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Diario de un fotógrafo nómada

Egipto: el Reino de los Muertos y la temible maldición del faraón

 
6
OCT 2005

"¿Ves algo?", preguntó nervioso Lord Carnavon a Howard Carter, que miraba por un agujero que acababan de hacer en la pared de la cámara secreta donde se encontraba el sarcófago y el tesoro de Tutankamon. "Sí", respondió éste emocionado, "veo cosas maravillosas que no pertenecen a este mundo, cosas cuyo valor no se puede calcular". Era el 26 de noviembre de 1922.

Hoy he salido muy pronto de mi hotel en Luxor porque voy a visitar un lugar muy especial. Por la noche embarcaré para remontar el Nilo en busca de los excepcionales sitios que jalonan sus orillas. Pero hasta que la luz se esconda, tengo que aprovechar al máximo el día, pues me espera el Oeste, ese lugar donde cae el sol, el Reino de los Muertos según la creencia de los antiguos egipcios: el Valle de los Reyes, también llamado por los faraones el Valle de la Verdad.

Desde el transbordador que me acerca a la orilla opuesta de Luxor veo el Valle de los Reyes, una zona escarpada de áridas colinas y gargantas donde la vida parece imposible. Ni un matorral, ni un insecto, sólo arena y piedra rota.

A medida que el sol se levanta, el reflejo se hace más cegador. Por fin he llegado al lugar consagrado a la diosa-cobra Meretseger, o la que ama el silencio.

Foto: Nómada

Leo en mi guía que hasta el momento se han descubierto 80 tumbas de faraones, reinas y príncipes que escogieron tener allí su última morada. De entre ellas, la más famosa es la tumba de Tutankamon, no por ser la más rica o la del faraón más grandioso, sino por ser la única hallada con todo su contenido prácticamente intacto, sin haber sido violada por los saqueadores de tumbas.

Tutankamon murió siendo casi un adolescente, por lo que apenas llegó a tener relevancia en la historia del antiguo Egipto.

Viendo los tesoros que Howard Carter descubrió en su interior, hoy en día depositados en el Museo Egipcio de El Cairo, el visitante no puede contener una expresión de admiración. Cantidades asombrosas de oro macizo magistralmente tallado, esmeraldas, lapislázuli, rubíes, maderas preciosas...

Si todo esto fue encontrado en la cámara de un faraón "menor", ¿qué indescriptibles tesoros tuvieron que colocar en el hipogeo de los más poderosos faraones de la historia, como Ramsés II, Seti I o Amenophis IV?

Foto: Nómada

Caminos construidos modernamente conectan las diferentes tumbas. En cada una, desde la entrada, se desciende hacia las profundidades de las montañas a través de un corredor en cuyas paredes están representados textos del "Libro de los Muertos", el ritual que debían seguir los reyes para alcanzar la vida eterna.

En esta liturgia de la muerte, el cuerpo del faraón difunto es guiado por Anubis, el dios con cabeza de chacal y patrón de los embalsamadores, para que sea juzgado. En una báscula se coloca el corazón del faraón, que no debe pesar más que la pluma que reposa en el otro platillo de la balanza. Si no fuera así, el cuerpo y alma del faraón serían devorados por la diosa Amemet, representada por un cocodrilo que acecha junto a la báscula.

Una vez superada la prueba, el dios Horus, con cabeza de halcón, acompaña al faraón a presencia de Osiris, el dios de los muertos, para que dé la bienvenida al rey al mundo de la inmortalidad.

Foto: Nómada

Descendiendo por corredores y estancias se llega a la cripta, donde tras un tabique o sello disimulaban la verdadera entrada al lugar en el que enterraban el sarcófago con el cuerpo embalsamado del difunto, las cuatro vasijas con las vísceras extraídas en la momificación y todas aquellas pertenencias personales, muebles, tesoros y sirvientes (vivos) que pudiera necesitar el faraón en su nueva vida.

Entre todas las tumbas sobresale por méritos propios la de la reina Hatsepsut, la única faraona de la historia que, gobernando con mano de hierro en guante de seda, propició uno de los períodos más largos de paz y prosperidad del imperio.

Foto: Nómada

Resulta curioso saber que los faraones empezaban a diseñar y construir su tumba desde el momento de su coronación. El maestro ladrillero y el arquitecto iniciaban de inmediato la excavación en el lugar indicado según el plano aprobado por el rey. Los planos y los cálculos se realizaban con una medida, el Codo Real, de 52,4 centímetros, es decir, casi medio metro.

Foto: Nómada

Todas las tareas eran llevadas a cabo por equipos altamente especializados: excavadores, pulidores de piedra, pintores... que iban turnándose hasta la consecución de la obra.

Al salir de la necrópolis, se encuentra el pequeño poblado de Deir el Medina, donde vivían algunos sacerdotes y los artesanos que construían y decoraban las tumbas reales. Hombres que consagraban su vida a esa labor, y que una vez finalizada eran ejecutados para que nunca pudieran desvelar a nadie la ubicación de la tumba en la que habían trabajado.

Foto: Nómada

En las paredes de los corredores y salas de acceso a la cripta, los faraones escribían amenazas y maldiciones contra todo aquel que osara violar su eterno descanso y robara sus pertenencias. Tal vez de ahí venga la famosa leyenda de "la maldición de Tutankamon", según la cual todos los que violaron su tumba quedarían condenados a morir prematuramente y en extrañas circunstancias.

Así, Lord Carnavon, promotor de la expedición de Howard Carter, murió a causa de una picadura de mosquito que se le complicó días después con una infección al cortarse con la cuchilla de afeitar en el mismo lugar que le había picado el insecto.

Foto: Nómada

Sir Douglas Reid, el radiólogo del equipo que realizó las placas de la momia en el interior del hipogeo, se sintió repentinamente cansado e indispuesto. A los dos meses fallecía sin que todavía se sepa la causa de su muerte.

Audrey Herbert, que también se encontraba en el momento de romper la pared de la cripta, cayó fulminado en su habitación cuando se disponía a tomar un baño. Igual que Arthur Mace, el ayudante de Carnavon que rompió el sello de acceso a la cámara del sarcófago: también murió súbitamente en la habitación de su hotel en El Cairo.

Foto: Nómada

Del mismo modo, Bethel, secretaria de Howard Carter, fallecía de un ataque al corazón, y su padre, que también había estado en la tumba, se suicidaba al enterarse de la noticia lanzándose al vacío desde un séptimo piso.

La leyenda de la maldición del faraón fue creciendo con el tiempo, ya que muchas de las personas que tuvieron contacto con él fueron víctimas de accidentes y desgracias.

Es el caso de Mohamed Ibrahim, director de antigüedades de la época, que intentó impedir que algunos objetos del rey viajaran a una exposición de París, pues había tenido sueños premonitorios instándole a que no lo permitiera. El gobierno egipcio le obligó a hacerlo e Ibrahim, el mismo día que firmaba el traslado, murió atropellado.

Su sucesor, Gamal Mehrez, al hacerse cargo del puesto, alardeó de que no creía en la maldición: "Es una creencia, no tiene ningún sentido. Yo mismo he trabajado toda mi vida entre momias, y aquí me ven: ¿tengo aspecto de muerto? Se trata tan sólo de coincidencias." Gamal murió al día siguiente de enviar los objetos de Tutankamon a una exposición en Londres.

Y por si fuera poco, la tripulación del avión que llevó este encargo fue también víctima de la maldición.

Foto: Nómada

Oscurece rápidamente mientras regreso en el transbordador hacia la orilla oriental donde está mi hotel. Sobre las aguas del Nilo, el silencio, roto únicamente por el ronroneo de la vieja embarcación y el susurro del casco rompiendo suavemente la superficie del agua. Impresionado por la visita a aquellas tumbas pienso si la maldición me alcanzará. A fin de cuentas, yo también he entrado en la tumba.

Un escalofrío de inquietud recorre mi espalda. ¿Existe realmente la maldición del faraón o sólo se trata de fatales coincidencias? El tiempo lo dirá, ya que la mirada hermética de la máscara de Tutankamon no parece dispuesta, de momento, a desvelar el enigma.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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