Opinión

Fotógrafos y novios low cost

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MAY 2016

“Tienes que luchar para que tu cliente te contrate por tus fotos, no por tu precio.” Así se despachaba hace unos días Víctor Martí, de El Marco Rojo, en Quesabesde. La cosa apuntaba a los precios reventados que ofrecen algunos profesionales, y en cierto modo también a los primos-con-réflex que hacen fotos gratis.

Antes de clamar al cielo, aclaremos algo que es evidente: hay profesionales mejores que otros, de la misma forma que hay aficionados preparadísimos, capaces de recrear con un punto de vista original y espontáneo los momentos más importantes de un enlace. Pero hay que ser honesto y admitir que un buen profesional casi siempre está mejor preparado para solventar cualquier boda y los eventuales imprevistos que puedan surgir.

Ser fotógrafo es mucho más que apretar el disparador. Hay una cuantiosa inversión en aprendizaje, material -que hay que renovar con más asiduidad de la que quisiéramos- y marketing. También hay una inversión en experiencia. Y no nos olvidemos de lo caro que sale ser autónomo (por lo menos en España).

No es que esto sea un problema nuevo, pero parece que durante la última década ha ido en aumento. Lo fácil sería señalar a la democratización de la fotografía, pero hacer del primo de la novia con una réflex el chivo expiatorio es una versión demasiado reducida y simplista de la historia.

Foto: Óscar Sánchez Requena
El primo fotógrafo, uno de los 10 tipos de fotógrafo más clásicos.

La maldita crisis está siendo probablemente la causa más hiriente. Echamos mano del Instituto Nacional de Estadística para comparar el mes de septiembre (el elegido por más parejas para pasar por el altar) de 2006 con el de 2014, y los datos no dejan lugar a dudas: en ocho años se pasó de 32.992 matrimonios a 22.529 en toda España. Un descenso de más del 30%. Un dato que lleva implícito otro muy importante: las parejas que sí se casan también gastan menos.

La cultura del low cost, que en tan solo 15 años se ha asentado fuertemente en nuestra sociedad, juega un papel muy importante también para la fotografía de boda. Es lógico sentir el impulso de pagar menos por un servicio. Algunas compañías aéreas han sido pioneras en esta estrategia: ¿por qué soltar 250 euros por un vuelo de ida y vuelta a Milán cuando puedo pagar menos de 50 tardando lo mismo? Ese mismo razonamiento es el que hacen muchas parejas cuando buscan fotógrafo para su boda.

“Como no soy profesional tampoco tengo por qué darles imágenes de muy buena calidad”, me dijo alguien que asistía a una clase de conceptos fotográficos básicos

Solo que en este caso el resultado final sí que puede ser muy diferente. “Depende de la cutrería de cada pareja, pero cada uno se gasta el dinero en lo que le da la gana. Luego vienen los lamentos y las lágrimas, pero que cada cual lo gestione como pueda”, nos contaba Martí.

Seguramente estos novios esgrimen el ya mencionado argumento respecto a profesionales y aficionados, pero es bueno recordarles que detrás de unas fotos que arruinen el recuerdo de un día único es poco probable encontrar a un auténtico profesional.

Ya puestos, también podemos recordarles que las fotos -y el vídeo- serán el recuerdo más duradero de ese día tan especial. En muchos casos incluso más duraderos que el compromiso de quienes se dan el “sí quiero”. Cualquiera de los que nos dedicamos a la fotografía de boda hemos perdido un trabajo por diferencias tan ridículas como 50 euros. Con todo lo que se van a gastar ese día, ¿de verdad que alguien es capaz de ahorrarse esa minucia y contratar a un fotógrafo que le gusta menos?

Que levante la mano el fotógrafo que no pueda contar una anécdota del estilo. Por citar solo una: hace un par de semanas a un compañero italiano de reconocido prestigio en el mundillo fotográfico le cancelaron una boda en Barcelona con los billetes ya comprados. “Me avisaron solo unos días antes de que las fotos se las haría un amigo. Me gustaría ver qué fotos les hace.”

Pero sería injusto pensar que la cultura del low cost está solo del lado del consumidor. Es relativamente fácil encontrar precios reventados para una boda, y si unos novios pagan una miseria a un fotógrafo, es lógico pensar que la pareja de invitados que se casa al año siguiente también querrá un precio igual de bajo.

Aún se puede ir un paso más allá y acabar regalando las fotografías. Hace unos días uno de estos aficionados me daba sus razones. Cito de memoria: “Yo les hago las fotos en JPEG, pero como no soy profesional tampoco tengo por qué darles imágenes de muy buena calidad.” Lo triste de la anécdota es que eso mismo me lo decía en una clase particular de fotografía en la que él y otro compañero aprendían a exponer, usar el movimiento y trabajar con la profundidad de campo.

En estos casos lo que peligra no es solamente la percepción que el cliente pueda tener del valor económico inherente a un trabajo, sino la calidad que puede esperar de él. Con buen criterio, Martí aseguraba que los jóvenes de ahora están más preparados visualmente y son más exigentes. Pero estas experiencias van en dirección opuesta.

Ante este panorama, la salida de los profesionales pasa por continuar apostando por la calidad, por mejorar e innovar continuamente el producto. Hacer valer un trabajo de calidad por encima de eventuales gangas siendo conscientes de que su mercado está precisamente en quienes lo valoran convenientemente.

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