Opinión

Guerra, fotoperiodismo y gloria

40
25
FEB 2016

En todo el tiempo que llevo en esto del fotoperiodismo he visto llover ataques -la mayoría gratuitos- a la profesión desde todos los ángulos posibles. Y casi siempre su semilla es la ignorancia y el desconocimiento de la profesión. Internet -y el cajón de sastre que son muchos foros- es un terreno abonado a este tipo de observaciones.

Que si los fotoperiodistas trabajan para ganar premios. Que si se aprovechan de las desgracias ajenas para obtener reconocimiento. Que si esto es puro morbo. Profundas reflexiones en voz alta que suelen oírse también durante la visita guiada a la muestra itinerante de estos premios. Visita que doy anualmente en Barcelona, y reflexiones a las que no puedo evitar responder.

Es difícil reprimirse ante las acusaciones de supuesta falta de moral -incluso de ética- que algunos vierten contra compañeros fotoperiodistas. A veces porque la propia imagen revela el peligro que ha entrañado hacerla. Otras porque, tras entrevistar al autor de la misma, sabemos de primera mano las circunstancias en las que se hizo. Y otras veces porque uno conoce de primera mano las motivaciones personales que llevaron a un fotógrafo al conflicto en cuestión. O desastre natural o humanitario, que para el caso es lo mismo.

Los fotógrafos más susceptibles de llevarse las críticas de un puñado de ignorantes son irónicamente los que se juegan el pellejo en la guerra y otros conflictos armados. No todas las historias deben mostrarse con sangre y cadáveres. La muerte y la destrucción pueden insinuarse sin recurrir a imágenes explícitas, como la que le dio el World Press Photo 2008 a Tim Hetherington y que explica muy bien la sinrazón de la guerra con una buena dosis de sutilidad.

Los fotógrafos más susceptibles de llevarse las críticas de un puñado de ignorantes son los que se juegan el pellejo en la guerra y otros conflictos

Pero también hay fotografías muy duras tomadas desde el más absoluto respeto por las víctimas y que nos sacuden la conciencia. Basta con recordar el padre destrozado por la muerte de su hijo en Alepo que fotografió Manu Brabo. Imágenes de hechos reprobables que también son necesarias.

Foto: Tim Hetherington

Intuyo que Hetherington no buscaba la gloria en la que sería su última cobertura en Libia en abril de 2011. Imagino que poca gloria debió hallar Brabo durante su larga retención, precisamente por esas fechas, a manos de las tropas de Gadafi. Ambos fueron para vivir la historia de primera mano y contarla al mundo con honradez. No en busca de gloria. “Yo no trabajo para ganar premios”, nos decía Samuel Aranda tras ganar el World Press Photo.

No hay gloria en permanecer durante horas agazapado tras unos matorrales junto a un alambre de espino, presenciando cómo un padre que ha dejado todo atrás entrega a su hijo de pocos meses a través de una valla sin saber muy bien qué le espera al otro lado. Tampoco la hay en aguantarle la mirada a un niño de cinco o seis años frente al campamento de refugiados de Presevo y que parece decirte: “No sé muy bien lo que está ocurriendo aquí, pero no es nada bueno.”

Está claro que también existen periodistas sin escrúpulos. El pasado julio en Srebrenica, mientras fotografiaba -respetando la distancia que intuía necesaria para la ocasión- a una mujer que lloraba la muerte de su hijo hace 20 años, un presentador local la arrancaba literalmente de los brazos de su cuñada para entrevistarla junto al féretro. Pero esa actitud es excepcional entre periodistas.

Foto: Ivan Sánchez

A todo ello hay que añadir el estado en que se encuentra la profesión, con sueldos irrisorios que a menudo no cubren ni los gastos (y eso si se llega a publicar).

Consuela en cierto modo pensar que estos comentarios llegan desde el desconocimiento de este oficio. Amargan menos si somos conscientes de que la inmensa mayoría de periodistas se mueven por cuestiones morales, por empatía hacia las víctimas, por la noble voluntad de dar voz a los que no la tienen, de contar las historias de los más desfavorecidos e incluso de arrojar una luz de esperanza sobre un gran número de injusticias.

Ilusiona saber que en las bases del fotoperiodismo, entre quienes bregan y sufren cada foto, no hay ni rastro de esas supuestas ansias de gloria.

40
Comentarios
Cargando comentarios