• Egipto: el Reino de los Muertos y la temible maldición del faraón
  • Érase una vez Pakistán
Diario de un fotógrafo nómada

Egipto: de Luxor a Assuan, navegando entre las dunas

 
20
OCT 2005

El Nilo, el río más largo del mundo, ya es viejo cuando llega a Egipto, con más de 5000 kilómetros recorridos. Ningún puente lo atravesará desde su nacimiento hasta el delta, 6650 kilómetros después. Al llegar a Nubia, la actual Sudán, comienzan a surgir con más grandeza si cabe templos y lugares extraordinarios: la huella de los faraones en las arenas más abrasadoras de la tierra.

Escucho con atención pero sólo oigo mis pisadas al rodear a los gigantes. Se dice que uno de ellos lloraba. Era el sonido del viento al atravesar la piedra herida, una fractura producida por un terremoto que también les desfiguró el rostro. Son los colosos de Memnon, el único vestigio que queda del legendario Templo de Millones de Años que mandó construir Amenophis IV.

Cuentan que un general romano que acampó con sus legiones junto a ellos mandó sustituir la piedra, no se sabe si por lástima hacia el gigante o porque aquel sonido no le dejaba conciliar el sueño por las noches.

Foto: Nómada

Es mi última visita antes de embarcar en un crucero que, remontando el Nilo, irá amarrando en diferentes lugares del cauce para visitar algunos de los excepcionales sitios que jalonan sus orillas. Sin duda, el mejor medio para visitar este país, que ha forjado su historia en las márgenes de este río.

El Nilo siempre ha sido navegable. Ya desde antes de los faraones se surcaba en pequeñas embarcaciones hechas con papiros atados con cuerdas vegetales o con barcas más pesadas y resistentes de madera de sicomoro, como las que sirvieron para transportar la piedra de los templos faraónicos y los obeliscos de 400 toneladas situados en Karnak.

Cae la noche sobre esta tierra mágica y el río va meciendo el barco suavemente, casi acariciándolo. Me quedo profundamente dormido en mi camarote.

Foto: Nómada

El sonido de una campana anuncia que los primeros rayos de sol han salido y una taza de té me espera en cubierta. Poco después, el barco amarra en Esna, una pequeña aldea que tuvo un próspero pasado en la época fatimí, hoy casi olvidada si no fuera por ese magnífico templo que se halló semienterrado por el limo acarreado durante siglos por las crecidas anuales del río.

Cuando se descubrió, estaba siendo utilizado como almacén de grano y algodón. Dedicado a Amon, el dios con cabeza de carnero, posee una maravillosa sala hipóstila que rivaliza en belleza con el fastuoso templo de Karnak. Sus capiteles son un compendio de botánica, mostrándonos palmeras, racimos de dátiles, espigas y otras plantas existentes en esa época.

Foto: Nómada

Embarco de nuevo y el crucero zarpa río arriba. Hoy en día es fácil hacerlo en cualquier época del año debido a la presa de Assuan y a un sistema de siete compuertas a lo largo de su recorrido para regular el caudal y el desnivel en su discurrir hacia el Mediterráneo.

Desde la cubierta, mirando el paisaje de dunas y palmeras, de vez en cuando interrumpido por las escenas cotidianas de las pequeñas aldeas que vamos dejando atrás, uno tiene la sensación de que el tiempo se ha detenido en esta tierra. Mujeres lavando en la orilla, bueyes tirando de un arado, burros girando en torno a una noria de cántaros de barro, pequeñas barcas con pescadores lanzando sus redes al agua...

Foto: Nómada

Horas después llegamos a Edfú. Allí, el célebre templo dedicado a Horus, el dios con cabeza de halcón. Más allá de los pilonos se abre el patio decorado con numerosas columnas de capiteles ornamentados con motivos vegetales. Plantas que crecían a lo largo de las orillas del Nilo.

Foto: Nómada

Dentro, la sala hipóstila se caracteriza por ser casi la única que conserva su techumbre intacta. El sol tamizado al penetrar entre las columnas nos da una idea de la iluminación indirecta que tanto gustaba a los arquitectos reales de la época, con la cual perseguían un efecto íntimo y sobrenatural.

Foto: Nómada

Nuevamente a bordo, sigo ascendiendo el curso del río. Ese río que se hizo famoso también por un enorme animal sagrado: el cocodrilo del Nilo, hoy en día extinguido. Egipto era en la época de los faraones una tierra poblada de peligros, pues abundaban los cocodrilos, leones, hipopótamos, chacales, cobras y todos aquellos animales que los egipcios divinizaron, dándoles cuerpo humano y creando así los dioses zoomorfos.

Foto: Nómada

Precisamente río arriba, ya cerca de Assuan, la embarcación para en Kom Ombo, el fabuloso templo construido a Sobek, el dios cocodrilo, cuyos capiteles resplandecen bajo los rayos del sol. Pero Sobek era considerado como un dios del mal, así que los lugareños pidieron al faraón que le buscara un dios "hermano" que contrarrestara su maldad con un poder benefactor.

Así se hizo, y fue Horus el dios escogido para paliar la fuerza del malvado Sobek. Por eso este templo está dedicado a dos divinidades, hecho ciertamente infrecuente en el Antiguo Egipto.

Foto: Nómada

En sus paredes, entre otros interesantes relieves, se representan multitud de instrumentos médico-quirúrgicos: pinzas, trépanos, bisturíes, etc. Un ejemplo de los avanzados conocimientos en medicina de la época.

Foto: Nómada

Con el paso de los años, el templo quedó destruido y el pueblo abandonado, alimentando así una leyenda que rodea a Kom Ombo y que cuenta que el malvado Sobek echó a su hermano Horus del pueblo. Al hacerlo, toda la población se fue tras el buen Horus.

El dios cocodrilo, al verse solo, quiso recuperar la vida normal en el pueblo, así que resucitó a los muertos. Pero cuando éstos querían construir algo, lo destruían, y cuando iban a sembrar, en vez de grano sembraban arena.

Foto: Nómada

Vuelvo al barco, pero antes de cruzar el tablón que sirve de pasarela veo a un hombre con un turbante blanco que, en un recodo sombreado del camino, tritura una gruesa caña de azúcar en un pequeño molino que lleva sobre su carro.

Me ofrece un vaso de este jugo mientras me mira con ojos de halcón bajo sus pobladas cejas canosas. Tal vez le llama la atención el color sonrojado de mi piel, quemada bajo el abrasador sol del desierto, o quizás la ansiedad con la que bebo el sirope untuoso, templado y dulzón que sale de esa caña de azúcar.

Foto: Nómada

Su amplia y misteriosa sonrisa enseña dos dientes de oro macizo entre los pocos que le quedan. Tengo la impresión de que ese hombre lleva siglos en aquel recodo del camino, esperando a que yo pase para ofrecerme el jugo de caña. Le devuelvo el vaso y le susurro un "sukran", gracias en árabe. Él, complacido, pone su mano sobre su pecho.

Nos despedimos con una inclinación de cabeza en señal de respeto mutuo y subo al barco que está a punto de partir. Cuando llego a la barandilla de popa, el barco ya se ha alejado de la orilla y toma el centro del río en dirección hacia Assuan.

Miro hacia el recodo y allí está: el hombre de la sonrisa enigmática y la mirada de halcón. Levanto mi mano en señal de despedida; él acerca la suya a su corazón.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar