Opinión

El día en que desaparecieron las fotografías

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27
NOV 2013

Hace no mucho trascendía que en un mercadillo se habían hallado 23 fotografías inéditas de los Rolling Stones. Después de Vivian Maier, ya no nos sorprende tanto algo así. Lo que sí resultaría sorprendente es que alguien hiciera un descubrimiento similar dentro de sesenta años.

La fotografía digital ha traído consigo muchos beneficios pero también no pocos inconvenientes, de los cuales el mayor es la pérdida de lo físico. Tenemos un montón de información, muchísimos datos, pero no los tenemos en ningún lugar. Sí, cierto, están en un disco duro, pero… ¿qué pasa si éste se rompe? Tenemos otro de seguridad. O diez más, incluso. Pero, y no quiero sonar paranoico, ¿qué ocurre con la comunicación entre éstos y el ordenador?

Hace unos años, tampoco tantos, confiábamos en los disquetes para guardar información. Más adelante en los CD. Sin embargo, ya resulta prácticamente imposible leer esos floppy disk y cada vez menos ordenadores vienen con lector de discos compactos. Está visto que el único modo de luchar contra esto es convertir sistemáticamente los datos de un sistema de archivo a otro, copiándolos donde toque en cada momento. ¿Acaso alguien nos garantiza que en unos años los ordenadores no carecerán de puerto USB?

Dudo mucho que dentro de sesenta años alguien dé con un hallazgo como “La maleta mexicana” dentro de un viejo pincho USB en El Rastro

La nube tampoco resuelve del todo el asunto. ¿Quién nos dice que la empresa encargada de velar por nuestros datos lo hará ad eternum? Por otro lado, ¿será capaz de reconocer nuestro ordenador esos datos? Podría suceder que en unos años se descubra algo mejor que el RAW y que de repente se prescinda de él. Tal vez haya algún programa para convertir nuestros antiguos NEF, ORF, RW2 o lo que sea a un nuevo sistema, pero nos vemos en la misma: de nuevo, otra renovación.

Puede que no sean más que delirios de un defensor de la fotografía química, pero lo que sí es cierto, realmente triste y más terrible que el incordio y el dispendio de tener que renovar el soporte informático cada dos por tres, es la pérdida del componente tangible de la fotografía. Dudo mucho que dentro de sesenta años uno de nuestros nietos se encuentre unas fotografías de su abuelo en un desván (¿en un viejo disco duro externo de 2010?) o que alguien dé con un hallazgo como “La maleta mexicana” dentro de un viejo pincho USB en El Rastro.

¿Hay alguna forma de luchar contra esto? He aquí un dato: el último álbum familiar que hay en mi casa es de las vacaciones de 2005. Casualmente, el último año que empleamos una cámara de verdad porque los Reyes nos trajeron una digital esas Navidades. A partir de ahí, adiós a las fotografías.

Sin ánimo de hacer proselitismo, el negativo ha probado ser un sistema de archivo maravilloso. No todos podemos renunciar al digital, pero a todos aquellos que no quieran pasar por el cuarto oscuro les recomendaría que al menos impriman sus fotos, porque es preferible un álbum familiar, incluso si es feo y rancio, a un montón de archivos en el ordenador.

A fin de cuentas, ¿no es ésta una de las razones por las que hacemos fotos, para conservar recuerdos de nuestra vida? ¿De qué sirven si éstas desaparecen? Impresión en papel, por favor, porque por mucha innovación que haya sigue siendo mucho más bonito enseñar las fotos de las vacaciones en el bar sacándolas de un sobre que apiñándonos todos alrededor del móvil.

Cristóbal Benavente es el fundador de Sales de Plata, web dedicada a la fotografía química

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