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Rescate cultural en la Guajira venezolana  

16
ABR 2008

Una de las tareas más interesantes y placenteras que venimos realizando durante nuestro viaje en bicicleta alrededor del mundo es la de colaborar con UNICEF. Recientemente hemos visitado dos de los proyectos apoyados por esta organización en la Guajira venezolana, una península semidesértica compartida con Colombia que entra en aguas caribeñas y recibe el empuje de los vientos alisios y la brisa del mar.

El primer proyecto de los que hemos visitado en la Guajira está relacionado con el pueblo indígena wayúu (también llamado guajiro, aunque no tiene nada que ver con el mismo término utilizado en Cuba para referirse a los campesinos), una rama de los arawak, quienes llegaron a esta parte de Sudamérica y el Caribe siglo y medio antes de nuestra era.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Pescadores salen al mar Caribe en la península de la Guajira.

Antiguamente se dedicaban a la caza, la pesca y la recolección, y vivían en churuatas, unas enormes cabañas circulares que daban cobijo a toda una comunidad.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La persona de contacto y responsable del proyecto es Renilda, una afable mujer que pertenece a la Red de Mujeres Wayúu. El grupo trabaja activamente en la defensa de su cultura original

Los wayúu, favorecidos por lo inhóspito de su territorio, resistieron a la conquista española y sólo fueron dominados tardíamente, cuando ya Colombia y Venezuela habían conseguido su independencia.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El proyecto visitado consiste en la construcción de un centro comunitario en Carboncito, una pequeña localidad situada cerca de la costa del mar Caribe, que servirá para el desarrollo cultural wayúu.

A medida que los colonizadores llegaban, los indígenas iban siendo expulsados de los terrenos más fértiles y las áreas de caza para pasar a ocupar las tierras más improductivas y dedicarse al pastoreo, sobre todo caprino pero también vacuno.

Actualmente, los wayúu son el pueblo indígena más numeroso de Venezuela y Colombia, sobrepasando en total el medio millón de personas.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El nuevo edificio construido con fondos de UNICEF es más seguro y duradero que el que ha venido utilizándose, destruido por una tormenta. Ender González es un arquitecto que colabora voluntariamente con el proyecto.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La edificación será utilizada para fomentar la cultura original del pueblo wayúu, especialmente entre los niños, algo fundamental para reforzar su identidad y autoestima.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
En la imagen, las personas que llevan adelante el proyecto: Lery, Renilda, Ender, Raquelina y Janira. Las mujeres portan el vestido típico wayúu.

A pesar de las influencias foráneas, todavía se comunican mayormente en su lengua original y mantienen muchas de sus costumbres, además de la estructura tradicional de su sociedad.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Raquelina comenzó por su cuenta. Veía que las costumbres y tradiciones propias de su cultura comenzaban a perderse y tuvo la iniciativa de transmitirlas voluntariamente a los pequeños de los alrededores. Más tarde se organizó con la Red de Mujeres Wayúu y fueron apoyados por UNICEF.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Adriana ejercerá de puente cultural entre sus antepasados wayúu y los pequeños, compartiendo con ellos las historias tradicionales que le fueron contadas por sus abuelos.

Ésta se organiza en clanes matrilineales (que siguen la línea materna) llamados eiruku, bajo la autoridad del apushi, el tío materno más anciano. Los conflictos entre diferentes clanes son resueltos por el putchipu, el "portador de la palabra", una especie de juez moral.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los tejidos wayúu son una parte fundamental de su cultura. Janira muestra con orgullo los trabajos realizados por los niños en las clases.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Entre los wayúu, la mujer es símbolo de respeto y unidad.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los niños serán los principales beneficiarios del nuevo centro cultural que está a punto de terminarse.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los clanes familiares son muy extensos y todavía se mantiene la transmisión cultural de forma oral.

El otro proyecto apoyado por UNICEF que hemos visitado en esta región de la Guajira también está relacionado con un pueblo arawak, los añú o paraujanos, que con unas 20.000 personas conforman el segundo grupo indígena en población de Venezuela.

Aproximadamente una tercera parte de ellos vive en la laguna de Sinamaica, un hermoso paraje localizado en la costa, a unos 50 kilómetros al norte de Maracaibo, la capital del estado del Zulia.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Los palafitos de madera en los que todavía viven son muy parecidos a los que Alonso de Ojeda y Américo Vespuccio encontraron en este mismo sitio hace 500 años. El lugar les evocó a Venecia, y a partir de entonces primero la región y después el país serían denominados para siempre "Venezuela".

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

El proyecto que conocimos aquí también está relacionado con la defensa de la cultura autóctona, fundamentalmente del idioma. A diferencia del wayúu, que ha resistido el avance del castellano y todavía se mantiene con fuerza, el añú se encuentra en un estado crítico.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Algunas de las casas se construyen con otros materiales más resistentes.

El principal promotor del proyecto de revitalización de la lengua añú es un indígena de la etnia wayúu. Se trata de Alí Fernández, director del Departamento Socioantropológico de la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia, un experto en la materia.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Alí Fernández, junto a una de las últimas ancianas hablantes de la lengua añú.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Se lucha contra el reloj para recuperar un bagaje lingüístico y cultural único y transmitirlo a las generaciones venideras.

Alí nos resume el estado de las cosas: "Las tradiciones todavía continúan; el niño añú se convertirá en pescador como su padre y la niña continuará recogiendo la enea [la paja que se usa en la construcción de los palafitos donde viven] como lo hace su madre, pero la pérdida de la lengua es irreversible."

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Un pescador de la laguna lanza la red.

En 1999, cuando tan sólo quedaban ocho hablantes de añú -ya muy ancianos- y ante el inminente peligro de que la lengua desapareciera, se creó con la ayuda de la Universidad del Zulia, del Centro Cultural Paraujano y de UNICEF un equipo de "promotores culturales".

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Una de las dos escuelas con las que cuenta la población de la laguna.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La escuela se encuentra levantada sobre pilares para evitar las periódicas inundaciones. Los niños entran a clase.

El grupo, compuesto por personas de esta misma etnia, se dedicó a recuperar palabras, testimonios e historias para impedir que se perdieran para siempre. Gracias a su trabajo, pudieron salvarse más de 3.000 palabras.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Varios alumnos posan junto a un cartel que da la bienvenida en su lengua indígena.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Una de las maestras que enseña la lengua añú, acompañada de dos alumnas.

La recuperación de ese bagaje cultural ha permitido formar a varias maestras que en estos momentos dan clases de añú en las dos escuelas de la comunidad de Sinamaica.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Este mural muestra cómo ven los niños su entorno de la laguna. Como reza la denominación de la escuela, es bolivariana, intercultural y bilingüe.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Exterior de dos aulas dedicadas a los más pequeños.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los niños añú no son muy tímidos, y no tardan en mostrarnos su alegría y simpatía.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Aunque también hay quien es más vergonzosa.

Ahora los niños van poco a poco recuperando el idioma, y serán los encargados de devolverlo a sus hogares. Después de muchos años, sus mayores ya empiezan a escucharlo de nuevo gracias a ellos.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La segunda escuela de la comunidad fue construida con ayuda económica de UNICEF.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Como no podía ser de otra manera en Sinamaica, cuando acaban las clases los niños son devueltos a casa en la barca-bus.

Los artículos de la serie "La vuelta al mundo en 3650 días" se publican, normalmente, el tercer miércoles de cada mes.

La travesía de Eneko y Miyuki nos brinda la posibilidad de conocer la diversidad cultural y las bellezas de nuestro planeta en esta serie de artículos y a través de su página web acercandoelmundo.com.

Su proyecto también tiene carácter humanitario. Colaboran con la ONU y UNICEF en la difusión de la Campaña del Milenio, en la cual también os invitamos a participar.

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