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Diario de un fotógrafo nómada

Ellora, la bella desconocida

 
5
NOV 2008

En el oeste de la India, en el estado de Maharashtra, existe un lugar escondido en medio de las montañas de Charanandri: Ellora, uno de los santuarios más excepcionales de Asia. Emplazado entre cascadas y riachuelos, se levanta un conjunto de 34 cuevas templo excavadas en la roca hace más de mil años. Entre ellas, el templo de Kailasanatha, la joya perdida del rey Krishna I.

Maharashtra es uno de los estados de la India con pasado más glorioso. Su geografía se encuentra ribeteada de templos y fuertes de tan asombrosa factura que dejan boquiabierto al viajero más avezado.

Bombay, capital y corazón financiero e industrial de Maharashtra, es una megalópolis cuyo trepidante ritmo de vida nada tiene que ver con la espiritualidad y el provincianismo del resto del estado.

Foto: Nómada
Un ejecutivo se toma un respiro en un tranvía de Bombay.

A 25 kilómetros de la ciudad de Aurangabad, en medio de los montes de Charanandri, se encuentra Ellora, un lugar sagrado que fue centro de culto durante más de 500 años, a lo largo de los cuales se construyeron cuevas templo de diferentes religiones, de las que quedan 34 en la actualidad.

Resulta difícil comprender los motivos que llevaron a aquellos hombres a construir hace más de mil años un santuario tan singular en este macizo rocoso, y decimos "construir" pero la palabra exacta es "excavar", ya que se trata de un complejo troglodítico.

Foto: Nómada
Petra, el ejemplo más conocido de arquitectura troglodítica.

No son edificios exentos, levantados a la manera tradicional, sino que están excavados en la piedra de la montaña, como los de Petra en Jordania, Abu Simbel en Egipto o la Capadocia turca.

Foto: Nómada
Un monasterio troglodítico en la Capadocia turca.

En Ellora existen 34 templos pertenecientes a diferentes religiones: budismo, hinduismo y jainismo. Para todas ellas resultaron muy atractivos tanto el emplazamiento del lugar, rodeado de montañas, como la idea de los templos cueva, que añadían un valor espiritual y enigmático a este sagrado santuario.

Foto: Nómada
Uno de los arroyos que rodea Ellora.

Los primeros en llegar a la remota y montañosa Ellora fueron los monjes budistas, allá por el siglo VII. Éstos siempre buscaban lugares aislados y abruptos, apropiados para la meditación y la búsqueda de la verdad. Asimismo, el budismo representa el camino hacia la sabiduría como una montaña que hay que ir ascendiendo hasta llegar al nirvana.

Foto: Nómada
Cuevas templo budistas bajo la montaña y una cascada.

Ellora también producía un gran magnetismo para el hinduismo, ya que el conjunto rocoso tiene forma de media luna, algo muy adecuado para el culto de Shiva, un dios lunar que probablemente sea el más venerado en la India.

También para los hindúes resultaba simbólica la conjunción de un entorno natural de gran belleza, los templo montaña y las cuevas, porque en el hinduismo la idea más importante del ser humano es la de encontrar su lugar dentro de la creación, comprender que el hombre es una pieza más de la naturaleza.

Foto: Nómada
Entrada al recinto de Ellora. Al fondo, excavado en la roca, el primer templo hindú.

Para los jainistas, cuya religión combina aspectos del budismo y el hinduismo, Ellora ejercía una gran fascinación. Sus templos emanan la austeridad de su fe y la opulencia de su arte, en que el detalle más insignificante tiene la misma importancia que el conjunto de la obra.

Los templos más sencillos de Ellora son los budistas, unas simples cuevas compuestas de algunas celdas. También excavaron algún monasterio, donde los monjes vivían dedicados al estudio y la meditación.

Foto: Nómada
Monasterio budista de Ellora excavado en la montaña.

El interior de estos monasterios era también de gran austeridad, formado por una sala central comunitaria, mesas de piedra y columnas que servían para separar espacios, ya que las paredes no habrían dejado entrar la luz hasta el fondo, pues la profundidad de la excavación era enorme.

Foto: Nómada
Sala interior del monasterio budista con las mesas en primer plano. Del techo hacia arriba, todo es montaña.

Dentro de la doctrina jainista se da una situación muy llamativa: sus fieles son probablemente los ascetas más radicales. Vegetarianos a ultranza, pueden llegar a ser tan drásticos como los "vestidos de cielo", que viven desnudos para demostrar su desapego hacia todo lo terrenal.

Foto: Nómada
Conjunto de cuevas templo jainistas de estilo arcaico.

En contraposición a esta austeridad, el concepto artístico jainista es seguramente el más exuberante y profuso de cuantos se conocen en la historia de la humanidad. En Ellora se manifiesta esta dualidad jainista, combinando ascetismo casi minimalista y opulencia en la decoración de sus cuevas.

Foto: Nómada
El arte jainista de Ellora evoluciona hasta convertirse en un espectáculo asombroso, como en los templos de Ranakpur.

Como anécdota, recuerdo que deambulando por estas cuevas llegó a mis oídos una melodía; era una voz que entonaba un mantra. Miré a mi alrededor hasta que descubrí que aquel sonido cautivador venía del interior de una de las cuevas jainistas.

Atrapado por aquella voz, llegué hasta la cueva y me senté en el suelo, embelesado, a escuchar; apoyado contra una pared, perdí la noción del tiempo.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude distinguir al fondo la figura de un Buda que llevaba allí más de 1.300 años; no había nadie más. ¿Cuál era el misterio? ¿Habrían puesto algún tipo de megafonía oculta para crear un efecto de espiritualidad?

Al cabo de unos minutos aquella voz calló, y de detrás del Buda apareció un hombre de mediana edad que al salir me sonrió con mirada sorprendida. Mi expresión también debía de ser de estupefacción.

Sería la sonoridad de la cueva, la dulzura de la voz o la belleza de la melodía, pero yo que presumo de ser buen conocedor de las músicas del mundo y de haber oído casi todo jamás había escuchado nada tan hermoso; nunca lo olvidaré.

Foto: Nómada
Cueva jainista donde tuvo lugar mi anécdota musical.

Pero sin duda, los templos más interesantes del emplazamiento son los hinduistas, y entre ellos la joya de Ellora, el templo de Kailash -la morada de placer-, del mismo nombre que la montaña más sagrada del Himalaya, lugar santo de peregrinación para los tibetanos.

Foto: Nómada
Dos hombres sentados ante la majestuosa entrada al Kailasanatha.

Dedicado a Shiva, el Kailasanatha o señor del Kailash, rivaliza en grandiosidad con Abu Simbel o las tumbas palacio de Petra, y muy bien podría formar parte de la lista de las maravillas del mundo antiguo.

Los grandes conjuntos troglodíticos de la antigüedad y el templo de Kailash difieren en el método de su construcción: mientras que los primeros se excavan de fuera hacia dentro a través de la pared vertical de la roca, el Kailasanatha y algunos templos más de Ellora se realizan perforando la montaña de arriba hacia abajo.

Foto: Nómada
Diseño en planta de la excavación de la montaña y la construcción del templo.

Esta curiosa técnica, tan compleja a primera vista, no debía de ofrecer en cambio grandes problemas a los obreros, que una vez en la cima de la colina, marcaban el perímetro de la construcción y empezaban a cortar bloques de piedra hasta conseguir un pasillo o galería a lo largo de él, dejando en su interior el trozo de montaña que iban a cincelar.

Se da la circunstancia de que los obreros hindúes tenían más formación como escultores que como constructores o arquitectos; de hecho, el Kailasanatha no está considerado como un edificio sino como la mayor escultura del mundo.

Foto: Nómada
El Kailasanatha, más que un edificio, es una gigantesca escultura.

Probablemente los "albañiles escultores" de Ellora no conocían el uso de los andamios, así que contraviniendo la norma universal, empezaban la casa por el tejado, de tal suerte que la primera excavación del perímetro era poco profunda, tal vez uno o dos metros, para poder tallar cómodamente el techo y las cornisas.

Foto: Nómada
En la imagen se puede adivinar el método de excavación de arriba abajo.

Una vez acabada la techumbre, volvían a excavar un par de metros el pasillo del perímetro para poder rebajar la altura y trabajar confortablemente las partes superiores de la fachada. De este modo, se iba descendiendo escalonadamente, centímetro a centímetro, por el interior de la montaña, y la construcción iba tomando forma desde arriba.

Por consiguiente, lo último en realizarse eran los suelos y basamentos de las columnas, pues como es natural, no existían los cimientos, ya que se trataba de un solo bloque, vaciado para practicarle puertas, ventanas y salas.

Foto: Nómada
Desde este punto se aprecia el corte en la montaña. La galería iba pegada para poder labrar desde ella el templo.

A pesar de la dificultad de esta técnica de construcción, lo más complicado era hacer ver a los obreros dónde y cómo tenían que picar.

Para ello, los arquitectos de Ellora se valían de un ingenioso método: elaboraban una maqueta del templo y la colocaban dentro de una caja sin tapa que llenaban posteriormente con un líquido oscuro hasta cubrir la miniatura casi por completo.

Los obreros tenían que trabajar sólo lo que se veía por encima del líquido, es decir, la techumbre con sus ornamentos; una vez que estaba terminada esta parte, se vertía un poco de fluido fuera de la caja y aparecía la zona superior de las paredes y ventanas.

De esta manera, se iba evacuando el líquido paulatinamente para visualizar la maqueta hasta concluir todo el edificio.

Foto: Nómada
Hoy en día sí se usan los andamios para la restauración del templo, pero son muy rústicos, de troncos atados.

El Kailasanatha, de 30 metros de altura, fue construido en el año 765 por el rey Krishna I, y es el más grande, complejo y ricamente decorado de todos los de Ellora. Entrar en él produce una sensación sobrecogedora.

Atravesando la entrada, el visitante se encuentra en un espacio flanqueado por dos columnas de 15 metros de altura; junto a cada una de ellas, hay un elefante de piedra esculpido a tamaño natural.

Foto: Nómada
Espacio de entrada al formidable templo.

La montaña que rodea el templo como un cinturón contiene, excavada en todo el perímetro del mismo, una galería con una gran columnata y dos capillas laterales tan grandes que podrían haber sido templos independientes.

Foto: Nómada
Una de las capillas laterales.

Pasando al interior y ascendiendo por la escalera llegamos a una terraza que sirve de entrada a la sala principal del templo, el "mandapa", cuyo techo es la cubierta monolítica más grande del mundo, soportada por 16 columnas.

Foto: Nómada
Pasarela que da acceso al "mandapa", a la derecha, con su excepcional cubierta.

Al fondo del "mandapa" se encuentra el sanctasantórum del templo, un oscuro cubículo donde se sitúa el "lingam", la imagen más venerada en la India, que consiste en una escultura fálica que simboliza el poder creativo de Shiva.

Foto: Nómada
Estas mujeres han llevado pétalos para ofrecérselos al "lingam".

Los devotos llevan pétalos de flores, además de leche, incienso y otras ofrendas, que entregan al sacerdote, la única persona que puede acceder a la sala del "lingam", para que éste los esparza sobre la imagen fálica.

Foto: Nómada
Imagen del "lingam". Las condiciones de luz son inalcanzables para la capacidad de la cámara fotográfica.

En esta parte de la visita, el equipo fotográfico que elegí para cubrir este viaje me vuelve a plantear los mismos problemas que tuve en Kerala. Con dos compactas en mi mochila, me encuentro de nuevo en una situación casi imposible de fotografiar, por mucho que una de ellas luciera un zoom de 28-90 milímetros y f2.

En el interior del Kailasanatha reina la penumbra, y a mis cámaras les resulta imposible enfocar; el uso del flash está prohibido, y cuando logro enfocar en modo manual, la foto sale trepidada. ¡Ay, cuánto eché de menos cualquier réflex con un objetivo estabilizado!

Foto: Nómada
Este día tan nublado tampoco facilita las cosas a mis cámaras compactas.

La gloria del Kailasanatha radica en la riqueza y profusión de sus esculturas, que cubren la práctica totalidad del templo, tanto por el interior como por el exterior. Entre ellas destaca una hilera de elefantes de tamaño natural que rodea la base de la construcción, como si el templo descansara sobre sus lomos.

Foto: Nómada
El excepcional conjunto de Kailasanatha apoyado sobre la hilera de elefantes.

En muchas de las paredes hay bajorrelieves que reflejan escenas del Ramayana y el Mahabharata, los dos grandes poemas épicos sobre los que se sustenta toda la cultura hindú, y también algunas escenas del Kamasutra.

Foto: Nómada
Escenas del Kamasutra en el interior. La escasa luz hace que la imagen salga trepidada.

El Kailasanatha en sí es una exhibición de escultura que narra de manera visual, como en las iglesias católicas, hechos piadosos para enseñar a quienes no sabían leer y deleitar a quienes sí conocían la lectura. Algo así como un enorme cómic en piedra.

Foto: Nómada
Un visitante local admira en silencio la grandeza del Kailasanatha.

Debo confesar que conocer Ellora, y especialmente el Kailasanatha, me turbó. Merece la pena desplazarse hasta este rincón perdido del mundo sólo para vivir la experiencia de visitar un sitio tan desconocido y sorprendente.

Pero hay muchas más cosas interesantes en Maharashtra que nos harán volver a caminar por este estado indio en próximos artículos.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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