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Diario de un fotógrafo nómada

Egipto: en la ciudad de las cien puertas

 
15
SEP 2005

Más allá de sus cegadores tesoros, el Egipto faraónico ha legado a la humanidad una fascinante cultura rica en construcciones asombrosas y lugares extraordinarios que nos hablan de un pasado glorioso. De entre todos, el más sobrecogedor sin duda es Luxor (Tebas, en egipcio), la antigua capital, la ciudad sagrada de Amon Ra.

Homero, en su Ilíada, llamó a Tebas (Luxor) la ciudad de las cien puertas, tal vez asombrado por la cantidad de pilonos (muros de entrada a los templos) que vio a su llegada. Tantos eran sus templos que los griegos la llamaron Heliópolis, la ciudad del dios sol. La importancia de esta ciudad fue tal que aún hoy en día sigue regalando prodigiosos descubrimientos a los arqueólogos que excavan desde hace décadas su subsuelo.

Foto: Nómada

En una civilización donde sólo los arquitectos reales conocían los secretos de la construcción, las edificaciones eran muy bajas y de materiales como el adobe o los tallos de papiro, la planta que nace a orillas del Nilo. Los pilonos, esos altísimos muros de piedra que flanqueaban las puertas de los templos, eran una demostración más de la grandeza del rey-dios, el faraón que los mandaba construir.

Foto: Nómada

Sin duda, tanto los egipcios como las gentes que venían de más allá de los confines de Egipto palidecían al ver construcciones de un tamaño que nunca hubieran imaginado, o estatuas y colosos de piedra que hablaban del dominio de sus reyes.

Allí en Tebas se encuentran dos de los más grandiosos templos jamás construidos por los faraones: el templo de Karnak y el de Luxor.

Foto: Nómada

El conjunto monumental de Karnak está formado por tres templos, entre los cuales sobresale esplendoroso el santuario del dios Amón, que cubre la friolera de 30 hectáreas de extensión.

De este templo, la parte más extraordinaria es su sala hipóstila, donde un bosque de 130 colosales columnas deja boquiabierto al visitante. Cada una de ellas mide 25 metros de altura y son necesarias ocho personas unidas por las manos, con los brazos extendidos, para poder rodear su perímetro, en el cual cabría la catedral de Notre Dame de París.

¿Cómo edificaron esta maravilla? ¿Cómo pudieron levantar capiteles de 15 metros de diámetro donde caben perfectamente 50 personas de pie? Sin duda alguna, este templo fue en su día el centro del mundo; una de las construcciones más asombrosas que el ser humano erigió en la antigüedad.

Foto: Nómada

Dentro del conjunto pueden contemplarse obeliscos, capillas, templos, enormes pilonos hasta un número de diez, infinidad de edificios e incluso un lago sagrado de 120 metros de largo donde los sacerdotes realizaban sus liturgias nocturnas. En una esquina, la imagen del escarabajo sagrado o escarabeo, uno de los símbolos más venerados por esta cultura.

Podría decirse que casi todo gobernante que pasó por Tebas quiso ampliar el conjunto con un templo propio. Durante 2000 años no cesaron de añadirle construcciones. No obstante, los que más aportaron a la grandiosidad de este complejo fueron dos de los más egregios faraones de la historia: Seti I y Ramsés II.

Foto: Nómada

También hay una zona que fue levantada por Amenophis IV -Akhenaton-, el faraón que más quebraderos de cabeza está dando a los teólogos por sus enigmáticas relaciones con el origen del cristianismo y los manuscritos del Mar Muerto. Un rey que prohibió el politeísmo y ordenó el éxodo de toda la población de Tebas hasta Amarna para que olvidaran Karnak y se dedicaran al culto de Aton, el único dios, representado por un disco solar bañándolo todo con sus rayos.

Pero la poderosa casta sacerdotal no permaneció impasible ante la pérdida de sus privilegios, y los historiadores coinciden en afirmar que ésta tuvo mucho que ver en el fin del reinado de Akhenaton, muerto en extrañas circunstancias. Al día siguiente de sus funerales, los sacerdotes recuperaron sus prebendas y la población regresó a Tebas, que siguió creciendo en grandeza a la sombra de sus mil dioses zoomórficos.

Akhenaton fue declarado faraón "maldito" y se ordenó destruir todo lo que tuviera relación con él en Karnak.

Foto: Nómada

Para desplazarse del templo de Karnak al de Luxor hay que caminar por una avenida de un kilómetro de largo, bordeada de esfinges con cabeza de carnero y cuerpo de león.

El pilono de entrada al templo está flanqueado por dos estatuas de granito gris de 15 metros de altura -representan la figura de Ramsés II- y uno de los dos obeliscos que originalmente fueron erigidos aquí; el segundo está en la Plaza de la Concordia de París.

Foto: Nómada

En el templo de Luxor, como en tantos otros, los muros son auténticos libros abiertos donde se narran escenas de la vida cotidiana, hazañas épicas de los faraones, como la victoria de Ramsés II sobre los hititas en la batalla de Kadesh, o hechos históricos como la inauguración de un granero.

Los egipcios, y en particular sus escribas, anotaban minuciosamente todo. De ahí que sepamos tantas cosas de esta civilización a través de lo escrito en papiros y paredes.

Foto: Nómada

El templo de Luxor se descubrió en 1881 enterrado y lleno de nidos de palomas. Desde entonces su subsuelo no ha parado de ser excavado. Recientemente se ha descubierto un zulo, a un metro de profundidad, que escondía numerosas estatuas de enorme valor arqueológico.

Foto: Nómada

En sus patios proliferan las imágenes gigantes de Ramsés II, un faraón megalómano como ningún otro personaje en la historia de la humanidad que dejó su sello en cada rincón, en cada piedra de Egipto.

Una de sus manías fue que nunca se dejó reproducir con la barba rizada hacia arriba como todos los reyes, pues eso significaba que el faraón había muerto. Todas las imágenes pintadas o esculpidas de Ramsés se caracterizan porque su perilla o barba es recta hacia abajo, dando así a entender que era un ser inmortal.

Foto: Nómada

Desde la base de uno de estos colosos miro hacia el otro lado del Nilo, la orilla por donde cae el sol. Allí está el reino de los muertos, el Valle de los Reyes y Reinas donde se encuentran enterradas las tumbas de los faraones.

Son demasiadas cosas para ver en un día y decido dejarlo para el siguiente. Así que saliendo del complejo arqueológico me meto caminando por las callejuelas de Luxor, la antigua Tebas, imaginándome cómo pudo ser esta población en los tiempos en que Homero paseaba por allí del brazo de su amigo Ramsés II.

Los gritos de los vendedores de verduras y el aroma a especias del desierto de Nubia me devuelven al mundo real.

Tengo apetito y entro a cenar en una vieja taberna. El aire está cargado de humo de las pipas de agua. Huele a tabaco de miel y manzana y los hombres toman infusión de carcadé y juegan con pasión al bagamón.

¿He dicho que volvía... al mundo real?

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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