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Fuendetodos y Belchite: luces y sombras del ser humano

 
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ENE 2008

Al sur de la ciudad de Zaragoza y separados por 19 escasos kilómetros, dos pueblos son testigos de la grandeza y la miseria del hombre: Fuendetodos, el pueblo que vio nacer a Francisco de Goya; Belchite, el zarpazo de una guerra entre hermanos y vecinos. La cara y la cruz en una dura tierra que nunca ha regalado nada a sus esforzadas gentes.

Es invierno y la tierra reposa. Aquí, en la comarca del Campo de Cariñena, los viñedos duermen a la espera de la próxima primavera y las flores de los almendros dan el único tono de color a una estepa encogida por la baja temperatura.

Foto: Nómada
Almendros en flor en los alrededores de Fuendetodos.

Esta zona, próxima a la desértica comarca de los Monegros, está salpicada de esos pequeños y humildes pueblos donde todavía se oyen los gallos al amanecer y el tiempo se detuvo el día en que se estropeó el viejo reloj de la torre de sus iglesias.

En medio de este ocre paisaje perfumado de tomillo y romero se levanta Fuendetodos, un apacible pueblo de calles empedradas y pasado mudéjar en muchos de sus rincones.

Foto: Nómada
Un rincón de Fuendetodos.

Una iglesia construida en la posguerra y las ruinas de un castillo árabe acompañan en importancia al que sin duda es el edificio más carismático de la villa: la casa natal de Francisco José de Goya y Lucientes.

Foto: Nómada
La calle principal; al fondo, la iglesia.

La casa pasaría desapercibida si no fuera por una placa de mármol colocada en su fachada, encargada por su más ferviente admirador, el pintor Ignacio Zuloaga. Él fue quien la descubrió, identificó y se desvivió por conservarla.

Foto: Nómada
Casa natal de Goya. Sólo una placa la distingue del resto.

Durante la Guerra Civil esta casa fue asaltada y saqueada, pero posteriormente volvió a ser reconstruida y reamueblada para recuperar el ambiente de la época en la que fue habitada por el célebre pintor y grabador.

Foto: Nómada
El hogar donde Goya se calentaba en las gélidas noches aragonesas.

En la sencilla casa todavía pueden verse las alcobas, la cocina con su fuego bajo y unas pocas estancias más, decoradas con muebles de la época en el estilo austero y sobrio que caracterizó siempre a Goya, quien llegó a escribir a uno de sus amigos:

"Para mi casa no necesito de muchos muebles, pues me parece que con una estampa de Nuestra Señora del Pilar, una mesa, cinco sillas, una sartén, una bota y un tiple y asador y candil todo lo demás es superfluo."

Foto: Nómada
Una de las alcobas de la casa, tal vez la del pintor.

A pocos pasos de este edificio se encuentra una magnífica casa de estilo somontano-aragonés, espléndidamente rehabilitada para albergar el Museo del Grabado.

Viendo la colección de grabados de Goya, el visitante se da cuenta del inmenso talento del autor, llegando al convencimiento de que no hubiera necesitado de sus célebres lienzos para ganar el sitio que ocupa en el Olimpo de los grandes genios.

Foto: Nómada
Interior del Museo del Grabado.

El artista dibujaba para entretenerse durante la convalecencia de alguna de las enfermedades que sufrió y para practicar y aprender el trazo del pintor que le tenía fascinado: Velázquez.

A menudo, acompañaba los dibujos con algún breve comentario, algo así como un pie de foto.

Foto: Nómada
Grabado de la serie "Los Desastres de la Guerra". El autor escribe: "Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer".

Muy pronto se dio cuenta de que el dibujo era una forma gráfica inmejorable para expresarse sin corsés, ataduras o "buenas formas" cortesanas; en aquellos papeles privados nadie le sometería a cánones o reglas. Sus grabados eran privados y nadie tenía por qué verlos... ¡Ay, si levantara la cabeza y viera lo que son hoy en día sus apuntes secretos!

Foto: Nómada
Su célebre autorretrato.

En los grabados, Goya daba rienda suelta a su carácter vehemente. Convirtió sus "cuadernos de dibujos" en un auténtico diario visual íntimo de su época, dibujando con trazo libre e intenso todo lo que sentía o no podía expresar de otra forma.

Unos grabados reflejan su pasión por los toros; otros por alguna mujer, como Cayetana, la Duquesa de Alba; en otros representa crudas estampas de la Guerra de la Independencia, y en otros utiliza el dibujo satírico y mordaz para criticar personajes y costumbres de su época.

Foto: Nómada
Sátira acerca de la prostitución. Goya escribe "Ya van desplumados", en referencia a los clientes.

Toda la producción de Francisco de Goya se reúne en cuatro extraordinarias series de grabados llamadas "Los Caprichos", "Los Desastres", "La Tauromaquia" y "Los Disparates", todas ellas expuestas en las diferentes plantas de este pequeño e interesante Museo del Grabado de Fuendetodos.

Foto: Nómada
Casa-Museo del Grabado de Fuendetodos.

A las afueras del pueblo se divisan unas extrañas construcciones de forma cónica: Son los "neverones", levantados antiguamente en esta fría comarca para guardar la nieve que caía durante el invierno.

Foto: Nómada
Uno de los ingeniosos "neverones".

La nevera, en realidad, era un amplio pozo que se remataba con una pequeña construcción de mampostería. El fondo era cubierto con un entramado de ramas y paja que servía de drenaje y aislamiento, así como las paredes, que también eran forradas con cañas para aislarlas del contacto con la nieve limpia que allí reposaría.

Foto: Nómada
Escalera de descenso al fondo del "neverón".

La nieve se apisonaba, y cuando cogía un grosor determinado se cubría con paja para aislarla de la nueva capa que se colocaría encima. De esta forma, se hacían unas "tortas" gigantes de nieve compactada que facilitaban su conservación y corte.

Llegado el momento del consumo, se troceaba en porciones regulares llamadas "panes" y se transportaban envueltas en paños, siempre de noche, a lomos de caballerías.

Foto: Nómada
Fuendetodos, rodeado de bosques de aeromotores.

Estos "neverones", junto a otras construcciones como la "calera" u horno de cal, la "iglesia hundida" o la singular "piedra caracoleña", constituyen un interesante sendero educativo de visita recomendada para todo andarín que desee conocer el curioso y atractivo pasado de Fuendetodos.

Saliendo de Fuendetodos hacia el Este y rodando por una carretera jalonada por un bosque de molinos de energía eólica me acerco a la cercana población de Belchite. Antes, descubro una vieja ermita-santuario dedicada a la Virgen del Pueyo.

Foto: Nómada
Una sencilla imagen en la austera ermita de la Virgen del Pueyo.

Belchite es un pueblo que no tiene grandes atractivos turísticos. Sin embargo, su visita debería ser obligatoria, pues encierra una de las lecciones más importantes que el ser humano debe conocer: el salvajismo de la guerra y sus consecuencias.

Foto: Nómada
La entrada al pueblo viejo de Belchite sobrecoge al visitante.

Físicamente, consta de dos partes: el pueblo viejo y el nuevo. En los albores del siglo XX, el pueblo viejo de Belchite era una bulliciosa localidad que rivalizaba en crecimiento y población con las villas más desarrolladas de Aragón.

Foto: Nómada
Todo el pueblo es una inmensa herida descarnada.

Aun hoy, convertido en ruinas, deja ver su pasado notable e influyente a través de lo que queda de monumentos tan emblemáticos como la iglesia de San Martín, los conventos de San Agustín y San Rafael, la larga Calle Mayor, la Torre del Reloj o el Arco de la Villa, entre otros importantes rincones.

Foto: Nómada
Nada quedó en pie tras la batalla.

En plena Guerra Civil, Belchite fue el escenario de una de las batallas más crueles de toda la contienda, pues por su importancia y localización era una pieza vital en la estrategia de avance de los ejércitos de ambos bandos.

Foto: Nómada
Iglesias y conventos desplomados.

En agosto de 1937, el ejército republicano lanzó una gran ofensiva en la zona. Su principal objetivo, la toma de Zaragoza. Pero Belchite, que se había sublevado contra la República y situado a favor del bando nacional, se interponía en el camino, y no era una población precisamente desdeñable.

Foto: Nómada
Viejas pintadas que ponen la piel de gallina.

El ejército republicano se abalanzó sobre el pueblo con más de 8.000 hombres, carros de combate y bombarderos. Belchite se disponía a pasar los días más dramáticos de su larga historia.

Gracias a la elevada moral de sus habitantes y a que disponía de abundantes fortificaciones defensivas de la época de los árabes, Belchite planteó una resistencia que jamás imaginaron los atacantes.

Foto: Nómada
La muerte y la destrucción se extendieron por el pueblo.

Trece días de asedio, trece días de lucha cuerpo a cuerpo, casa por casa, trece días de bombardeo incesante de aviones y artillería bastaron para convertir Belchite, la hermosa villa de más de 2000 años, en un amasijo de escombros, muerte y espanto.

Foto: Nómada
La que fue Calle Mayor de Belchite.

Y tras esos trece días, el 6 de septiembre de 1937 fue tomada por los republicanos. Seis meses más tarde, las tropas de Franco volvieron a conquistar definitivamente el pueblo; después sólo quedaría el desastre y la destrucción, el estéril sacrificio de tantas vidas y el dolor lacerante para los supervivientes de ambos bandos.

Foto: Nómada
Nadie escapó a las matanzas.

Franco mandó construir un pueblo nuevo en la ladera opuesta de la colina que ocupaba el pueblo viejo, y ordenó que no se tocara ni una piedra del viejo Belchite como símbolo de su victoria y para que nadie olvidara la gesta de sus habitantes.

Foto: Nómada
Grafitis que sobrecogen.

El pueblo nuevo sigue las pautas de diseño de los arquitectos militares del ejército franquista: casas y calles perfectamente alineadas, de construcción sólida, fría y castrense. Lo más parecido a un cuartel, pero sin militares.

En sus calles todavía pueden verse las placas originales de "Plaza del Generalísimo" o "Calvo Sotelo", y símbolos como el yugo y las flechas.

Foto: Nómada
El ayuntamiento sigue luciendo el yugo y las flechas.

En las proximidades se construyeron las naves que serían el campo de concentración hacia donde fueron trasladados los presos del bando republicano. Allí, en condiciones infrahumanas y sometidos a trabajos forzados, fueron utilizados como mano de obra gratuita para levantar el pueblo nuevo.

Foto: Nómada
El pueblo nuevo se asemeja a un acuartelamiento, pero está muy bien construido.

Hoy en día, el pueblo viejo de Belchite es una silueta fantasmal. Sólo algunos pastores lo atraviesan con sus rebaños, buscando algo de alimento en este sediento secano hacia las cañadas que durante siglos atravesó la trashumancia.

Foto: Nómada
Todavía pasan los rebaños en busca de alimento.

Ya de noche, de vuelta en la casa rural donde me alojo, cojo una silla y me siento al calor del fuego bajo. Pienso en Fuendetodos, en Goya y en la capacidad del hombre para crear cosas bellas. Y pienso en Belchite y en la capacidad del hombre para destruir y provocar el horror en los ojos de su hermano.

Y me digo que la guerra es inhumana, pero me miento. Sospecho que forma parte de la naturaleza humana, pues el hombre, a lo largo de la historia, cuando no ha tenido enemigos se los ha buscado.

Foto: Nómada
Alguien escribió este verso en la puerta de la iglesia derruida.

Belchite, el insoportable dolor de la memoria, el pueblo que se quiso mantener como un monumento al horror.

En el fuego bajo, los troncos crepitan. Fuera, en la fría noche de esta estepa, se oye el ladrido lejano de algún perro. Sólo las pequeñas cosas permanecen inalteradas.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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