Opinión

Foto trofeo, foto denuncia

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FEB 2016

El pasado 5 de febrero el Pentágono se vio obligado a desvelar 198 fotografías que demuestran los abusos perpetrados por soldados norteamericanos a prisioneros de Afganistán e Iraq durante los primeros años de la llamada lucha antiterrorista.

Unas imágenes que salen a la luz con más de una década de retraso como consecuencia de otra lucha, en este caso la librada por la ACLU (American Civil Liberties Union), una organización que defiende los derechos civiles desde que en 2004 se filtraran imágenes de las torturas en la cárcel de Abu Ghraib. A pesar de los vetos reiterados del Pentágono.

Pero el verdadero motivo de que hoy podamos verlas es que en su momento alguien decidió aprovechar el gran valor de la fotografía como testimonio veraz para obtener una foto trofeo. Suena contradictorio, pero resulta que en Guantánamo, Abu Ghraib y otra veintena de centros de detención situados principalmente en territorio estadounidense, se violaron sistemáticamente los derechos humanos más elementales de los prisioneros y unos cuantos lo inmortalizaron con la cámara de sus móviles. “Yo también torturé a terroristas”, parecen reivindicar los autores de las fotos.

La foto trofeo más mediática de la guerra de Iraq de 2003.

La fotografía perdió su calidad de documento denuncia para convertirse en un documento trofeo. No es que este concepto sea nuevo. Basta pensar en las hordas de turistas que se retratan a diario frente al drac del Park Güell (“yo estuve en Barcelona”) o cualquier otro lugar emblemático del planeta. Pero la foto, en esta ocasión, está revestida de un aura de humillación y mofa.

Preocupa y asusta pensar en todas esas fotografías de las que nunca llegaremos a saber nada, aquellas por las que no se batallará en ningún tribunal

Se demuestra –de nuevo- que la fotografía no es más que una herramienta y que su uso depende de las manos que la hacen. En este sentido fueron una extensión de la personalidad del torturador fotógrafo y sus cómplices. Pero ya son 198 las imágenes que ahora pasan a manos de la justicia y que harán su función de documento denuncia, la única que deberían tener ante este y otros casos de violación de derechos humanos.

Durante la administración de George W. Bush, soldados y oficiales torturaron y vejaron a prisioneros de ambos sexos. Pese a la promesa de Barak Obama de desclasificar esas fotografías, las 198 desveladas solo representan un 10% y pasan por ser las menos comprometedoras por su falta de calidad e información. La ACLU ya ha anunciado que continuará su lucha en los tribunales para lograr que otros 1.800 documentos gráficos salgan del cajón del Departamento de Defensa norteamericano donde permanecen ocultos.

De esta forma la ACLU reconduce estas fotografías -al menos un 10% de ellas- a la senda del documento denuncia. No en vano conviene recordar que más allá del objetivo con el que nace una imagen veraz -y estas parecen serlo-, la fotografía en su estado primigenio no pierde ni un ápice de su calidad de testimonio.

Otra foto trofeo que trajo cola.

A estas alturas a más de uno se le habrán pasado por la cabeza ejemplos sonados de trofeos fotográficos que se volvieron en contra de sus autores. Auténticos tiros por la culata, si pensamos en el anterior monarca español y el elefante abatido en una reserva de Botswana.

La posibilidad de que la mayoría de estas fotografías continúen clasificadas es preocupante: casi dos millares de imágenes de torturas y vejaciones que darían una idea de la verdadera magnitud del problema y harían tambalear la impunidad de varios soldados y oficiales. Además esclarecerían la implicación de la cadena de mando en Virginia (no se antoja casual el veto que han mantenido los sucesivos jefes del Pentágono hasta ahora). Por no mencionar la nueva percepción que un amplio sector de la sociedad estadounidense tendría del Departamento de Defensa de su gobierno.

Pero lo que verdaderamente preocupa -e incluso asusta- son todas esas fotografías de las que nunca llegaremos a saber nada. Aquellas por las que no se batallará en ningún tribunal porque simplemente continuarán en la memoria del teléfono móvil de un soldado o un aficionado a las peleas ilegales de perros, en la cámara de algún cazador furtivo o en el disco duro de un pederasta.

Sobrecoge pensar que esto sea solo la punta del iceberg del morbo humano por recrearse en la maldad. Desde el punto de vista de la fotografía, da miedo pensar que la foto trofeo pueda no ser algo anecdótico.

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