Opinión

Hacienda somos varios

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16
FEB 2016

Los autónomos pertenecemos a una tipología de animal asustadizo. Un híbrido entre una hiena sin sentido del humor y un topo con inquietudes existenciales. La vida del emprendedor es un continuo sobresalto, y acabas desarrollando lo que vendría a ser estrés postraumático pero sin el pos. O sea que cada vez que el cartero me trae un certificado me pongo a temblar.

Normalmente son notificaciones, sanciones, recargos, tributos. Coacciones diversas. La vida del fotógrafo autónomo ya es bastante complicada como para irse acordando de las declaraciones trimestrales del IVA y demás mordidas, de modo que mi relación con la Agencia Tributaria está trufada de estas mezquindades, de rencores innobles. Que si te has olvidado de entregar la declaración, que si me la has traído tarde, que si te has equivocado con las casillas del estimado y el devengo.

La vida del fotógrafo autónomo es un continuo sobresalto, y acabas desarrollando lo que vendría a ser estrés postraumático pero sin el pos

En esta ocasión se trataba de una discrepancia menor sobre los gastos deducibles, nada importante. Eso sí, en un tono de amenaza cortés que haría las delicias de Tony Soprano, me conminaban al pago de cierta cantidad en un plazo breve de tiempo si no me quería ver sometido a vejaciones y tribulaciones que no vienen a cuento. Tenía derecho a presentar alegaciones, blablabla, etcétera, etcétera, atentamente, que te den.

Si quieres ejercer como fotógrafo debes aprender a aceptar sin rechistar los dardos penetrantes que te lanza la cruel fortuna, pero incluso los más pusilánimes tenemos un momento heroico en que decidimos oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia (ahí he tirado de Hamlet). Más vale morir de pie, me dije. Cogiendo aire, entré en el siniestro cuchitril de Hacienda, cogí el papelito de mi turno y me dispuse a esperar.

Pasé mi tiempo observando al resto de infelices que por allí corrían como los condenados del cuadro del Bosco y preparando mentalmente un alegato feroz y corrosivo. De sobras sabía que no iba a servir de nada, pero me consolaba pensar que, al menos, vendería cara mi derrota haciéndole pasar un mal rato al funcionario de turno, humillándolo con la dignidad de los derrotados, haciéndole saber que prefería morir de pie que vivir de rodillas. En estos pensamientos andaba cuando me tocó el turno. Me dirigí a la mesa asignada a las cosas del IVA con paso firme, me senté... y me quedé en blanco.

No sé si les ha pasado, pero uno es sensible a la belleza en estado puro. En este caso era un regalo de los dioses. Un prodigio de la evolución que me miraba con unos ojos que brillaban con la inocencia de la juventud y sonreía al tiempo que se interesaba por mi caso. - Así que es usted fotógrafo. ¡Qué interesante! Me encaaaanta la fotografía.

- Ah, ¿sí? -fue todo cuanto acerté a decir.


- ¡Síííí! Tengo una Nikon D300 y estoy aprendiendo, pero mi novio siempre dice que hago unas fotos muy buenas.

Me dirigió una mirada de arrobada admiración esperando algún comentario. Por algún motivo absurdo me molestó la mención al novio. Siguió hablando un rato más, pero soy incapaz de recordar nada. Solo sé que mi protesta había quedado olvidada hacía rato, y que por alguna razón me estaba explicando que se casaba al cabo de seis meses y que le haría taaaan feliz si yo pudiera hacer las fotos en su boda.

Acepté, naturalmente, e incluso nos pusimos de acuerdo en el precio sin problemas. Nos dimos la mano para sellar el acuerdo, y con su inefable inocencia celestial dijo aquello:

- Sin IVA, claro.

No fui capaz de responder. Tal vez se tratara de una broma especialmente cruel. De una cámara oculta. Intenté pensar, pero mi cerebro había entrado en un bucle del que no ha salido todavía. Y la boda es el mes que viene.


Acaba de llamar el cartero.

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