Opinión

El fotógrafo laxante

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4
MAR 2016

Llegué a la comida familiar con la habitual aprensión que me producen tales eventos. Más que nada por mi cuñado, un ser especialmente irritante que tiene la facultad de producirme desajustes intestinales de manera reiterada.

El sujeto en cuestión trabaja en una inmobiliaria, y hace tiempo consiguió el dudoso honor de quedar al cargo de hacer las fotos de los pisos, lo que según él nos convertía en colegas de profesión.

Nada más llegar me empezó a largar el discurso de la modernez y los nuevos tiempos, soltando frases de manera aleatoria que supongo que debía sacar del Facebook de algún perturbado.

- La cámara es un paradigma superado. Si no estás en Twitter, no existes. El futuro es la usabilidad.

Eso me decía, y me miraba fijamente esperando que le dijera que sí, que el futuro era la usabilidad. Y yo, cobardemente, hacía que sí con la cabeza, como los perros aquellos que había en los coches, disponiéndome a aguantar estoicamente toda la retahíla de sandeces, mirando el reloj con ansia mal disimulada.

Mi cuñado hace las fotos de los pisos en una inmobiliaria, lo que según él nos convierte en colegas de profesión

Nunca he encontrado una manera elegante de decirle que las sórdidas imágenes con que nos aflige desde su infecta web vendepisos no son sino atentados a la más básica norma estética, al mínimo criterio y al más elemental sentido común. No por nada, sino porque mi cuñado es muy susceptible, y enseguida te ves envuelto en una trifulca que no deseas.

Además, sus difusas obligaciones en la inmobiliaria le proporcionan tiempo libre suficiente para pasarse el día entero husmeando por Internet todo cuanto se publica, y es una autoridad en comparativas de cámaras, rangos dinámicos y demás tecnopalabrería.

Esta vez le tocó el turno a mi cámara, según él un ladrillo obsoleto que ya debería haber sustituido por… ¿adivinan qué? Exacto: por el último modelo de telefonillo, que casualmente él acababa de adquirir y que según una comparativa recién publicada no sé dónde les da mil vueltas a las réflex de toda la vida.

Hasta ahí lo podía soportar sin problemas. No soy de esos que hacen un caso de honor defender una u otra marca, y si le apetecía calumniar a mi cámara, pues por mí encantado y peor para el señor Canon. Pero aún quedaba mucho partido por delante, y la cosa no podía sino empeorar.

Se me debió notar la cara de escepticismo, es un defecto que tengo, de modo que se obstinó en enseñarme las fotos que había hecho el día anterior con el nuevo aparato. Un piso recién desahuciado que necesitaba algunas reformas, pero que era una verdadera ganga. Esas fueron sus palabras. Me plantó el móvil en la cara y empezó a pasar fotos con gran profusión de gestos mientras me interpelaba constantemente para que diera mi aprobación.

-Y esta, ¿qué te parece esta? Mira, mira qué calidad. Y en automático. Eso no lo haces con tu cámara ni de coña.

En la pantalla se sucedían siniestras habitaciones iluminadas de mala manera por un fogonazo de flash a todas luces insuficiente que no hacía sino volver más deprimente la escena. En algunas de las imágenes podían verse objetos de diversa índole: un cojín, unos libros, unas piezas de Lego. Como si los habitantes de la casa hubieran tenido que salir huyendo a toda prisa de un apocalipsis zombi.

No sé si lo he comentado antes, pero mi cuñado tiene varias costumbres irritantes, entre ellas la de acercarse mucho a tu cara cuando habla. Noté que había desayunado tarde, concretamente café con leche. A medida que se animaba, pequeños proyectiles salían disparados al azar. Debía ser consciente de ello, porque de vez en cuando le pasaba la manga al telefonillo para limpiarlo, pero aparte de eso la cosa no parecía afectarle mayormente.

Fue entonces cuando sucedió. Otra vez. Tuve que salir corriendo dejando a mi cuñado plantado en medio del comedor con su telefonillo sin poder evitarlo. Mientras cerraba la puerta con el pestillo lo oí quejarse:

- Este tío es la hostia. ¿Es que siempre le tienen que venir las ganas de cagar cuando viene a mi casa?

Según el médico sufro de desórdenes gastrointestinales provocados por algún elemento irritante. Y en realidad no va desencaminado. Yo lo llamo el síndrome del fotógrafo laxante.

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