la astronomía hindú.

Foto: Nómada

Jaipur, asfixiante, abarrotada de gente, con sus calles desbordadas por el fluir de vetustas motos, rickshaws, vacas, elefantes, carros tirados por burros o caballos, sinfonía caótica de claxons y timbres de bicicletas...

Foto: Nómada
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La ciudad blanca de Udaipur, auténtica joya de este país. Quintaesencia del refinamiento de los mahrajás que mandaron construir sus palacios alrededor del lago, entre verdes colinas y frondosos bosques.

Foto: Nómada
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Mahrajás que hoy en día no gozan apenas de privilegios ni poder político, y se han reconvertido, gracias a la labor de Indira Ghandi, en custodios de los tesoros de sus palacios y fuertes, una nueva fuente de riqueza para ellos y para el país, pues visitar estos lugares de leyenda es un excelente atractivo para el turismo.

Foto: Nómada
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La ciudad azul de Jodhpur, que toma ese apodo de las paredes de las casas de los brahmanes, pintadas de añil para que todo el mundo sepa que allí vive una familia de la casta superior.

Foto: Nómada

Famosa por el más formidable fuerte jamás construido en la tierra de los rajputs: Meherangarh (el Majestuoso), que alberga entre otras fastuosas riquezas, una increíble colección de monturas de elefante y de palanquines reales donde se transportaba al mahrajá o a su mujer.

Foto: Nómada

Y Pushkar, la pequeña ciudad celeste que rodea el lago en el que cayó una lágrima de Shiva, donde una vez al año, en luna llena, se celebra la feria de camellos, elefantes y caballos más importante del mundo, a la que llegan caravanas de todo Oriente a vender y comprar, desplegando un universo de lenguas, tradiciones y culturas que embelesa al viajero más avezado.

Foto: Nómada

Pequeña y encantadora ciudad donde deambulan shadus: "Dame algo, que soy un santo...", y gitanas de mirada embriagadora: "Cómprame esta tobillera, es de plata, para tu novia...", "No, no tengo novia", "Pues para tu madre...", "Tampoco tengo madre", "Pues regálamela a mí...".

Foto: Nómada

Por fin aparecen las últimas páginas en blanco de mi diario. Voy a escribir, pero antes me recreo en mis recuerdos; abato el respaldo de mi asiento, me recuesto y cierro los ojos.

Foto: Nómada

A mi cabeza vienen ciudades de colores, turbantes de colores, saris de colores, elefantes enjaezados de colores, harapos de colores, rosarios de flores de colores, polvos para la frente de colores... un festival lleno de mensajes, como si la alegría y la esperanza de esta maravillosa gente residiera en los colores.

Foto: Nómada

De pronto, un murmullo me hace abrir los ojos. Veo que los pasajeros hacen señales hacia las ventanillas de mi lado. Miro y, sorprendido, veo que se ha formado un arco iris a lo lejos.

¿De qué otra forma mejor podía despedirse de mí la India? Vuelvo a cerrar los ojos y, sonriendo, me dejo llevar por el sueño.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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