• La India: buscando la ciudad perdida de Shangri Lá
  • La India: una hermosa historia de amor guardada en un joyero
Diario de un fotógrafo nómada

La India: del cielo al infierno, pasando por la ciudad sagrada del Ganges

 
21
ABR 2005

No es posible hablar de la India sin citar a Ganga, así llamado por los hindúes. Cuentan que en un principio el Ganges fluía por el cielo, pero el rey Bhagarathi le pidió que bajara a la tierra para lavar las cenizas de sus antepasados. Ganga quiso complacerle, y para no aplastar al pueblo en su caída, se dejó deslizar suavemente por la ensortijada cabellera de Shiva.

El Ganges nace en una remota cueva helada, allá arriba, casi en el cielo. Joven y ansioso de aventuras, baja tumultuoso -agua cenicienta, espuma blanca- por los escarpados contrafuertes del Himalaya. Sabe que le espera un largo viaje hasta el Golfo de Bengala donde se hará mar.

Casi 3.000 kilómetros repletos de mil paisajes, músicas, historias y, sobre todo, gentes que vendrán a adorarle a lo largo de su recorrido, pero de manera especial a su paso por la ciudad de Shiva, la eterna Varanasi (Benarés).

Foto: Nómada

Acabo de llegar en tren a la más antigua y sagrada ciudad de la India, y cuando bajo del vagón las sensaciones se agolpan en mi cabeza y me estremezco. Varanasi, agobiante y agobiada, ofrece hospitalidad a millares de peregrinos que a diario llegan hasta sus puertas para beber agua del Ganges o bañarse en él para obtener la redención de sus vidas.

Foto: Nómada

Tendidos por andenes y estación, cuerpos de gentes de toda condición social: enfermos, personas con mutilaciones inhumanas o crueles deformaciones y ancianos agonizantes que han realizado un viaje extenuante, unos a pie, otros hacinados en viejos trenes, para despedirse en brazos de la Madre Ganga.

Como ocurre en la selva, cuando el viejo elefante, sabiéndose morir, se separa de la manada y se va, solo, en busca de su último destino, en la India muchos ancianos reservan sus últimas fuerzas para hacer el único viaje. El último viaje, pues Shiva les ha dicho que si mueren a orillas del Ganges, si sus cuerpos son incinerados y sus cenizas se dispersan en sus aguas, quedarán liberados del samsara (ciclo de la reencarnación) y conocerán finalmente el paraíso: el Nirvana.

Foto: Nómada

Aquí los perros son despreciados, nadie los cuida y viven abandonados a su suerte, alimentándose de lo que consiguen hurgando entre las basuras y excrementos de las vacas. Esto es normal, porque en la India todo el mundo sabe que los ladrones cuando mueren se reencarnan en forma de perro.

Foto: Nómada

No hay nada que un hinduista tema más que dar un paso atrás en su siguiente reencarnación, porque, ¿qué pasaría si se reencarnara en un intocable? Eso no debe suceder, por eso el sueño de todos ellos es morir aquí, en esta orilla, y así completar el círculo de la reencarnación.

Foto: Nómada

Camino por la zona más antigua de Varanasi acercándome al Ganges. El tumulto de gente cada vez es mayor. Las calles son un hervidero donde los comerciantes gritan las bondades de sus precios, los músicos pelean por ser oídos y las mujeres con sus proles caminan agrupadas parloteando sin cesar. Todo acompañado de una sinfonía de timbres de rickshaws y bicicletas herrumbrosas.

Foto: Nómada

Me siento excitado. Estoy a punto de ver al que tantas historias y sueños ha inspirado, al que tiene el poder de la vida y la llave del Nirvana... ¡sí, creo que ahí está! Acelero el paso, ya lo veo: al final de una corta callejuela aparece el Ganges.

Entre curiosos y santones llego hasta una escalinata de mármol dividida en zonas o gaths. Camino de uno a otro y observo que todos tienen una actividad diferente. En uno rezan los brahmanes, en otro lavan las ropas, más allá hay gente haciendo abluciones sumergiéndose, recogiendo agua con sus manos y elevándola al cielo en oración, en otro se cepillan los dientes y se bañan. En los últimos veo salir columnas de humo: son los crematorios.

Para acercarme a ellos debo pasar por oscuros pasadizos que me hacen dudar de seguir, pues voy sorteando cadáveres y mendigos esqueléticos que piden la última limosna con la que pagarse la leña que los quemará en esa deseada forma de morir.

Foto: Nómada

Mientras, los familiares hacen cola para incinerar a sus seres queridos. Curiosamente no muestran pena, sólo respeto, silencio y una rara expresión que no acierto a traducir. Apartada, una mujer llora, tal vez es la viuda, que sabe que ya nadie la mantendrá...

El aire está enrarecido, la humedad y el calor crean una atmósfera espesa, acre. Huele a muerte, a carne quemada, a humo cargado de negro hollín. En la orilla del gath dos piras arden sin cesar. Entre los maderos, unos cuerpos cubiertos por sencillos sudarios crepitan entre las llamas. Algún miembro parece moverse...

Foto: Nómada

Y cuando el fuego comienza a extinguirse, los sepultureros, sin dar tiempo a que el cadáver se consuma, recogen las cenizas y los restos de pies o cabezas sin quemar y los arrojan al Ganges. Son muchos los cadáveres que esperan y muy pocas las piras. La corriente arrastra extremidades y cuerpos medio quemados que, río abajo, servirán de alimento para los cocodrilos y cuervos del cauce.

Estoy impresionado y me corre un sudor frío por la espalda. Parece que el Ganges se da cuenta y me manda una suave brisa desde la otra orilla. Me reconforta. Muy cerca, veo el cadáver de un hombre joven; lleva una cuerda al cuello para tirar de ella y rescatar el cuerpo en caso de que caiga al río al colocarlo en la hoguera.

Foto: Nómada

Saco la cámara de fotos y disparo. Pero ese "clic" suena como un estruendo en mi cabeza. Reflexiono... No, no debo fotografiar. No puedo profanar la intimidad de un cuerpo que acaba de dejar la vida. Me siento mal.

Guardo mi cámara en la mochila y en ese acto noto que una mano me toca el brazo. Una niña de enormes ojos negros me dice que las fotos están prohibidas. Lleva una cesta de mimbre llena de pequeñas ofrendas florales con una diminuta vela entre los pétalos. Le compro una y me dice que encienda la vela y deposite la ofrenda sobre las aguas del Ganges, como lo hacen las personas que allí están.

Foto: Nómada

Así lo hago. Descalzo y con los pantalones remangados entro en el río y la suelto. Está anocheciendo y la veo alejarse lentamente, meciendo su llamita temblorosa junto a otras, hasta convertirse en puntos de luz.

El río que nació en el cielo se ha llevado mi ofrenda camino del infierno, el lugar más miserable y caótico de la tierra, Calcuta, para después llegar al mar y alcanzar la iluminación eterna.

Foto: Nómada

La niña sigue allí, a mi lado. En su inglés de escuela primaria me pregunta si soy cristiano. Le miro y tras un momento de duda balbuceo un breve "sí" que me cuesta pronunciar... Con un gesto de incomprensión me dice que por qué amo sólo a un dios, que ella le quiere al río y al sol, y a las montañas que se ven en el horizonte... ¿Acaso no son dioses también? Y yo no sé qué responder.

Esa noche sueño que una diosa en forma de niña viene a darme la bienvenida al Ganges. Una niña de enormes ojos negros que huele a flores.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie"Diario de un fotógrafo nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar