| Madrid.
Eduardo Parra.-
Forzado por la ausencia de su padre, que emigró a Francia en busca de trabajo, Virxilio Vieitez (1930-2008) comenzó muy joven a tomar fotografías para sustituir su trabajo en un teleférico por algo más respetable. El hecho de vestir corbata y que la gente le obedeciera cuando dirigía una toma le marcó sobremanera, hallando en la fotografía el reconocimiento social que no le daba su trabajo con maquinaria.
Cuando por fin pudo trabajar como independiente, allá por los años 50, Vieitez comenzó a labrarse una reputación como retratista en la pontevedresa Terra de Montes -aunque eran las fotos turísticas y de bodas las que de verdad le daban dinero-, logrando un estilo propio que pasa por los cuerpos rígidos y la mirada dura, seria y directa a la cámara.
© Virxilio Vieitez


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Vieitez consideraba cada fotografía como "un hecho trascendental y absolutamente excepcional". Y es que ser fotografiado en aquellos tiempos era casi un honor.
Retrató niños, velatorios, fiestas y simples grupos de trabajo. Vivió una época en que su rol era de gran importancia. Y es que, según cuentan los organizadores de la muestra, "en mitad del camino [de una procesión] se abría el ataúd para que el fotógrafo pudiera tener más luz".
Así, tras pasar por una época de fotografía a color que nunca le agradó, realizó su último trabajo en 1990 por petición de su hija.
© Virxilio Vieitez


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Cuenta ésta que cuando se reunieron tras la realización del trabajo "él estaba de muy mal humor y comentaba que, si hubiera tenido que ser fotógrafo en esos momentos, no habría podido soportarlo por la actitud de la gente, que no era capaz de aceptar sus indicaciones y seguirlas, por la falta de respeto que había captado hacia su trabajo".
Ciego (aunque operado en 2002), aislado y siempre en casa, Vieitez falleció en julio del pasado año.
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