• Un puto palo
  • Toda foto está manipulada hasta que se demuestre lo contrario
OpiniónContando píxeles

Fotografía para seductores

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FEB 2015

Hay dos momentos clave en la vida de un hombre. Supongo que también en la de una mujer, o tal vez más, que ya se sabe que somos más simples, pero a mí me ha tocado este lado de la trinchera.

Dos instantes clave, decíamos. El primero es ese día que, frente al espejo, asumes que ni eres ni serás guapo. Ya: resultón, interesante y todos esos consuelos políticamente correctos, pero no un Pedro Sánchez de la vida, para entendernos. “Era por eso”, asientes frente al maldito espejo al entender de repente por qué esa chica de clase te pedía a ti los apuntes pero luego siempre se iba con el gilipollas aquel que, casualmente, era conocido como “el guapo”.

Pasado un tiempo, y cuando se acaba por asumir el tema, llega el momento de tirar de recursos. Porque, como todo el mundo sabe, los guapos son tontos simplemente porque no tienen que molestarse en dejar de serlo o en disimularlo. Que se esfuercen los feos, dicen mientras tú leías a Neruda y él se trajinaba a la de los apuntes.

Y es entonces cuando llega el segundo mazazo vital. Porque tras apuntarte al curso de CCC, dar la lata a tus amigos e incluso amagar con comprarte una, acabas aceptando por fin (a los treinta o así) que jamás tocarás la guitarra. Pleno al quince. Ni guapo, ni guitarra para poder tirarte el rollo de tipo sensible y comprometido (pero también canalla, llegado el caso) tras haberte aprendido los acordes de algunas canciones de Silvio y de Sabina.

Te hiciste fotógrafo por ella o por ellas. Confiésalo. Lo de contar historias o dar voz a los que no la tienen está muy bien, pero no cuela

Necesitas un plan C, te repites mientras compruebas que -al menos- la melena al cero te permite envejecer con algo más de dignidad que el payaso guaperas aquel del instituto. La de los apuntes le dejó. Por otro, no por ti. Pero ese detalle es lo de menos.

Quienes se hayan sentido identificados con este relato –basado en hecho ficticios, claro-seguramente ya saben qué viene ahora: una cámara de fotos. Puede que fuera un encuentro casual, un flechazo a primera vista, una visita por curiosidad al cuarto de revelado, una que había perdida por casa, la chica de la tienda de fotos del barrio, ver a Annie Hall con una cámara entre las manos…

El caso es que, de repente, lo viste claro. “Soy lo suficientemente bajo y lo suficientemente feo como para triunfar por mí mismo”, decía Alvy Singer en “Sueños de seductor” (“Play It Again, Sam”), por seguir con Woody Allen. Sin guapura natural, sin guitarra y sin conseguir que te quede bien la maldita gabardina a lo Bogart, algo tenías que improvisar. Y la cámara fue tu mejor recurso.

Por eso te hiciste fotógrafo. Confiésalo ahora que no nos oye nadie. Lo de contar historias, salvar el mundo o dar voz a los que no la tienen está muy bien, pero no cuela. Te hiciste fotógrafo por ella. O por ellas. Porque lo de la guitarra era más complicado. Porque tampoco se te da bien bailar. Porque, puesto a ser un perdedor, la pose con la cámara siempre queda muy digna.

Con esos retratos en blanco y negro con el fondo muy desenfocado. El mérito es de la modelo, repetías. Y era verdad. Tú solo observabas y apretabas el disparador, y fundías carretes sabiendo lo que nosotros sabemos: que si haces muchas, por muy malo que seas alguna queda decente.

Y revelabas tus fotos y soltabas aquel rollo sobre la imagen latente que ya estaba allí aunque no se viera. El olor ácido de los químicos, la luz roja. El sonido del espejo. No poses, que sales mejor natural. Sonríe. Todo aquello.

Y ahora que todo el mundo se cree fotógrafo por poner el móvil al revés para salir en la foto, ahora que los modernos van con cámaras antiguas colgadas al cuello (¿sabrán usarlas?, te preguntas al cruzártelos), a veces olvidas que ser fotógrafo tiene su aquel. Hasta que un estudio se encarga de recordarnos que seguimos siendo feos y sin guitarra, pero que una cámara nos hace sexis.

Sea o no cierto, al menos nos reímos y consolamos durante un rato pensando que es así, por mucho que el tonto aquel del instituto tenga más seguidores que tú en Instagram. Lo importante es que ella, la de los apuntes, ya ni se acuerda de su nombre. Al menos eso es lo que te ha dicho esta mañana desayunando.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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