Opinión

Bienvenidos al mundo real

 
15
MAY 2006

Las Ramblas de Barcelona repletas de libros y rosas. La misma calle, apenas unas semanas después, llena esta vez de gente con camisetas de fútbol y gritos de euforia. Da igual si uno prefiere firmar la primera estampa, quedarse afónico con la segunda o desterrar a Groenlandia tanto desenfreno futbolero de los últimos tiempos. Asumámoslo: la cosa literaria y floral era sólo un paréntesis; lo otro es lo habitual.

Traslademos ahora la jugada -por seguir con la jerga deportiva- al mundo fotográfico y apliquémonos una pequeña dosis de realismo. Una terapia muy necesaria, habida cuenta de que parece que no sólo los informáticos y las universidades viven en su propio universo paralelo, sino que también hay quienes parecen decididos a empujar la fotografía lo más lejos posible del mundo real.

Hay quienes están decididos a empujar la fotografía lo más lejos posible del mundo real

No crean que sólo el entusiasmo creado por once muchachos y un balón me ha llevado a tan profundas reflexiones. En realidad todo comenzó a raíz de una boda a la que me tocó asistir en calidad de civil. Es decir, con cámara pero disparando al tuntún, sin ningún compromiso.

Me acompañaba una flamante E-330 de Olympus que tenía todos los puntos para convertirse en el centro de atención de la fiesta. Imagínense: ni más ni menos que la primera réflex con previsualización en pantalla.

Y así fue. Pese a que las cámaras digitales se contaban por docenas -antes resultaba más sencillo presumir-, la peculiar SLR supo vender sus encantos frente a las livianas ultracompactas con sus pantallas interminables. Y lo tuvo aún más fácil con algún que otro modelo más veterano, tocados con ese inconfundible diseño soviético de los primeros años: por qué hacer una curva donde cabe una ángulo recto.

Los raros somos nosotros, que pensamos que el mundo gira en torno a la fotografía y está sustentado por quienes comparan su cámara con la del vecino

El contundente cuerpo de la cámara, la pantalla móvil y el objetivo (pese a ser un modesto 14-45 milímetros) atrajeron todas las miradas. Pero curiosamente nadie comentó nada sobre eso del Live View que tantos ríos de tinta ha hecho correr en éste, nuestro mundillo.

Incluso le expliqué al cura -que para su desgracia estaba sentado cerca en la comida- las especiales características de aquella cámara. Es una réflex, le decía, puedo cambiar los objetivos y hay un espejo delante del obturador que desvía la luz hacia el visor, y aun así resulta que se puede ver la escena en la pantalla.

En lugar de sorprenderse por semejante innovación, se limitó a coger otra gamba, mirarme extrañado y comentar que claro, que bueno, que como todas las cámaras, ¿no? En ese caso, igual mejor si hablamos del matrimonio entre homosexuales, le comenté terriblemente ofendido.

Los hay tan metódicos que incluso dedican páginas a distinguir lo que es una prueba de una cámara de un simple toqueteo

Lo peor de esta entrañable anécdota es que los raros -única conclusión posible- no son ellos, sino nosotros, quienes piensan -pensamos- no ya que el mundo gira en torno a la fotografía, sino que está sustentado por quienes son capaces de dedicar unas cuantas horas de su vida a desmontar su cámara o compararla con la del vecino.

Una especie de burbuja regida por curvas MTF, sofisticadas pruebas y por comparativas cuya complejidad técnica suele ser inversamente proporcional a su interés o legibilidad para la inmensa mayoría de las personas. Una dinámica que se sustenta no en la insistencia de las marcas -el pragmatismo de las ventas puede más que cualquier otra fórmula, sino en los propios medios de comunicación especializados.

Los hay tan metódicos que incluso dedican páginas y editoriales a distinguir lo que es una prueba de una cámara de un simple toqueteo. El problema es que, después de eso, cuesta encontrar quienes sean capaces de redactar dos líneas sin copiar la nota de prensa de turno o que sepan separar la información de la opinión o -peor aún- de la simple propaganda.

En última instancia son argumentos como la relación calidad-precio y la resistencia de la cámara los que se imponen al nivel de ruido a 3200 ISO

No se trata, ni mucho menos, de proponer una información más simple o, como dicen algunos, más cercana y humana. De eso ya se encargan los compañeros de los telediarios y deportes.

La idea sería encontrar un punto de equilibrio entre reírle las gracias a los fabricantes cuando parecen querer tomar el pelo con sus batallas de los megapíxeles y convertir a los aficionados a la fotografía en una suerte de científicos obsesionados con el rango dinámico vinculado a la densidad de los fotodiodos o los deltas de desviación cromática que producen un mal ajuste de los grados Kelvin. Por ejemplo.

Asumámoslo. En el mundo real, ése al que se enfrentan cada día las tiendas, los fotógrafos y los datos financieros de las compañías del segmento, el "que saque buenas fotos" es posiblemente la petición más escuchada.

De acuerdo. Cada vez son más los usuarios interesados en las cámaras réflex y en los modelos con prestaciones algo más avanzadas. Pero incluso dentro de este incipiente segmento, en última instancia son los argumentos más subjetivos (relación calidad-precio, resistencia, sensación que transmite la cámara) los que posiblemente se imponen al nivel de ruido a 3200 ISO.

No se trata de mirar con condescendencia a quienes se acercan a la fotografía digital sin tiempo ni ganas de tonterías. Tan sólo sería cuestión de quitarnos la bata blanca y salir ahí fuera a sacar unas cuantas fotos. Seguro que aprendemos muchas cosas.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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